Archivo mensual: noviembre 2013

Un hombre mira por la ventana, a su jardín trasero, y ve simultáneamente un fantasma y un enorme incendio, los dos acercándose a su casa. ¿A cuál de esos elementos atendería en primer lugar?

Uno puede ver una película de vampiros y sentirse muy impresionado, pero si a esa misma persona le preguntan cuántos testimonios o historias plenamente fidedignos y sin sospecha de sustancias alucinógenas o hervores de menos conoce sobre personas amenazadas por fantasmas, vampiros o conjuros en idiomas extraños, y cuántos sobre familias destrozadas por el alcoholismo, vidas truncadas por imprudencias y temeridades, acosos escolares o laborales, maledicencias y murmuraciones malintencionadas, despidos improcedentes o personas perdidas en el laberinto sin salida del paro, ¿qué creen que contestaría?

Ésa es la diferencia entre la novela “El resplandor” y la película “El resplandor”. En realidad, está perfectamente justificado el cabreo de Stephen King con Stanley Kubrick, porque destrozó una historia con un monstruo muy real, el del alcoholismo, y lo sustituyó por un cuento de elementos sobrenaturales inverosímiles que no servían para otra cosa más que para mantener nuestra atención durante las dos horas de metraje, pero no para que pensáramos en nada de lo que la historia original nos decía sobre nosotros mismos.

En realidad, es una historia muy sencilla: hombre alcohólico pierde definitivamente el oremus y destroza las vidas de su mujer y de su hijo, poniéndolas incluso en peligro de muerte. De eso trataba aquella novela y esa es la historia cruda y real que no se nos mostró en la película, no se sabe bien por qué (¿demasiado prosaico, quizás?). En esa historia, no se nos pedía que recapacitáramos ni nos preguntáramos por el origen de nuestro miedo, pues hay cientos de miles de personas ahora mismo en el mundo que tienen miedo de volver a beber, de perder el control, de no saber decir que no a una copa a pesar de que estén rehabilitados y de que acudan religiosamente a sus reuniones de Alcohólicos Anónimos. Y otras cientos de miles que tienen miedo de que esa persona a la que conocen y quieren vuelva a perderse, de que recaiga y no sepa decir que no.

Entonces, las buenas películas de miedo no se agotan en el susto ni en las sensaciones puntuales de temor, aprensión, tensión o desasosiego que nos pueden provocar, sino que siempre nos cuentan algo muy prosaico y muy humano: nos hablan de una debilidad, de un secreto, de una carencia, de una incógnita, de una flaqueza, de un error. Nos hablan de la injusticia, de la cobardía, de la amenaza muy cierta de la incomunicación y el aislamiento, de la indiferencia y la falta de compasión ante la desgracia ajena, del desamor, de la deshumanización. También del miedo a la soledad y a la inopia espirituales, de lo cobardes y malvados que podemos llegar a ser. Son un espejo de la materia oscura del alma, común a todos los mortales. Para ello, utilizan hipérboles, seres fantásticos, situaciones inverosímiles, historias aparentemente disparatadas. Pero hagan limpieza de todo eso y ¿qué nos queda? Una historia profundamente real y tan simple como el dos y dos son cuatro.

No es casualidad que muchas de estas películas tengan un toque más que evidente de comedia, o de hipérbole, o las dos cosas. Muchas no tienen lógica interna suficiente, y la mayoría requieren del espectador una suspensión de la incredulidad que el espectador ejecuta con gusto y sin mayores contemplaciones (aunque viene siendo el mismo ejercicio que debemos hacer antes de empezar a ver casi cualquier película de cualquier tipo, tono y estilo). Los personajes suelen ser o bien excesivamente planos, apenas esquemáticos, o bien rematadamente imbéciles, o las dos cosas. En otras palabras, no identificamos en ellos rasgos personales ni humanos suficientes para que nos importe mucho ni poco su ficticio destino. Menciono estos componentes habituales para que se vea cómo, desde su mismo planteamiento, estas historias son ya abiertamente inverosímiles, se nos proponen casi como una broma, como un juego; a lo sumo, como un ejercicio de catarsis que podemos realizar, si queremos. La mayoría de las veces son nada más que un puro entretenimiento y todos vamos a ello sabiendo el nombre del juego y sus reglas.

