Archivo mensual: diciembre 2013

Desde luego, uno puede decir que es cuestión de suerte, o de azar, que es como se le llama a la suerte no favorable; pero es lo mismo. Uno puede achacárselo todo a la aparente aleatoriedad inherente a la vida, tiñendo ese concepto de una carga cínica, negativa. Como la zorra con las proverbiales uvas; cuando la suerte no nos es favorable, decimos que es cosa del azar, que podía haberle tocado (o dejado de tocar) a cualquiera y que mal de muchos, consuelo de tontos y demás.

Es imposible negar la mayor, así como es imposible demostrarla. Pero el juego no se juega en ese tablero. Es un juego sensorial. Se trata de palpar, intuir dónde los límites del azar indican otra cosa y le dan paso. Otra cosa para la que tenemos un nombre, de hecho varios nombres -lo más común es hablar de “Dios”, o también de “universo” o cosas similares-, pero ninguno de ellos lo usamos con propiedad. Cuando utilizamos esos nombres, en realidad estamos hablando de una suma de convencionalismos, un amasijo de conceptos acertados y erróneos, algunos de ellos muy mundanos e impregnados de todo lo negativo que puede tener lo terrenal; normalmente, no nos referimos a lo que de verdad ese nombre debería darnos a entender.

Dios no juega a los dados, por eso es él quien utiliza el mecanismo del azar aparente. Bajo los fenómenos producto del azar podemos detectar una sutil inteligencia. Es tanto más sutil cuanto más nos esforzamos por racionalizarla. Lo que ocurre es que las pautas visibles de cómo esta inteligencia actúa sobre nuestra vida se espacian a veces muchísimo en el tiempo, de modo que percibimos todo como hechos aislados. No somos capaces de ver la conexión, como no somos capaces de ver las cosas como una única cosa, como no somos capaces de sentir la vertiginosa velocidad a la que se mueve la Tierra -y nosotros con ella. No podemos relacionar todos estos hechos entre sí. Además, aunque pudiéramos, quizá tampoco así encontraríamos sentido alguno al conjunto cohesionado y cabal que forman todos ellos. Por eso, y porque existe el recurso y la extendida creencia de que no hay tal inteligencia superior, sino una aleatoriedad ingobernable sin sentido alguno, ni antes, ni después, nunca será posible demostrar que Dios existe y que es él esa inteligencia amorosa que va decidiendo e hilvanando todos nuestros pasos con hilos de oro.

Pero es que también el azar necesita de Dios para adquirir un sentido completo y redondo. Ni siquiera las cosas buenas que nos suceden por azar parecen tan satisfactorias y nos llenan tanto como cuando aceptamos como buena la hipótesis de que no son aleatorias, sino de que han sucedido por algo. Que nos toque un premio millonario en la lotería es de por sí algo que nos alegra mucho, pero -personalmente- las pequeñas y grandes loterías que me han podido tocar en la vida me llenan y me colman mucho más cuando atiendo a su sentido trascendental: el de que alguien de una inteligencia inaprehensible, inabarcable e inconcebible para cualquier mente humana ha diseñado ese acontecimiento de mi vida en ese momento y lugar y de la forma exacta en que se ha producido.

Algunas veces, cuando estoy contrariada o me arrepiento de algo que he hecho, de alguna decisión o de algún acto pasado, intento mirarlo no como hecho aislado, sino como parte de un sistema, conectándolo en mi recuerdo con otros hechos que llevaron a él o que me animaron a hacer esa elección, y con otros que fueron su consecuencia. En ese caso, intento fijarme en consecuencias -aunque no esté muy claro para la mirada racional que sean consecuencias de aquel hecho en cuestión, para mí basta que puedan serlo para considerarlas como tales- positivas de cosas que, por sí solas, hayan sido negativas. Otro ejercicio parecido es partir de un hecho negativo, vergonzoso o descartable por cualquier otra razón y tratar de imaginar en qué sería peor mi vida, o yo misma, si aquel hecho no se hubiera producido jamás. Es decir: se trata de intentar ver en qué ha podido beneficiarme algo que fue malo en su momento para mí.

Y entonces, aunque no siempre, pero en ocasiones, soy capaz de vislumbrar el brillo tenue pero puro de esa urdimbre de oro con que Dios va tejiendo nuestras vidas. Soy capaz de ver por qué aquello que me sucedió o aquello que yo decidí en su momento tuvo que ser así y no de ninguna otra manera. Raramente, pero algunas veces ocurre que intuyo dónde acaba el azar y comienza otro territorio, un sustrato misterioso, muy sólido, que sostiene la maquinaria del azar y de las decisiones racionales. Intuyo vagamente que hay aparentes coincidencias que han sido tan bien preparadas como una hermosa tarta nupcial, y muchos felices resultados de arduas batallas que parecían -y eran- demasiado duras para haberlas librado yo sola.

