Vale, a todos nos sienta mal y nos retuerce el estómago encontrarnos un mosquito en la sopa.

Si es una mosca, nos sienta aún peor.

Es normal que nos enfademos cuando la lluvia nos estropea el peinado, o cuando notamos una piedrecilla en el zapato (en la parte de dentro, se entiende) y no podemos sacárnosla hasta mucho después.

Cuando alguien de la oficina ha usado el último trozo de papel higiénico y no lo ha repuesto, o cuando otro alguien ha tirado su basura -despreocupadamente y sin despeinarse, ni que se le cayeran los anillos- delante del portal de nuestra casa.

Otro alguien saca a pasear su perro y no lo ata, y, justo cuando pasamos por al lado, gruñe (el perro, no el alguien).Primero, damos un pequeño bote, involuntario del todo; estamos nerviosos. Luego, nos enfadamos por haber dejado que nos pusieran nerviosos.

Son cosas que pasan.

Hacer un trabajo con la mejor de las intenciones y que aquellos a quienes más interesa que guste no lo encuentran de su gusto.

Que quiten la luz justo en el momento en que vamos a poner la lavadora u, horror de los horrores, cuando estamos en la ducha.

Peor sería que quitaran el gas.

Todos estos son microhorrores que nos pasan todos los días.

Pero yo no quiero enfadarme más con el mosquito -que, además, está muerto- ni con el amo del perro, ni con el perro, ni con los muchísimos inconscientes de este mundo.

Sé que volveré a enfadarme, y aun así, no quiero y me propongo no hacerlo.

Es una simpleza, claro. Pero no sólo de grandilocuencias vive el hombre.

Son éstas las notas al margen que modifican y dan sentido completo a los grandes tratados y a los tomos enciclopédicos.

Nuestras notitas al margen y a pie de página -con o sin asterisco- codifican y preservan aquello que somos cada uno de nosotros.

La enciclopedia británica puede tener muchos ejemplares iguales, pero nuestras notitas manuscritas serán las hormiguitas que nosotros hemos creado. Cada hormiguita es única y diferente de un modo minúsculo pero muy cierto. Una hormiga es más preciosa y contiene más misterios insondables que todos los libros impresos.

Porque un millón de escritores puestos todos juntos jamás producirán una hormiguita. Ni tampoco una flor, ni un cerebro.

Y también cada uno de ellos escribe su pequeña sarta de notitas al margen y a pie de página. Son como nosotros.

Ellos también se enojan cuando se encuentran un bichito en su comida y cuando un chaparrón desluce su gala de presentación de novela.

Desde luego que sí.

No es culpa de ellos. Tampoco es culpa del perro, ni del bichito, ni del inconsciente que tira la basura a la calle. (Bueno, de ése, un poco, sí; pero es que realmente no saben lo que hacen).

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