El mundo nunca es suficiente

Cuando somos muy, muy pequeños, lo único que necesitamos para ser perfectamente dichosos es estar en los brazos de nuestra madre o, en su defecto, simplemente estar con nuestra madre, lo más cerca posible de ella; si es en sus brazos, mejor; pero es cuestión de diminutos matices. Somos dichosos y ya está. Estar con ella nos colma, pues ella ya se ha encargado, como lo seguirá haciendo, de que tengamos la tripita llena y estemos calentitos y a gusto y de que ninguna necesidad material nuestra esté insatisfecha. Cuando ella nos abraza o nos sujeta cerca de sí, ya está: es el cielo en la tierra. (Nosotros no sabemos nada de esos conceptos, pero los experimentamos; es lo mejor que te puede pasar en la vida).

Al cabo del tiempo, no tanto tiempo, siendo aún pequeños pero ya algo menos, lo que nos hace completamente dichosos es estar con nuestra madre, lo más cerca posible, y si, además, tenemos nuestro juguete favorito cerca, mejor que mejor. Ya nos hace falta el juguete para algo, no sabemos para qué. No sabemos por qué sentimos esa nueva sensación algunas veces, como de estar descentrados, espesos, aburridos, pero a veces nos pasa y entonces el juguetito nos calma. Eso y ver a nuestra madre y tenerla cerca, claro. Sin nuestra madre, nada de lo antedicho por sí solo basta, todo lo antedicho pierde su sentido y carece de objeto.

Poco más adelante, necesitamos a nuestra madre, el juguetito y además también comer chocolate al final de la tarde. Es algo que hemos descubierto, y nos encanta. Nos relaja y nos emociona a partes iguales y no queremos, sencillamente no queremos vivir sin ello. Nuestra madre nos proporciona el juguetito (otro, el anterior se nos quedó obsoleto y nuestro nivel pedagógico ya es superior a aquel exjuguete favorito nuestro) y nos da además el chocolatito que hemos aprendido a necesitar.

Un poco después, nos hace falta mamá, el nuevo juguetito, el chocolate vespertino y poder jugar un rato con nuestro amiguito del barrio, al que acabamos de conocer pero del que ya somos inseparables. Además, por qué no confesarlo, nos encanta darle órdenes y liderar los juegos que se nos ocurren y eso nos parece genial.

Recién ha pasado algo más de tiempo y tenemos necesidad, para ser felices, de mami, el juguete, el chocolate, nuestro amiguito y ver cada día un rato la tele antes de acostarnos, y luego, se verá, al acostarnos y también al levantarnos, porque no nos gusta ir al cole sin haber visto nuestro programa de dibujos animados matinal (o no nos gusta ir al cole a secas, pero con los dibujos animados quizá lloriqueamos algo menos, se nos hace más llevadero el trauma de tener que madrugar tantísimo y acudir a clase, con todos esos maestros tan horribles que no sabemos bien si nos van a dejar salir también ese día).

Ésa no es la progresión entera, por supuesto, pero lo pequeño es como lo grande y por eso es fácil deducir lo siguiente: nos pasamos la vida, dure lo que dure para cada uno, persiguiendo cosas. Lo hacemos desde el mismo momento en que… ¿qué? ¿Por qué nace en un momento dado ese anhelo en nosotros, esa ansiedad implacable? ¿Cuál es ese instante, y qué lo precipita? ¿En qué momento cambia para siempre nuestra visión de las cosas, nuestra concepción de la vida, nuestra existencia futura?

No lo sé, ni creo que nadie lo sepa. Pero lo cierto es que, para cada uno de nosotros, sucede.

En algún momento, los brazos de mamá ya no son lo único que necesitamos para sentirnos plenos y felices.

Realmente, no lo sabemos, pero hemos abandonado el reino de la dicha incesante. A partir de entonces, la mente toma el control, y, con ella, la insaciabilidad, la ansiedad, el capricho y la codicia. También la inseguridad y la propensión a la pobreza de espíritu, a estrechar nuestros límites en lugar de ensancharlos. La dicha es plenitud; el mundo puede ofrecer algo parecido, la satisfacción, incluso la felicidad, pero no la verdadera dicha.

Porque nos hemos separado de nuestro verdadero origen.

Por algo la película del agente secreto se titula así: “El mundo nunca es suficiente”. En este caso, y sin que sirva de precedente, la traducción me gusta mucho más que el título original (“El mundo no es suficiente”). Es porque no es que el mundo no sea suficiente, es que nunca lo es, es que nunca puede serlo, porque es intrínsecamente opuesto a la plenitud. Es su antagonista natural. El mundo es un enorme signo de resta.

Los musulmanes dicen que la felicidad de un hombre está en la planta del pie de su madre. No sé muy bien qué quiere decir esa frase, pero intuyo la verdad que encierra.

Por algo, a medida que nos hacemos más adultos y damos la vuelta a la madurez, sentimos el deseo urgente e irrazonable de irnos desprendiendo de lastre. De desandar el camino que tan lejos nos ha traído, que tan rematadamente nos ha perdido, y volver a casa.

Volver a cuando nos bastaba estar en brazos de mami, a cuando nos bastaba ir aprendiendo lo que es el amor.

La vida es maravillosa, pero sólo puede serlo si no olvidamos nunca el bebé que fuimos.

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