Esto es lo que creo y lo que un día tras otro impregna de belleza y de sentido mi vida. Y si creo demasiado, o creo mal y estoy equivocada, el hecho de creer en tanta belleza ya es un sentido en sí mismo.

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A un conocido del abuelo de mi amiga -se trata de un señor muy mayor- le preguntaron, dadas las fechas navideñas, que qué le pedía a los Reyes Magos. Él respondió: “Cuando era más joven, solía haber pasteles. Ahora ya nadie me trae pasteles ni ningún otro regalo. De momento estamos bien de salud. Al año que viene le pido seguir aquí”.

Mi amiga me contó que, la misma semana que oyó esta anécdota, asistió a la charla de un gran maestro de la automotivación y del autohacerse sentir bien; es como una droga blanda pero muy adictiva y, a la vez, como la Quiminova de hace décadas, o el hágaselo usted mismo de hace aún más décadas y siempre vigente, que ahora se ha extendido a la felicidad: nos han convencido de que uno mismo puede hacerse feliz a sí mismo a pesar y por encima de todo, y de que, si no lo consigue, el problema innato lo tiene uno consigo mismo: es el mayor fracaso vital que nos pueden achacar, hacernos creer que no servimos ni para convencernos de que somos felices y de que la felicidad es algo que podemos elegir siempre y en cualquier circunstancia y lugar (la felicidad como elección es un concepto con el que puedo estar de acuerdo, pero es un tema demasiado profundo y complejo para despacharlo con un vídeo de Youtube y un best seller). En esa charla, el gurú en cuestión les dijo que uno tiene que lanzarse fuera de su mundo conocido, si bien no les explicó por qué; sencillamente, como es el canon y la tónica hoy en día, se daba por sentado que todo el mundo quiere experimentar cosas nuevas y muy emocionantes, vivir una vida plena, desafiante, revolucionaria, constantemente innovadora, repleta de continuos aprendizajes y movimientos tanto físicos como emocionales. Y les puso ejemplos: “La mayoría de las personas se limitan a permanecer en su zona de confort, porque es lo que conocen y donde se sienten seguros. Algunas personas salen de esa zona de confort a un espacio llamado la zona de aprendizaje. Es lo que sucede cuando aprendes un idioma extranjero, te embarcas en un viaje o te atreves a hacer cosas emocionantes que no haces en tu día a día”. Además, nadie tenía derecho a cerrarles el paso, y quienes aconsejaban en sentido contrario al sueño en cuestión eran retratados como personas de buena fe pero ancladas en el pasado y en sus propias y convencionales, aburridas vidas: es tu sueño, dijeron en la charla, y tienes que luchar por él, allá ellos con su mediocridad (esto no lo dijeron con esas palabras, pero mi amiga juraba que había podido oírlas en el silencio inmediato a la frase). “Las dificultades preparan a las personas para destinos extraordinarios. Ahí fuera está vuestro arco iris, vuestras nubes de colores, vuestros pájaros y flores”, dijeron.

Le pregunté qué opinaba ella sobre todo eso. Me dijo: “Es una de las cosas más desmoralizadoras que me han dicho nunca”. Y me explicó por qué se sentía así.

Ella nunca había sentido el menor deseo por aprender una lengua extranjera, ni tampoco, especialmente, por viajar y, cuando le había apetecido viajar, la actividad de más riesgo que había realizado había sido meterse en la piscina cuando todavía no habían pasado dos horas desde la comida. Y no le gustaba sentirse mal por ser así. El hecho de ser una persona con  una vida más o menos convencional y sin grandes alardes de imaginación siempre le había parecido bien y nunca le había ocupado mucho tiempo mental, pero ahora había recibido el mensaje -y no por primera vez en los últimos años- de que eso no era lo correcto, no era lo exitoso; de que triunfar en la vida y vivirla a tope exigía unas dosis mayores de inconformismo, de rebeldía -que no necesariamente de espíritu revolucionario-, de liderazgo a gran escala, de ambición. De que le hacía falta crear, romper con su esclerotizado esquema vital, reducir a cenizas su gusto por la normalidad, la previsibilidad y la rutina. Todo eso era pura comodidad, decían; todo eso era un puro fracaso vital traducido en hechos. “Sé dueña de tu destino”, le habían inculcado. “Persigue tu sueño y no dejes que nadie te diga que no puedes. Atrévete, da el paso, pega el salto y verás cómo te saldrán esas alas que llevas dentro de ti, sin saberlo, y de repente ves que estás volando hacia el arco iris que todos podemos visualizar en nuestra vida”. Para finalizar la charla, el gurú les había leído el final del famoso poema siempre asociado a aquel líder africano: “Soy el dueño de mi destino; soy el capitán de mi alma”.