Cuando se trata de historias de corte fantástico o sobrenatural, el elemento inverosímil no hace más que acentuarse al máximo y ponerse de relieve. Las cartas están sobre la mesa: en el fondo, nos van a contar un cuento, una leyenda, casi como la de la Caperucita Roja o Pulgarcito (que, pensándolo bien, no nos parecen cuentos de terror sólo porque están esquematizados en grado sumo; pero no hay que olvidar que, en su origen, eran historias aleccionadoras con el necesario elemento atemorizador: la letra con sangre -o miedo- entra, ya saben). El mensaje de fondo, previamente aceptado por todos, es: voy a usar una mentira para contarte una verdad, o para intentar contarte algo sobre ti que sólo tú sabes.

Con las historias de miedo, normalmente, la pregunta que se intenta responder es precisamente esa: ¿qué nos da miedo? Y, si la historia es buena, aún más: ¿por qué? Ya que detrás de todo miedo se oculta una raíz de desconocimiento o de cosa mal entendida. Y no tenemos que enfrentarnos a nuestro miedo en ningún momento, porque estamos cómodamente sentados en nuestra casa o en una bien climatizada sala de cine, en un entorno seguro: es como ver una tormenta de granizo desde el interior de nuestro cálido hogar.

Las películas, tanto las de terror como las de género dramático, thriller o misterio, son en el fondo películas acerca de un enigma que nosotros podemos identificar y al que queremos responder, o del que queremos que nos den la respuesta. Nos gusta que nos cuenten historias inventadas porque sabemos que al final el orden será restaurado y todo acabará bien, y ansiamos ese final feliz para nosotros. No lo duden, todas las películas tienen un final feliz, porque al final siempre están los títulos de crédito, el The End. Si el desenlace de la historia nos ha gustado, nos quedaremos con una sonrisa en la boca; si no nos ha gustado, de todos modos la historia ya ha terminado. Ha triunfado el orden.

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Poeta en Königsberg

Es hermosa la Capilla Sixtina,

y más hermosa aún es tu mirada.

Quiero ver el sol de medianoche,

pero prefiero ver todos los días tu sonrisa.

Viviré en este Königsberg del oeste, me da igual,

a estas alturas de la película, vamos a dejarnos de cuentos;

me levantaré todos los días a la misma hora, veré una sucesión de paisajes iguales por mi ventana

y me dará lo mismo a cambio de estar contigo todos los días.

El Señor con su mirada puso en mí un universo en miniatura,

me basta cerrar los ojos, adentrarme en él, para tener con qué regocijarme cuando este sol y estas lluvias no me bastan;

y como tú no hizo a nadie más, la elección está clara.

Vamos a dejarnos de tonterías, no quiero ser Marco Polo,

yo ya tengo mi mitad de la historia para contar, y todavía voy sólo por la cuarta parte.

No quiero nada más, ni lo otro ni lo de más allá,

me basta con volver a mi casa cada tarde de invierno.

Como aquel pequeño hombre de Königsberg, con su paraguas y su cabeza suficientes,

marcando el tiempo del mundo con sus andares y sus pensamientos.

Si Leonardo te hubiera conocido, hoy nadie sabría de la Mona Lisa.

Juraría que oigo el polvo, que canta, del camino.

Vamos a dejarnos de murallas y de cuentos chinos.

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Vengo del futuro para enseñarte cosas que no sabes que sabes

No hace falta que escriba aquí cuál es mi canción favorita. Tengo una, y no lo es tanto por su calidad técnica, ni porque la cante ninguna vaca sagrada de la música, como por los recuerdos que van indisolublemente asociados, para mí, a ella. Mi canción favorita es de los mejores años de mi adolescencia, que fueron los de la parte tardía de esa etapa y cuando ya estaba a punto de ingresar en la adultez. Y no es verdad eso que dicen los muy peliculeros de que los 20 a los 29 son los mejores años de la vida de cualquiera. Lo serán para quien lo hayan sido; no para mí. Pero aquellos anteriores, sí. Creo que fueron un pequeño premio o pago por adelantado de parte de Dios, que me daba un poco de cuartelillo para otros años, los de universidad, de los que no tengo tan buen recuerdo.

