Vlad IV y ss.

En el camino y en una pantomima de tira y afloja, todavía nos vaciarán las arcas públicas en un último estertor, para que sigan viviendo del cuento cuatro encorbatados con la misma catadura moral que VLAD III

He visto hoy en un medio de Internet este comentario de un lector. No hace al caso en qué medio ni en qué noticia; el pueblo llano y anónimo casi siempre dice la verdad, sobre todo cuando no tiene que temer represalias por ello. Importa tan poco la identidad de la persona que ha dicho esas palabras, como la noticia concreta de que se trataba. Qué noticia era no deja de ser un dato anecdótico. Porque lo cierto es que ¿cuántas noticias se nos pueden ocurrir, sin pensar, en un segundo, ahora mismo, a las cuales se adecúe perfectamente ese comentario?

En realidad, a la mayoría de noticias publicadas un día cualquiera de éstos en un medio generalista cualquiera de gran difusión.

Todos lo sabemos y eso es casi un poco más triste que ignorarlo. Puestos a elegir, yo preferiría vivir ignorante y feliz que sabedora e impotente por no poder hacer nada, que es como vivo ahora. Sólo puedo estar agradecida por la ignorancia que tengo de las muchas injusticias más que se cometen a diario de las que no tengo noticia, aunque ¿de verdad me hace falta saberlas para tener la certeza de que se cometen? Me basta con ver una pequeña muestra para saber que la gran totalidad es lo mismo. Es igual que sacar una gota del mar y analizarla.

A la cultura popular y a los medios generalistas les suele gustar, de vez en cuando, hablar con gran sensacionalismo y toque de pífanos de los psicópatas con vena asesina (porque, a pesar de que se haya divulgado la equivalencia de “psicópata” y “asesino en serie”, no son sinónimos en lo más mínimo; la psicopatía es, por lo que entiendo, un trastorno crónico, un tipo adquirido de personalidad, y algunos de ellos son asesinos en serie; por otro lado, hay asesinos en serie que no son psicópatas), en realidad para hacer daño a muchísima gente, a masas de gente, no hace falta cometer sobre ella un delito muy llamativo de crónica de sucesos y huir de la policía hasta ser atrapado; una persona sin ningún escrúpulo, con las dosis necesarias de codicia y de soberbia y una ausencia total de empatía, es decir, lo que se conoce como una mala persona, puede hacer daño a muchísima gente de mil otras formas, llegando a una posición de poder en el que el los propios actos y decisiones influyen en todas esas personas; dado que, cuanto más arriba está el póculo, de más alto se derrama el veneno.

Las personas cuya maldad ha causado estragos en más gente son aquellas que han tenido, quizás ni siquiera la inteligencia, pero sí, siempre, la astucia, la diplomacia, la inescrupulosidad, la ambición y la listeza suficientes para llegar a los pináculos del poder social, político o económico -con frecuencia, una combinación de dos de los anteriores e incluso los tres- y, lo más importante, para hacer creer a los demás -y, supongo, también, en muchos casos, para convencerse a sí mismos también- que tenían todas las buenas intenciones del mundo, que eran los mejores para ocupar ese lugar necesario, para detentar ese poder, para ser esa persona que se coloca necesariamente y a pesar de la repugnancia tan humana a la desigualdad política y jurídica, provocada, por encima de muchos de sus semejantes. Porque quien se sitúa en las alturas, o quien es situado en ellas, ocupa ese lugar precisamente porque es capaz de convencer a todos de que va a hacer el bien. ¿Bajo qué otro pretexto íbamos a tolerar que alguien ejerciera ese título de superioridad, que mandara sobre todos nosotros, sus semejantes, si no porque en el acto de subirlo a los altares iba implícita la creencia de que iba a hacer el bien? ¿Por qué tanta gente votó por Hitler, si no porque pensaban que era lo mejor que podían hacer?

Pero no. No van a hacer el bien, y de hecho no lo hacen, y de ejemplos así está llena la historia, aunque no es verdad que aprendamos de ella, ni tampoco es estrictamente verdad que la historia se repita, porque se repite como parodia de sí misma, y así nos encontramos con que ni los malos de hoy en día tienen al menos la chulería de reconocer su propia maldad. Se escandalizan cuando alguien los señala con el dedo. O quizás sólo hacen como que se escandalizan.

Los ídolos de pies de barro suelen acabar cayendo, tarde o temprano, pero en el proceso lo dejan todo a su alrededor hecho un verdadero asco, y luego quedamos todos los demás para limpiar la mierda.

Y no aprendemos por partida doble, porque luego vemos que todos quieren ser así, llevar corbata y mandar mucho, quizá hasta salir en los periódicos y en la tele, ser alguien, tener poder y dinero, pero sobre todo poder, y quizá no por la influencia, ni por la fama, ni por los cheques en blanco o los maletines llenos, ni siquiera por la libertad -o el libertinaje- que va en el sueldo, sino sencillamente por el placer de sentirse impune, jerárquicamente por encima de todos los demás, ya que no moralmente, pero ¿moralmente? ¿y a quién coño le importa la superioridad moral?

Esas cosas ya han pasado de moda.

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