Todo eso la había dejado perpleja, confundida y sintiéndose menos conforme que nunca consigo misma y con lo que había logrado hacer de su vida. Había tenido muchas ganas de preguntarle al gran maestro qué quería decir con todos esos términos y conceptos que tan bien sonaban y tan brillantes relucían, como las bolas de los árboles de Navidad, pero no se había atrevido; sin duda, le correspondía a ella reflexionar y poner las etiquetas donde tocaba, puesto que la misión de los grandes maestros oradores y motivadores no era, en ningún caso, decirle a uno lo que tenía que hacer.

Me puse a pensar en lo que mi amiga me había contado. Le dije que quizá es verdad, en parte, que corremos el riesgo de perder parte de nuestro vigor y nuestra ilusión por la vida si nunca hacemos nada fuera de lo que para nosotros es lo común y lo ordinario. Pero que nunca he sabido muy bien a qué se refiere la fraseología moderna popular cuando habla de los “sueños”, las “pasiones” y todo eso. Le dije que, por alguna razón, la mayoría de la gente, cuando le preguntabas por su sueño, te hablaba de cosas por las que hay que pagar un alto precio, y esto en sentido nada metafórico. Cuando uno es millonario, ¿qué hace? Pues, una vez que ha cubierto las necesidades básicas de alimentación, techo y abrigo -si no las tenía cubiertas ya- y se ha ocupado de la salud, se dedica, normalmente, a comprar cosas y a tratar de que el dinero se reproduzca. O sea, gastos e inversiones en cosas materiales presentes o futuras. Le conté que había leído una noticia sobre no sé qué deportista millonario que había atesorado decenas de coches. Y luego se dedica a viajar, cosa para la que también se necesita cierta cantidad de dinero, mayor cuanto más lejano, exótico o extraordinario es el destino o el tipo de viaje. Y a comprarse ropa, joyas, muebles caros, perfumes, inmuebles, fincas, objetos de colección, curiosidades, objetos de arte, cosas de interés concreto y personal, para sí mismo o para regalar a otros. Cuando ya tenía todo eso, quizá se dedicaba a buscar variaciones del mismo objeto, pero, en esencia, para cubrir la misma necesidad o para reforzar la satisfacción de un deseo que, por tener que ser satisfecho una y otra vez, nunca se elimina.

Todo lo que no sea eso es trabajar para llegar a eso o trabajar sin esperanzas de llegar a eso mientras se sueña con un atajo para alcanzarlo. Por eso la gente juega a la lotería y echa quinielas tanto. Aunque no sé si lo que realmente añoran es el dinero y las posesiones o simplemente un cambio.

Mi amiga dice que los sueños están sobrevalorados, y la vida, infravalorada. Yo creo estar de acuerdo con ella; en cualquier caso, porque el concepto que la gente comúnmente tiene de un sueño vital está estereotipado y no se reflexiona mucho sobre él, ni se cuestiona; en la mayoría de los casos, no resiste el menor análisis ni la menor pregunta. Hasta tal punto de que el sueño, la pasión, el proyecto, el objetivo se han convertido en palabras-comodín que usamos con asombrosa soltura pero no sabemos explicar. Mi amiga dice que la gente simplemente no sabe hacer de su vida su sueño. Dice que la vida sólo quiere existir, que no quiere nada más. Puede que tenga razón. Lo que sí sé es que yo no tengo el dinero que hace falta para hacer todas esas cosas que te dan el sello de triunfador en la vida. No sé si es problema mío o de los grandes maestros contemporáneos. Se lo preguntaré a mi amiga.

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Las diez en punta desde el ápice del tejado del edificio cualquiera, convertido en octava maravilla,

mirador privilegiado de estrellas.

¡Qué inmensa distancia entre cielo y tierra, y qué necesaria es toda ella para poder percatarnos de la belleza!

La luna, como una naranja que cae rodando desde el borde de un planeta hasta esa minúscula cordillera,

el lucero, como una lágrima o como un pendiente caído.