Volviendo a mis años más especiales, van, como suele suceder, asociados a un lugar, o, mejor, a un espacio concreto, no tanto como lugar donde me sucedieron cosas maravillosas sino como el lugar donde pasé gran parte de mi tiempo por aquel entonces, y en ese tiempo yo fui simplemente diferente a como había sido hasta aquel momento. Se dio esa coincidencia, pero, por otro lado, los dos elementos se unieron y se combinaron de forma que, sin aquel tiempo y aquel lugar y sin las personas y las acciones -quizá banales, quizá rutinarias, pero irrepetibles y, todas, tremendamente importantes- que compusieron mi vida fuera de mi casa, yo tampoco habría sido la que fui, ni sería hoy la que soy.

Sin embargo, esto no es una comedia de Hollywood y nunca idealizaré cómo era mi vida entonces. En aquel lugar del que estoy hablando, me pasaron muchas cosas, y yo hice muchas cosas, y muchas de ellas no fueron maravillosas, ni fueron peripecias memorables por sí mismas. Algunas experiencias fueron horribles, me entristecieron y me hicieron experimentar  una forma muy particular de desamor: el que se siente cuando uno no es aceptado por quienes más fácilmente se supone que deberían aceptarlo, aquellos con quienes se comparten más características: edad, origen, cultura, modo de vida, muchos recuerdos… Muchas veces me sentaba sola entre clase y clase, leía libros, curioseaba en las estanterías, me empeñaba con mis ejercicios de traducción de latín, pensaba, miraba por la ventana. No iba a la máquina de café, que estaba recién instalada, y no siempre me unía a esa entidad que se llama la gente. Pero otras veces, sí y, aunque tenía que mirar a mi espalda cada equis tiempo, hubo también buenos ratos, momentos de compañerismo o, al menos, de colegueo.

Y hubo la sensación de que algo se terminaba, de que por fin uno era adulto y lo bastante fuerte para merecer respeto sólo porque sí, sin tener que ganárselo, y acompañaba a esa sensación otra, quizá la mejor que hay: el alivio. Y más que eso, había la ilusión por aquello otro que iba a empezar, por el océano que estaba a mis pies.

Y luego, con el tiempo, hubo una sensación y una experiencia nueva, la de ser alguien, la de salir de ese fondo de paisaje un poco neblinoso donde se abigarra la mayoría de la gente en uno u otro momento. La de contar, la de importar, la de que aquel juego que todos parecían saber jugar y disfrutar también estaba pensado para mí.

Pero todo eso pasó casi siempre simultáneamente y ninguna de esas experiencias fue dominante sobre las demás.

Por eso es tan difícil saber exactamente qué es lo que marcó para mí aquellos años. No sabemos por qué, nuestra memoria suele volver a ciertos puntos de nuestro pasado. No sabemos por qué algunos recuerdos vienen asociados con sensaciones y emociones positivas y otros no. A pesar de que, siendo racionales y poniéndonos a desmenuzar el contenido objetivo de esos recuerdos, nos demos cuenta de que nada sustancial era muy diferente de como lo fue en cualquier otra etapa.

viaje

Salvo nosotros, claro. Nosotros mismos y lo que somos en cada momento, lo que dejamos de ser a cada momento y aquello nuevo en lo que nos vamos convirtiendo a cada momento.

Si uno es consciente de eso, del cambio, del renacimiento, quizá ya tiene todo lo que necesita.

Entonces puede aprender muchas lecciones, que es lo mismo que nacer otras tantas veces, en micromomentos que bastan para que el milagro se consume.

Aprender el arte de la metamorfosis.

El arte del camuflaje, para evitar los depredadores.

El arte de levantarse.

El arte de patinar sobre la capa más superficial del lago helado,

sabiendo que en el fondo hay un tesoro sumergido.

Aprender que ser diferente es un valor en sí mismo, porque significa que el valor que uno se da a sí mismo nunca será relativo al valor de nadie más.

Aprender el arte de saber que, a pesar de que uno sea adolescente y el tiempo a veces se estire y otras veces se contraiga, esto (lo malo) también pasará.

