Poeta en Königsberg

Es hermosa la Capilla Sixtina,

y más hermosa aún es tu mirada.

Quiero ver el sol de medianoche,

pero prefiero ver todos los días tu sonrisa.

Viviré en este Königsberg del oeste, me da igual,

a estas alturas de la película, vamos a dejarnos de cuentos;

me levantaré todos los días a la misma hora, veré una sucesión de paisajes iguales por mi ventana

y me dará lo mismo a cambio de estar contigo todos los días.

El Señor con su mirada puso en mí un universo en miniatura,

me basta cerrar los ojos, adentrarme en él, para tener con qué regocijarme cuando este sol y estas lluvias no me bastan;

y como tú no hizo a nadie más, la elección está clara.

Vamos a dejarnos de tonterías, no quiero ser Marco Polo,

yo ya tengo mi mitad de la historia para contar, y todavía voy sólo por la cuarta parte.

No quiero nada más, ni lo otro ni lo de más allá,

me basta con volver a mi casa cada tarde de invierno.

Como aquel pequeño hombre de Königsberg, con su paraguas y su cabeza suficientes,

marcando el tiempo del mundo con sus andares y sus pensamientos.

Si Leonardo te hubiera conocido, hoy nadie sabría de la Mona Lisa.

Juraría que oigo el polvo, que canta, del camino.

Vamos a dejarnos de murallas y de cuentos chinos.

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