Llega el invierno, y ¿por qué te temí una vez?

¿Por qué temer al pequeño hombrecito de nieve?

¿Por qué te tuve miedo una vez, muñequito de agua?

¿Acaso porque nunca parpadeabas? ¿O porque nunca dormías?

¿Porque oía yo el murmullo del agua que corría por tus venas

y, pensando que eran lágrimas de eterna tristeza, me atemorizaba?

Temía tu soledad, sin saber que, a pesar de todo, en tu quietud

también tú cantabas.

Pequeño monigote hecho por la mano del hombre,

también tú tienes ojos, también tienes una apostura,

también tú prefieres subsistir todo el invierno de pie

y sentir a cambio cada momento.

Mientras te temía, mi temor me impedía ver

tu bufanda y tu gorro, señales inequívocas de que también tú

a pesar de todo, pasabas frío.

 

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No hay muchas verdades, hay una verdad. Si hubiera muchas verdades, hablaríamos de “las verdades”, no de “la verdad”.

La verdad es la verdad, y su expresión práctica y material es la realidad. Y la realidad es una cosa buena, aunque a veces nos parezca injusta, estúpida, desgraciada, lacrimógena o mil disparates más.

La realidad es ese monolito de inconmensurables dimensiones que algo o alguien erigió en su día y que ya no se puede medir, mover, ni modificar. Lo único que puedes hacer si no te gusta es darte de cabezazos contra ella. Si te gusta, la admiras o le sacas una foto y te la guardas. De un modo u otro, ella está ahí y tú le das igual.

La realidad es esa mula muy terca que no se aviene a razones. No le puedes prometer oro y moro, no le puedes prometer una cuadra calentita y comida riquita si hace lo que tú quieres. Le da igual el dinero que le ofrezcas, ella no acostumbra a comprar nada. No se moverá si no quiere. Tus deseos le resbalan. Tu desespero le resbala todavía más.

Es un cíclope sin ojo, sin oídos, sin lengua, sin tacto. Una criatura ciega, que no ve tus mejores fotos, ni tus anuncios, ni tus pancartas, ni el traje que llevas; una criatura sorda, que no oye discursos demagógicos, soflamas ni falacias; tampoco halagos ni tonterías ningunas. Una criatura que no se inmuta ante tus lágrimas, porque ni las ve ni las oye ni las puede tocar; una criatura autosuficiente, que se inventa sus propios signos y le da igual si tú los entiendes o no y si te gustan o no.

Pero una criatura que se va con quien sea y que tiene unos hombros y una espalda sobre los que puede acomodarse el mundo entero y sobre los que puedes trepar, columpiarte y ser transportado fácilmente de un lado a otro.

La realidad es así, es lo y la que es y, si no te gusta,

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Los días son largos, pero los años son cortos.

Las matemáticas no se aplican a la realidad. Las matemáticas son perfectas, pero la realidad es inabarcable.

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En no sé qué película le oí a un personaje decir a otro que “todo es Shakespeare. La vida, ese libro, tu madre… todo es Shakespeare”.

Pues no; o no sólo.

Hoy en día, la referencia más realista para este mundo es el Ecce Homo de Borja.

La metáfora hecha realidad, o la realidad hecha metáfora. La cuadratura del círculo, o la construcción del dodecágono perfecto; me da igual la forma de decirlo. En realidad, ninguna metáfora o símil puede hacerle justicia a lo que ha conseguido la señora del pueblecito de Borja con su restauración-homenaje-reconstrucción-reinvención-transfiguración del Ecce Homo. Es algo inefable. Es la inefabilidad hecha obra humana.

Ningún otro suceso ni, por supuesto, ninguna otra obra humana, ni tan siquiera las deliberadamente simbólicas y representadoras del estado de las cosas a día de hoy ha conseguido lo que la señora de Borja al repintar al Ecce Homo.

Los jovencitos de hoy en día, si es que llegan a aprender alguna vez el modismo “estar hecho un Ecce Homo” o “dejar a alguien hecho un Ecce Homo” (hay quien cree que “llorar como una Magdalena” viene del goteo de las magdalenas al mojarlas en café con leche, con lo cual, llegados a este punto, el cielo es el límite… o lo sea quizá el infierno), probablemente lo relacionarán más con el suceso de las caras de Borja -éstas afloradas en un lienzo y de forma sucesiva, no en las paredes- que con la Sagrada Historia.