Uno quizá no es consciente de que está aprendiendo todo eso; pero, en este espejo retrovisor, todo se ve con mayor claridad.

Y es por eso por lo que, a pesar de no ser el más popular, ni haber tenido más amigos que nadie, y a pesar de haber dejado de hacer muchas cosas que otros seguramente harían, y de haberse preguntado muchas veces el porqué de las cosas, esos años también pueden ser los mejores años de tu vida.

La vida es como una goma elástica, y uno de sus cabos nos tiene atados: cuanto más se estire la goma y más se nos aleje de los lugares y los recuerdos que forman parte de nuestro hogar, de todo aquello que nos ha hecho descubrir quienes somos, con mayor fuerza retornaremos a ellos.

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Suele suceder a veces que la enfermedad, el achaque, la postración leve o moderada, siempre que no amenace de forma grave la vida o el bienestar, se presenta junto con cierta sensación de vitalidad o de bienestar.

A mí me pasa así y creo que a mucha otra gente también.

Puede especularse con que tal sensación paradójica se da porque uno, al convalecer, puede -y debe- simplemente soltar lastre: quizá no puede ir a trabajar (aunque deba seguir ocupándose de los menesteres domésticos y de otras obligaciones), tal vez no es capaz o no se siente motivado para cuidar de su apariencia personal tan al detalle como lo hace normalmente, y es seguro que abandona actividades sociales o pasatiempos que habitualmente consumen gran parte de su tiempo. Entonces, puede incluso cuestionarse la validez o la cualidad lúdica o edificante de esos pasatiempos. Quizá realmente no nos gustaba tanto, por decir algo, hablar por teléfono todas las noches largo y tendido con nuestra mejor amiga, la misma de la que nos hemos despedido un par de horas antes; tal vez en realidad el programa de cotilleo de las noches no era tan de nuestro gusto y muchas veces nos interrogábamos a nosotros mismos: ¿pero qué hace una chica como tú viendo una bazofia como ésta?

Y nos lo pone casi todo en perspectiva. ¿En realidad era tan importante ese informe que tenemos que entregar a nuestro jefe para no sé qué día? Total, ¿quién se va a acordar de él de aquí a un año? Y, puestos a sopesar cosas, ¿cuántas de las tareas en las que ahora nos empeñamos como si en ello nos fuera la vida y la integridad son realmente importantes? Por medir la importancia de cualquier cosa: ¿cuántas cosas son tan importantes como nuestra salud y nuestro bienestar? Porque salud no es sólo estar en condiciones físicas mínimas para poder levantarnos de la cama y desempeñar nuestras obligaciones habituales. Es un cierto bienestar, una dignidad en el estar y en el poder hacer, la disponibilidad de tiempo suficiente para hacer las cosas de todos los días -sentarnos a comer y masticar todo debidamente, poder echarle un vistazo al periódico después de la comida, en lugar de devorar de cualquier manera y salir corriendo inmediatamente, por ejemplo-; eso es salud. Y es también poder cerrar la puerta de la oficina con naturalidad, sin arrastrar con nosotros pegotes que no deberían quedársenos encima, y mucho menos entrar con nosotros en nuestra casa e irse a acostar encima de nuestro pijama y sujetándonos los párpados abiertos, como en una tortura china.

Que nos invada de repente un padecimiento leve y pasajero puede ser hasta un alivio, porque, al entorpecer nuestro cuerpo y, muchas veces, nuestra mente, nos obliga a mirar las cosas de otra forma. No podemos correr ni queriendo.

Al contrario que nuestras habilidades motrices y que nuestra capacidad para ser máquinas multitarea -haciendo muchas cosas a la vez, aunque no siempre sepamos si las estamos haciendo a nuestro gusto-, nuestra atención, estando convalecientes, se intensifica, se afila como una catana de samurai. De repente somos absurdamente conscientes de cada respiración, ahora trabajosa; de los músculos, que se nos quejan; de las articulaciones, que chirrían un poco; del estómago, que ahora trabaja ruidosamente, dejándose sentir; del habitante de nuestra cabeza, que ahora late y golpea las paredes; de las muelas, que de repente, oiga, están ahí (y nosotros pensando que comíamos con la boca).

