Todos somos un poco James Stewart en “Vértigo”, porque todos nos enamoramos de alguien o de algo que no es real, pero que es exquisitamente vívido y que tiene perfecta apariencia de verdad en nuestra cabeza. Nos pasamos la vida enamorándonos de proyectos, personas, nuevos amigos, ilusiones, deseos, sueños, objetivos, planes, lugares, caprichos, situaciones… que nunca son reales, pero que en nuestra cabeza adquieren una densidad y un realismo como percibimos en pocas situaciones de la vida real, acaso porque mientras vivimos -o pasamos por- esas situaciones no especialmente elegidas ni deseadas por nosotros, somos sólo medio conscientes de ellas, estamos sólo medio presentes en ellas y no ponemos ni nuestra atención, ni nuestro corazón en aquello que estamos haciendo. Tenemos la cabeza en otra parte: en nuestro mundo de fantasía.

Pero siempre llega el final de ese ensueño. Nuestra fantasía se precipita por el campanario de la torre y deja de existir delante de nuestros ojos. Tenemos algo a cambio, quizá -y muchas veces así sucede- mejor que aquello que deseábamos. También James Stewart tenía al alcance de la mano aquello que creía desear, algo magnífico, un regalo de la vida, el amor que él quería, pero no era lo que él quería. No aquello, no así. Sencillamente, no era su sueño. Su sueño era hermoso, pero nunca podía ser real porque era eso: un sueño. Y los sueños se desintegran cuando abrimos los ojos. El problema es que estamos dormidos y queremos seguir estándolo. Como el bebé recién nacido que prorrumpe en llanto cuando se da cuenta de dónde está, de adónde ha ido a parar y de qué es todo aquel lío en el que lo han metido, nosotros también nos traumatizamos, lloramos, nos rompemos en contacto con la realidad. No la soportamos, es demasiado para nosotros. Aunque la realidad nos ofrezca lo inimaginable, lo supremo, lo magnífico, nosotros queremos el sueño.

Y, cuando el sueño -por inconveniente o contrahecho que pudiera ser, ¡era nuestro sueño!- cae defenestrado, uno debe guardar luto por él antes de recibir el nuevo regalo de la vida.

Creo que la tristeza y la pérdida que sentimos no son debidas tanto al contenido de ese proyecto frustrado como de lo que nosotros imaginábamos que sería su consecuencia. Nos habíamos estado preparando para discurrir por el caminito de la izquierda y, de repente, nos encontramos con que está bloqueado y cerrado al paso. Esperábamos encontrar no sé qué en él. Paisajes sosegantes, moras silvestres, ardillas juguetonas, quizá un pequeño círculo de hierba a la sombra de un roble, lugar ideal para merendar y dormitar. De repente nada de eso se va a hacer realidad. Habrá otra cosa, pero no hemos tenido tiempo de imaginarla. Ni lugar, tampoco. ¿Cómo lo íbamos a tener, si estábamos ocupados en imaginar los detalles de lo otro? Y aun en el confín de nuestra imaginación, allí donde ya no alcanzábamos a imaginar nada más, esperábamos cosas maravillosas. Cosas que sólo Dios podía saber. Pero maravillosas, en cualquier caso.

Puede que el caminito de la derecha no nos inspire nada de eso. Pero, de repente, el cambio forzoso nos ha obligado a vaciar nuestra mente. Olvídate de lo que habías proyectado hasta ahora. Quizá el caminito de la derecha sea muy corto y desemboque en una playa paradisiaca. No lo sabemos, pero es que nosotros llevamos puestas las zapatillas de andar. Y tenemos hasta una cestita con provisiones para merendar. No sabemos gobernar un barquito. Ni hemos traído el bañador. ¡No, no puede ser, no podemos hacer nada de esto! ¡Es que no me he traído el bañador!

Entonces, lo primero que hacemos es elaborar un rápido duelo. Improvisar. Algunos se quedan allí, paralizados ante el trastocamiento de sus planes. Se quedan allí para siempre, como James Stewart en “Vértigo”. Todos tenemos cierta inercia y tendencia a quedarnos así. Es que el cuerpo y la mente son vagos. No es a veces la fuerza de la derrota lo que nos aplasta, sino el cansancio mental de saber que tenemos que cambiar y empezar un nuevo comienzo. Pero así son las cosas. No somos nosotros quienes elegimos por dónde ir, pero sí podemos elegir el cómo.

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