Lo que pasó con el Ecce Homo de Borja, es decir, esto

eccehomo

 

en realidad, no necesita de exégesis o explicaciones, aunque, puestos a analizar el trasfondo del asunto, se puede decir que este suceso es como una Estrella de Belén que nos alumbra el camino; en este caso, el camino hacia la reflexión y hacia la toma de conciencia de que toda nuestra época se halla sintetizada en este curioso acontecimiento.

La historia de este Ecce Homo de Borja condensa, contiene y, a la vez, señala y explica en un solo segundo todo lo que está mal en nuestro mundo, en este sistema, y todo lo que ha estado mal durante mucho tiempo.

Una obra de arte transformada en parodia de sí misma, de golpe, sin que nadie sepa qué ha ido tan mal, sin que nadie se explique por qué nada se pudo hacer o nada se hizo para atajar esa degeneración. Una obra de gusto estético y artístico se ve de pronto transformada en otra cosa que tiene a esa obra por base y que, por tanto, no es enteramente una cosa distinta, sino un producto de ella; pero un producto que parte de, y acentúa lo esquemático, lo burdo, lo menos agraciado y menos meritorio de la obra original.

Y sin embargo, es su siamesa. No habría podido existir sin la primera.

Es así como de pronto podemos estar contemplando, asombrados, el panorama actual -en cualquier vertiente y faceta-; podemos hojear un periódico, leer las noticias en Internet, ver y oír declaraciones de no sé quién o de cualquiera (al azar, da lo mismo), echar un vistazo a los programas satíricos e ideológicos, oír los boletines informativos de la radio, o sencillamente vivir y ver, sufrir y juzgar las cosas que nos pasan, o las cosas a las que nos someten desde esos estratos -político, educativo, administrativo, económico, fiscal, financiero, etc.- y reconocer en esto que pasa y nos pasa un origen bueno, una raíz buena e incluso noble, creada seguramente con buenas intenciones, y no sólo eso, sino una raíz y una estructura que antes quizá funcionaba bien o muy bien, daba resultados óptimos y, aunque no los diera, tal vez no provocaba la indignación moral que nos provoca hoy, sencillamente porque no estaba moralmente tan viciada, porque los errores se reconocían como tales y se subsanaban o se hacía lo posible por subsanarlos, y no existía la sensación de injusticia de indignación sin esperanza de respuesta que tenemos hoy en día.

O tal vez no, tal vez ni siquiera eso, probablemente todo tiempo pasado fue exactamente igual de amoral o de inmoral que éste; pero quizá no había la incivilización y la desvergüenza que hay ahora; quizá, aunque la primera capa del lienzo fuera igual de corrupta que la de ahora, al menos había sobre ella una mano de color, de barniz y de brillo que nos aislaba de la capa profunda y actuaba a modo de escudo de pudor de propios y de ajenos; había una cierta vergüenza propia y ajena sobre lo que estaba mal.

Ahora ya ni eso; ahora ya nadie finge ni siquiera avergonzarse cuando todo queda al aire; el producto segundo se convierte en un valor en sí mismo, y circula por Internet, se hace famoso en el mundo entero.

Con el tiempo, nadie se acuerda de lo que había debajo, y entonces, es como si lo que había debajo dejara de existir o no hubiera existido nunca.

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El astronauta más pequeñito del universo mundo va a despegar.

¡3… 2… 1…!

Todos preparados mirando la pantalla, oyendo el reactor del cohetito más pequeñito jamás creado

para el astronauta microscópico.

Todos expectantes, mirando hacia arriba, hacia el centro, hacia la bóveda, todos con los ojos medio abiertos y medio cerrados.

Todos pendientes de él, mirándolo a él,

esperando.

El astronauta más pequeñito de toda la historia habida y por haber,

apenas una motita de polvo protegido por una cápsula espacial grande como motita y media de polvo

o quizá menos,

se dispone a surcar el espacio oscuro, con la misión de: llegar hasta el corazón del espacio oscuro.

Allí donde el agujero negro absorbe megatrones de energía para mantenerse vivo y misterioso como lo inimaginado,

allí donde nadie más ha estado nunca antes que él,

a ese negro corazón de energía avasalladora que sueña con ser habitado alguna vez.

¡3… 2… 1… ignición!

El astronauta que podría bañarse en una lágrima no tiene mapas, planos ni rádares.

No los necesita, y no los quiere.

No sabría leerlos. Los datos fríos no son lo suyo, porque es un ser de pura calidez,

de poquitas gotas de sangre, pero muy puras y rojas.