La llamada de atención se llama dolor. Sencillamente eso. El dolor es la mano que sacude la aldaba, el cartero que siempre llama dos o más veces, el canario que trina para decirnos simplemente que está ahí y que tiene una canción. El dolor es como el llanto del niño pequeño que quiere que se le haga caso, porque nos echa de menos. El dolor es el cuerpo y la mente echándonos de menos, a nosotros que los habitamos y los utilizamos y no nos preocupamos por ellos nunca, mientras funcionan a nuestro gusto. El dolor es un signo de amor, es un agitar los brazos del amante arrinconado en favor de alguna tarea importantísima. No es casualidad que el dolor sea lo que hace al poeta, lo que lo introduce de verdad y para siempre en su mundo real, lo que hace que se encuentre a sí mismo y se reconozca. No hay sentido poético para quien no ha sufrido, aunque luego sea capaz de hablar de lo hermoso y lo alegre. El dolor es su bautismo de fuego, el puente levadizo que da paso a Camelot después de haber estado llamando tantas veces.

En última instancia, el dolor es lo mismo que la vida. Cuando nos dolemos, estamos a la vez intensamente vivos y, al mismo tiempo, somos intensamente conscientes de estarlo. No hay energía ni tampoco hay ganas de pensar en tonterías ni de hacernos pajas mentales: tenemos que ocuparnos de este dolor, ahora mismo, ya; no hay mañana, qué importa el mañana si ahora me duelen las muelas.

No sólo la alegría es vida; el dolor también lo es, quizá más que ninguna otra sensación.

(Siempre que sea pasajero, claro. Que tontos, tontos, no somos.)

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Túneles para los malos,

túneles con ventilación, jacuzzi y caviar,

con flechas de neón que señalan la Salida.

Para esos malos que siempre se escabullen

de desfalcos,

de fosas comunes,

de parricidios,

de negligencias criminales,

de escurrimientos de bulto, de mucho bulto,

de cheques sin fondos,

de trapicheos, marrullerías, juegos de manos, picarescas sin fin,

de puñaladas traperas en el costillar o en la espalda,

de usos de información privilegiada y vuelos a Suiza,

de abandonos de mascotas, de bebés, de suegros, de amigos,

de estampidas sin cuento con el sueldo y la paga íntegra para irse de vacaciones (¡urgente!),

de mentiras, prosopopeyas delictivas, bailes de máscaras, prestidigitaciones ilegales a traición,

de compraventas sotto voce, untos y mordidas,

de orgías y francachelas a cargo del contribuyente,

de ni hacer ni dejar hacer,

de tocamientos de huevos ajenos hasta más allá del límite de lo tolerable,

de emboscadas y puñetazos que tiran a dar,

de traicionar, pisotear y atropellar al abrigo de la noche,

cuando todos los gatos son pardos y los malos son invisibles,

y si no, ahí está el túnel, siempre nuestro túnel,

el túnel y el búnker antitodo,

el jet privado, el pasaporte que vale para todos los países del mundo,

la falta de principios y de finales también, la falta de todo,

túnel y jet privado sólo para desalmados

y así es el mundo, no el mundo de Dios, sino el mundo del hombre;

así es el mundo de los hombres.

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Vlad IV y ss.

En el camino y en una pantomima de tira y afloja, todavía nos vaciarán las arcas públicas en un último estertor, para que sigan viviendo del cuento cuatro encorbatados con la misma catadura moral que VLAD III

He visto hoy en un medio de Internet este comentario de un lector. No hace al caso en qué medio ni en qué noticia; el pueblo llano y anónimo casi siempre dice la verdad, sobre todo cuando no tiene que temer represalias por ello. Importa tan poco la identidad de la persona que ha dicho esas palabras, como la noticia concreta de que se trataba. Qué noticia era no deja de ser un dato anecdótico. Porque lo cierto es que ¿cuántas noticias se nos pueden ocurrir, sin pensar, en un segundo, ahora mismo, a las cuales se adecúe perfectamente ese comentario?

En realidad, a la mayoría de noticias publicadas un día cualquiera de éstos en un medio generalista cualquiera de gran difusión.

