El astronauta más pequeñito del universo mundo va a despegar.

¡3… 2… 1…!

Todos preparados mirando la pantalla, oyendo el reactor del cohetito más pequeñito jamás creado

para el astronauta microscópico.

Todos expectantes, mirando hacia arriba, hacia el centro, hacia la bóveda, todos con los ojos medio abiertos y medio cerrados.

Todos pendientes de él, mirándolo a él,

esperando.

El astronauta más pequeñito de toda la historia habida y por haber,

apenas una motita de polvo protegido por una cápsula espacial grande como motita y media de polvo

o quizá menos,

se dispone a surcar el espacio oscuro, con la misión de: llegar hasta el corazón del espacio oscuro.

Allí donde el agujero negro absorbe megatrones de energía para mantenerse vivo y misterioso como lo inimaginado,

allí donde nadie más ha estado nunca antes que él,

a ese negro corazón de energía avasalladora que sueña con ser habitado alguna vez.

¡3… 2… 1… ignición!

El astronauta que podría bañarse en una lágrima no tiene mapas, planos ni rádares.

No los necesita, y no los quiere.

No sabría leerlos. Los datos fríos no son lo suyo, porque es un ser de pura calidez,

de poquitas gotas de sangre, pero muy puras y rojas.

El astronautita ni siquiera busca explorar el penumbroso palacio.

Él sólo sabe que quiere llegar.

Y, contra todo pronóstico, llegará

a esa cúpula de vapor y cristal, a esa llamarada ahora gélida, ahora roja y protectora como el aliento.

Contra todo pronóstico y contra restos de cometas extintos hace milenios, contra meteoritos rocanrol, contra llamaradas nacidas del mismo lugar donde nació el espacio y el tiempo y todo a la vez,

el viajero en miniatura llegará.

Le esperan la luna, el espacio casi infinito y un nuevo lecho donde él podrá vivir todo el tiempo que necesite.

Un suelo lunar que siempre fue árido y, en realidad, blanco y suave como harina recién molida.

Un suelo lunar que él regará con su cariño y con la rara, pero monzónica lluvia de estrellas de la estación que corresponda

y del que recibirá el agasajo y la reciprocidad de flores lunares de cegadora belleza.

Él adivina las maravillas que le esperan detrás de la espesa cortina de desconocimiento y oscuridad.

Pero ni siquiera por esa vaga promesa es por lo que él despega y parte,

ni siquiera por eso va en pos de lo que le dijeron que era casi imposible.

Es porque sabe que aquel es su hogar.

Y, contra todo pronóstico, contra tempestades, nébulas y centellas, él llegará,

el pequeño y valiente astronauta, el más pequeño de la historia real e imaginaria del ser humano.

Llegará, y su nuevo hogar lo abrazará y lo sostendrá, lo alimentará y creará un vergel de floresta

para que él pose la cabeza todos los días y duerma.

¡3… 2… 1…! ¡Allá va!

Ya ha partido.

Ya nadie lo puede parar.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s