Vengo del futuro para enseñarte cosas que no sabes que sabes

No hace falta que escriba aquí cuál es mi canción favorita. Tengo una, y no lo es tanto por su calidad técnica, ni porque la cante ninguna vaca sagrada de la música, como por los recuerdos que van indisolublemente asociados, para mí, a ella. Mi canción favorita es de los mejores años de mi adolescencia, que fueron los de la parte tardía de esa etapa y cuando ya estaba a punto de ingresar en la adultez. Y no es verdad eso que dicen los muy peliculeros de que los 20 a los 29 son los mejores años de la vida de cualquiera. Lo serán para quien lo hayan sido; no para mí. Pero aquellos anteriores, sí. Creo que fueron un pequeño premio o pago por adelantado de parte de Dios, que me daba un poco de cuartelillo para otros años, los de universidad, de los que no tengo tan buen recuerdo.

Volviendo a mis años más especiales, van, como suele suceder, asociados a un lugar, o, mejor, a un espacio concreto, no tanto como lugar donde me sucedieron cosas maravillosas sino como el lugar donde pasé gran parte de mi tiempo por aquel entonces, y en ese tiempo yo fui simplemente diferente a como había sido hasta aquel momento. Se dio esa coincidencia, pero, por otro lado, los dos elementos se unieron y se combinaron de forma que, sin aquel tiempo y aquel lugar y sin las personas y las acciones -quizá banales, quizá rutinarias, pero irrepetibles y, todas, tremendamente importantes- que compusieron mi vida fuera de mi casa, yo tampoco habría sido la que fui, ni sería hoy la que soy.

Sin embargo, esto no es una comedia de Hollywood y nunca idealizaré cómo era mi vida entonces. En aquel lugar del que estoy hablando, me pasaron muchas cosas, y yo hice muchas cosas, y muchas de ellas no fueron maravillosas, ni fueron peripecias memorables por sí mismas. Algunas experiencias fueron horribles, me entristecieron y me hicieron experimentar  una forma muy particular de desamor: el que se siente cuando uno no es aceptado por quienes más fácilmente se supone que deberían aceptarlo, aquellos con quienes se comparten más características: edad, origen, cultura, modo de vida, muchos recuerdos… Muchas veces me sentaba sola entre clase y clase, leía libros, curioseaba en las estanterías, me empeñaba con mis ejercicios de traducción de latín, pensaba, miraba por la ventana. No iba a la máquina de café, que estaba recién instalada, y no siempre me unía a esa entidad que se llama la gente. Pero otras veces, sí y, aunque tenía que mirar a mi espalda cada equis tiempo, hubo también buenos ratos, momentos de compañerismo o, al menos, de colegueo.

Y hubo la sensación de que algo se terminaba, de que por fin uno era adulto y lo bastante fuerte para merecer respeto sólo porque sí, sin tener que ganárselo, y acompañaba a esa sensación otra, quizá la mejor que hay: el alivio. Y más que eso, había la ilusión por aquello otro que iba a empezar, por el océano que estaba a mis pies.

Y luego, con el tiempo, hubo una sensación y una experiencia nueva, la de ser alguien, la de salir de ese fondo de paisaje un poco neblinoso donde se abigarra la mayoría de la gente en uno u otro momento. La de contar, la de importar, la de que aquel juego que todos parecían saber jugar y disfrutar también estaba pensado para mí.

Pero todo eso pasó casi siempre simultáneamente y ninguna de esas experiencias fue dominante sobre las demás.

Por eso es tan difícil saber exactamente qué es lo que marcó para mí aquellos años. No sabemos por qué, nuestra memoria suele volver a ciertos puntos de nuestro pasado. No sabemos por qué algunos recuerdos vienen asociados con sensaciones y emociones positivas y otros no. A pesar de que, siendo racionales y poniéndonos a desmenuzar el contenido objetivo de esos recuerdos, nos demos cuenta de que nada sustancial era muy diferente de como lo fue en cualquier otra etapa.

viaje

Salvo nosotros, claro. Nosotros mismos y lo que somos en cada momento, lo que dejamos de ser a cada momento y aquello nuevo en lo que nos vamos convirtiendo a cada momento.

Si uno es consciente de eso, del cambio, del renacimiento, quizá ya tiene todo lo que necesita.

Entonces puede aprender muchas lecciones, que es lo mismo que nacer otras tantas veces, en micromomentos que bastan para que el milagro se consume.

Aprender el arte de la metamorfosis.

El arte del camuflaje, para evitar los depredadores.

El arte de levantarse.

El arte de patinar sobre la capa más superficial del lago helado,

sabiendo que en el fondo hay un tesoro sumergido.

Aprender que ser diferente es un valor en sí mismo, porque significa que el valor que uno se da a sí mismo nunca será relativo al valor de nadie más.

Aprender el arte de saber que, a pesar de que uno sea adolescente y el tiempo a veces se estire y otras veces se contraiga, esto (lo malo) también pasará.

Uno quizá no es consciente de que está aprendiendo todo eso; pero, en este espejo retrovisor, todo se ve con mayor claridad.

Y es por eso por lo que, a pesar de no ser el más popular, ni haber tenido más amigos que nadie, y a pesar de haber dejado de hacer muchas cosas que otros seguramente harían, y de haberse preguntado muchas veces el porqué de las cosas, esos años también pueden ser los mejores años de tu vida.

La vida es como una goma elástica, y uno de sus cabos nos tiene atados: cuanto más se estire la goma y más se nos aleje de los lugares y los recuerdos que forman parte de nuestro hogar, de todo aquello que nos ha hecho descubrir quienes somos, con mayor fuerza retornaremos a ellos.

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