Suele suceder a veces que la enfermedad, el achaque, la postración leve o moderada, siempre que no amenace de forma grave la vida o el bienestar, se presenta junto con cierta sensación de vitalidad o de bienestar.

A mí me pasa así y creo que a mucha otra gente también.

Puede especularse con que tal sensación paradójica se da porque uno, al convalecer, puede -y debe- simplemente soltar lastre: quizá no puede ir a trabajar (aunque deba seguir ocupándose de los menesteres domésticos y de otras obligaciones), tal vez no es capaz o no se siente motivado para cuidar de su apariencia personal tan al detalle como lo hace normalmente, y es seguro que abandona actividades sociales o pasatiempos que habitualmente consumen gran parte de su tiempo. Entonces, puede incluso cuestionarse la validez o la cualidad lúdica o edificante de esos pasatiempos. Quizá realmente no nos gustaba tanto, por decir algo, hablar por teléfono todas las noches largo y tendido con nuestra mejor amiga, la misma de la que nos hemos despedido un par de horas antes; tal vez en realidad el programa de cotilleo de las noches no era tan de nuestro gusto y muchas veces nos interrogábamos a nosotros mismos: ¿pero qué hace una chica como tú viendo una bazofia como ésta?

Y nos lo pone casi todo en perspectiva. ¿En realidad era tan importante ese informe que tenemos que entregar a nuestro jefe para no sé qué día? Total, ¿quién se va a acordar de él de aquí a un año? Y, puestos a sopesar cosas, ¿cuántas de las tareas en las que ahora nos empeñamos como si en ello nos fuera la vida y la integridad son realmente importantes? Por medir la importancia de cualquier cosa: ¿cuántas cosas son tan importantes como nuestra salud y nuestro bienestar? Porque salud no es sólo estar en condiciones físicas mínimas para poder levantarnos de la cama y desempeñar nuestras obligaciones habituales. Es un cierto bienestar, una dignidad en el estar y en el poder hacer, la disponibilidad de tiempo suficiente para hacer las cosas de todos los días -sentarnos a comer y masticar todo debidamente, poder echarle un vistazo al periódico después de la comida, en lugar de devorar de cualquier manera y salir corriendo inmediatamente, por ejemplo-; eso es salud. Y es también poder cerrar la puerta de la oficina con naturalidad, sin arrastrar con nosotros pegotes que no deberían quedársenos encima, y mucho menos entrar con nosotros en nuestra casa e irse a acostar encima de nuestro pijama y sujetándonos los párpados abiertos, como en una tortura china.

Que nos invada de repente un padecimiento leve y pasajero puede ser hasta un alivio, porque, al entorpecer nuestro cuerpo y, muchas veces, nuestra mente, nos obliga a mirar las cosas de otra forma. No podemos correr ni queriendo.

Al contrario que nuestras habilidades motrices y que nuestra capacidad para ser máquinas multitarea -haciendo muchas cosas a la vez, aunque no siempre sepamos si las estamos haciendo a nuestro gusto-, nuestra atención, estando convalecientes, se intensifica, se afila como una catana de samurai. De repente somos absurdamente conscientes de cada respiración, ahora trabajosa; de los músculos, que se nos quejan; de las articulaciones, que chirrían un poco; del estómago, que ahora trabaja ruidosamente, dejándose sentir; del habitante de nuestra cabeza, que ahora late y golpea las paredes; de las muelas, que de repente, oiga, están ahí (y nosotros pensando que comíamos con la boca).

La llamada de atención se llama dolor. Sencillamente eso. El dolor es la mano que sacude la aldaba, el cartero que siempre llama dos o más veces, el canario que trina para decirnos simplemente que está ahí y que tiene una canción. El dolor es como el llanto del niño pequeño que quiere que se le haga caso, porque nos echa de menos. El dolor es el cuerpo y la mente echándonos de menos, a nosotros que los habitamos y los utilizamos y no nos preocupamos por ellos nunca, mientras funcionan a nuestro gusto. El dolor es un signo de amor, es un agitar los brazos del amante arrinconado en favor de alguna tarea importantísima. No es casualidad que el dolor sea lo que hace al poeta, lo que lo introduce de verdad y para siempre en su mundo real, lo que hace que se encuentre a sí mismo y se reconozca. No hay sentido poético para quien no ha sufrido, aunque luego sea capaz de hablar de lo hermoso y lo alegre. El dolor es su bautismo de fuego, el puente levadizo que da paso a Camelot después de haber estado llamando tantas veces.

En última instancia, el dolor es lo mismo que la vida. Cuando nos dolemos, estamos a la vez intensamente vivos y, al mismo tiempo, somos intensamente conscientes de estarlo. No hay energía ni tampoco hay ganas de pensar en tonterías ni de hacernos pajas mentales: tenemos que ocuparnos de este dolor, ahora mismo, ya; no hay mañana, qué importa el mañana si ahora me duelen las muelas.

No sólo la alegría es vida; el dolor también lo es, quizá más que ninguna otra sensación.

(Siempre que sea pasajero, claro. Que tontos, tontos, no somos.)

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