El astronautita ni siquiera busca explorar el penumbroso palacio.

Él sólo sabe que quiere llegar.

Y, contra todo pronóstico, llegará

a esa cúpula de vapor y cristal, a esa llamarada ahora gélida, ahora roja y protectora como el aliento.

Contra todo pronóstico y contra restos de cometas extintos hace milenios, contra meteoritos rocanrol, contra llamaradas nacidas del mismo lugar donde nació el espacio y el tiempo y todo a la vez,

el viajero en miniatura llegará.

Le esperan la luna, el espacio casi infinito y un nuevo lecho donde él podrá vivir todo el tiempo que necesite.

Un suelo lunar que siempre fue árido y, en realidad, blanco y suave como harina recién molida.

Un suelo lunar que él regará con su cariño y con la rara, pero monzónica lluvia de estrellas de la estación que corresponda

y del que recibirá el agasajo y la reciprocidad de flores lunares de cegadora belleza.

Él adivina las maravillas que le esperan detrás de la espesa cortina de desconocimiento y oscuridad.

Pero ni siquiera por esa vaga promesa es por lo que él despega y parte,

ni siquiera por eso va en pos de lo que le dijeron que era casi imposible.

Es porque sabe que aquel es su hogar.

Y, contra todo pronóstico, contra tempestades, nébulas y centellas, él llegará,

el pequeño y valiente astronauta, el más pequeño de la historia real e imaginaria del ser humano.

Llegará, y su nuevo hogar lo abrazará y lo sostendrá, lo alimentará y creará un vergel de floresta

para que él pose la cabeza todos los días y duerma.

¡3… 2… 1…! ¡Allá va!

Ya ha partido.

Ya nadie lo puede parar.

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Vale, a todos nos sienta mal y nos retuerce el estómago encontrarnos un mosquito en la sopa.

Si es una mosca, nos sienta aún peor.

Es normal que nos enfademos cuando la lluvia nos estropea el peinado, o cuando notamos una piedrecilla en el zapato (en la parte de dentro, se entiende) y no podemos sacárnosla hasta mucho después.

Cuando alguien de la oficina ha usado el último trozo de papel higiénico y no lo ha repuesto, o cuando otro alguien ha tirado su basura -despreocupadamente y sin despeinarse, ni que se le cayeran los anillos- delante del portal de nuestra casa.

Otro alguien saca a pasear su perro y no lo ata, y, justo cuando pasamos por al lado, gruñe (el perro, no el alguien).Primero, damos un pequeño bote, involuntario del todo; estamos nerviosos. Luego, nos enfadamos por haber dejado que nos pusieran nerviosos.

Son cosas que pasan.

Hacer un trabajo con la mejor de las intenciones y que aquellos a quienes más interesa que guste no lo encuentran de su gusto.

Que quiten la luz justo en el momento en que vamos a poner la lavadora u, horror de los horrores, cuando estamos en la ducha.

Peor sería que quitaran el gas.

Todos estos son microhorrores que nos pasan todos los días.

Pero yo no quiero enfadarme más con el mosquito -que, además, está muerto- ni con el amo del perro, ni con el perro, ni con los muchísimos inconscientes de este mundo.

Sé que volveré a enfadarme, y aun así, no quiero y me propongo no hacerlo.

Es una simpleza, claro. Pero no sólo de grandilocuencias vive el hombre.

Son éstas las notas al margen que modifican y dan sentido completo a los grandes tratados y a los tomos enciclopédicos.

Nuestras notitas al margen y a pie de página -con o sin asterisco- codifican y preservan aquello que somos cada uno de nosotros.

La enciclopedia británica puede tener muchos ejemplares iguales, pero nuestras notitas manuscritas serán las hormiguitas que nosotros hemos creado. Cada hormiguita es única y diferente de un modo minúsculo pero muy cierto. Una hormiga es más preciosa y contiene más misterios insondables que todos los libros impresos.

Porque un millón de escritores puestos todos juntos jamás producirán una hormiguita. Ni tampoco una flor, ni un cerebro.

Y también cada uno de ellos escribe su pequeña sarta de notitas al margen y a pie de página. Son como nosotros.

Ellos también se enojan cuando se encuentran un bichito en su comida y cuando un chaparrón desluce su gala de presentación de novela.

Desde luego que sí.

No es culpa de ellos. Tampoco es culpa del perro, ni del bichito, ni del inconsciente que tira la basura a la calle. (Bueno, de ése, un poco, sí; pero es que realmente no saben lo que hacen).

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