Todos lo sabemos y eso es casi un poco más triste que ignorarlo. Puestos a elegir, yo preferiría vivir ignorante y feliz que sabedora e impotente por no poder hacer nada, que es como vivo ahora. Sólo puedo estar agradecida por la ignorancia que tengo de las muchas injusticias más que se cometen a diario de las que no tengo noticia, aunque ¿de verdad me hace falta saberlas para tener la certeza de que se cometen? Me basta con ver una pequeña muestra para saber que la gran totalidad es lo mismo. Es igual que sacar una gota del mar y analizarla.

A la cultura popular y a los medios generalistas les suele gustar, de vez en cuando, hablar con gran sensacionalismo y toque de pífanos de los psicópatas con vena asesina (porque, a pesar de que se haya divulgado la equivalencia de “psicópata” y “asesino en serie”, no son sinónimos en lo más mínimo; la psicopatía es, por lo que entiendo, un trastorno crónico, un tipo adquirido de personalidad, y algunos de ellos son asesinos en serie; por otro lado, hay asesinos en serie que no son psicópatas), en realidad para hacer daño a muchísima gente, a masas de gente, no hace falta cometer sobre ella un delito muy llamativo de crónica de sucesos y huir de la policía hasta ser atrapado; una persona sin ningún escrúpulo, con las dosis necesarias de codicia y de soberbia y una ausencia total de empatía, es decir, lo que se conoce como una mala persona, puede hacer daño a muchísima gente de mil otras formas, llegando a una posición de poder en el que el los propios actos y decisiones influyen en todas esas personas; dado que, cuanto más arriba está el póculo, de más alto se derrama el veneno.

Las personas cuya maldad ha causado estragos en más gente son aquellas que han tenido, quizás ni siquiera la inteligencia, pero sí, siempre, la astucia, la diplomacia, la inescrupulosidad, la ambición y la listeza suficientes para llegar a los pináculos del poder social, político o económico -con frecuencia, una combinación de dos de los anteriores e incluso los tres- y, lo más importante, para hacer creer a los demás -y, supongo, también, en muchos casos, para convencerse a sí mismos también- que tenían todas las buenas intenciones del mundo, que eran los mejores para ocupar ese lugar necesario, para detentar ese poder, para ser esa persona que se coloca necesariamente y a pesar de la repugnancia tan humana a la desigualdad política y jurídica, provocada, por encima de muchos de sus semejantes. Porque quien se sitúa en las alturas, o quien es situado en ellas, ocupa ese lugar precisamente porque es capaz de convencer a todos de que va a hacer el bien. ¿Bajo qué otro pretexto íbamos a tolerar que alguien ejerciera ese título de superioridad, que mandara sobre todos nosotros, sus semejantes, si no porque en el acto de subirlo a los altares iba implícita la creencia de que iba a hacer el bien? ¿Por qué tanta gente votó por Hitler, si no porque pensaban que era lo mejor que podían hacer?

Pero no. No van a hacer el bien, y de hecho no lo hacen, y de ejemplos así está llena la historia, aunque no es verdad que aprendamos de ella, ni tampoco es estrictamente verdad que la historia se repita, porque se repite como parodia de sí misma, y así nos encontramos con que ni los malos de hoy en día tienen al menos la chulería de reconocer su propia maldad. Se escandalizan cuando alguien los señala con el dedo. O quizás sólo hacen como que se escandalizan.

Los ídolos de pies de barro suelen acabar cayendo, tarde o temprano, pero en el proceso lo dejan todo a su alrededor hecho un verdadero asco, y luego quedamos todos los demás para limpiar la mierda.

Y no aprendemos por partida doble, porque luego vemos que todos quieren ser así, llevar corbata y mandar mucho, quizá hasta salir en los periódicos y en la tele, ser alguien, tener poder y dinero, pero sobre todo poder, y quizá no por la influencia, ni por la fama, ni por los cheques en blanco o los maletines llenos, ni siquiera por la libertad -o el libertinaje- que va en el sueldo, sino sencillamente por el placer de sentirse impune, jerárquicamente por encima de todos los demás, ya que no moralmente, pero ¿moralmente? ¿y a quién coño le importa la superioridad moral?

Esas cosas ya han pasado de moda.

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