Un hombre mira por la ventana, a su jardín trasero, y ve simultáneamente un fantasma y un enorme incendio, los dos acercándose a su casa. ¿A cuál de esos elementos atendería en primer lugar?

Uno puede ver una película de vampiros y sentirse muy impresionado, pero si a esa misma persona le preguntan cuántos testimonios o historias plenamente fidedignos y sin sospecha de sustancias alucinógenas o hervores de menos conoce sobre personas amenazadas por fantasmas, vampiros o conjuros en idiomas extraños, y cuántos sobre familias destrozadas por el alcoholismo, vidas truncadas por imprudencias y temeridades, acosos escolares o laborales, maledicencias y murmuraciones malintencionadas, despidos improcedentes o personas perdidas en el laberinto sin salida del paro, ¿qué creen que contestaría?

Ésa es la diferencia entre la novela “El resplandor” y la película “El resplandor”. En realidad, está perfectamente justificado el cabreo de Stephen King con Stanley Kubrick, porque destrozó una historia con un monstruo muy real, el del alcoholismo, y lo sustituyó por un cuento de elementos sobrenaturales inverosímiles que no servían para otra cosa más que para mantener nuestra atención durante las dos horas de metraje, pero no para que pensáramos en nada de lo que la historia original nos decía sobre nosotros mismos.

En realidad, es una historia muy sencilla: hombre alcohólico pierde definitivamente el oremus y destroza las vidas de su mujer y de su hijo, poniéndolas incluso en peligro de muerte. De eso trataba aquella novela y esa es la historia cruda y real que no se nos mostró en la película, no se sabe bien por qué (¿demasiado prosaico, quizás?). En esa historia, no se nos pedía que recapacitáramos ni nos preguntáramos por el origen de nuestro miedo, pues hay cientos de miles de personas ahora mismo en el mundo que tienen miedo de volver a beber, de perder el control, de no saber decir que no a una copa a pesar de que estén rehabilitados y de que acudan religiosamente a sus reuniones de Alcohólicos Anónimos. Y otras cientos de miles que tienen miedo de que esa persona a la que conocen y quieren vuelva a perderse, de que recaiga y no sepa decir que no.

Entonces, las buenas películas de miedo no se agotan en el susto ni en las sensaciones puntuales de temor, aprensión, tensión o desasosiego que nos pueden provocar, sino que siempre nos cuentan algo muy prosaico y muy humano: nos hablan de una debilidad, de un secreto, de una carencia, de una incógnita, de una flaqueza, de un error. Nos hablan de la injusticia, de la cobardía, de la amenaza muy cierta de la incomunicación y el aislamiento, de la indiferencia y la falta de compasión ante la desgracia ajena, del desamor, de la deshumanización. También del miedo a la soledad y a la inopia espirituales, de lo cobardes y malvados que podemos llegar a ser. Son un espejo de la materia oscura del alma, común a todos los mortales. Para ello, utilizan hipérboles, seres fantásticos, situaciones inverosímiles, historias aparentemente disparatadas. Pero hagan limpieza de todo eso y ¿qué nos queda? Una historia profundamente real y tan simple como el dos y dos son cuatro.

No es casualidad que muchas de estas películas tengan un toque más que evidente de comedia, o de hipérbole, o las dos cosas. Muchas no tienen lógica interna suficiente, y la mayoría requieren del espectador una suspensión de la incredulidad que el espectador ejecuta con gusto y sin mayores contemplaciones (aunque viene siendo el mismo ejercicio que debemos hacer antes de empezar a ver casi cualquier película de cualquier tipo, tono y estilo). Los personajes suelen ser o bien excesivamente planos, apenas esquemáticos, o bien rematadamente imbéciles, o las dos cosas. En otras palabras, no identificamos en ellos rasgos personales ni humanos suficientes para que nos importe mucho ni poco su ficticio destino. Menciono estos componentes habituales para que se vea cómo, desde su mismo planteamiento, estas historias son ya abiertamente inverosímiles, se nos proponen casi como una broma, como un juego; a lo sumo, como un ejercicio de catarsis que podemos realizar, si queremos. La mayoría de las veces son nada más que un puro entretenimiento y todos vamos a ello sabiendo el nombre del juego y sus reglas.

Cuando se trata de historias de corte fantástico o sobrenatural, el elemento inverosímil no hace más que acentuarse al máximo y ponerse de relieve. Las cartas están sobre la mesa: en el fondo, nos van a contar un cuento, una leyenda, casi como la de la Caperucita Roja o Pulgarcito (que, pensándolo bien, no nos parecen cuentos de terror sólo porque están esquematizados en grado sumo; pero no hay que olvidar que, en su origen, eran historias aleccionadoras con el necesario elemento atemorizador: la letra con sangre -o miedo- entra, ya saben). El mensaje de fondo, previamente aceptado por todos, es: voy a usar una mentira para contarte una verdad, o para intentar contarte algo sobre ti que sólo tú sabes.

Con las historias de miedo, normalmente, la pregunta que se intenta responder es precisamente esa: ¿qué nos da miedo? Y, si la historia es buena, aún más: ¿por qué? Ya que detrás de todo miedo se oculta una raíz de desconocimiento o de cosa mal entendida. Y no tenemos que enfrentarnos a nuestro miedo en ningún momento, porque estamos cómodamente sentados en nuestra casa o en una bien climatizada sala de cine, en un entorno seguro: es como ver una tormenta de granizo desde el interior de nuestro cálido hogar.

Las películas, tanto las de terror como las de género dramático, thriller o misterio, son en el fondo películas acerca de un enigma que nosotros podemos identificar y al que queremos responder, o del que queremos que nos den la respuesta. Nos gusta que nos cuenten historias inventadas porque sabemos que al final el orden será restaurado y todo acabará bien, y ansiamos ese final feliz para nosotros. No lo duden, todas las películas tienen un final feliz, porque al final siempre están los títulos de crédito, el The End. Si el desenlace de la historia nos ha gustado, nos quedaremos con una sonrisa en la boca; si no nos ha gustado, de todos modos la historia ya ha terminado. Ha triunfado el orden.

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