Últimamente pienso muchísimo en aquella lejana niña, de un año, de dos años.

Es como si esa niña fuera eterna; y, en cierto modo, lo es.

Cuando digo no, cuando me hago a mí misma sentir mal, pienso especialmente en ella.

Quizá se puede hasta decir que me transmuto en ella.

Vuelvo atrás y, en un momento, soy ella. A la vez que sigo siendo yo, la de ahora. Las dos a la vez, pero con la vulnerabilidad y la tremenda, tiernísima fragilidad de aquella niña.

Es algo que no parece tener ninguna relación racional aparente. No sé si pueden ser algunos sentimientos negativos los que despellejan a las personas por un segundo y hacen aflorar su ser más inocente y más sensible, o es al revés. La idea opuesta es más hermosa, es más poética y nos gusta más, pero también implica un peligro mucho mayor. Significa que, al fin, uno carece de coraza.

O se trae de fábrica, o no se tiene.

Todos tenemos pegada a los talones la diminuta sombra de un niño o una niña. Se ve mejor cuando nos da la luz de frente, pero aun así, siempre está.

A veces uno simplemente necesita abrazar a ese diminuto niño o niña. No para decirle que todo va a ir bien, ni nada parecido. No, sólo porque necesita abrazarlo. Para que no estemos solos, ni el niño, ni nosotros. Sólo por eso. Para aceptar de buen grado el hecho cierto de que tenemos tan poca idea de qué va todo esto como él o ella; para confesar que no estamos orgullosos de todo lo que hacemos; para admitir con libertad y con naturalidad que sí que nos arrepentimos de cosas, que no es verdad que suscribamos todo lo que hemos hecho, dicho o pensado en algún momento y que no menos falso que eso es que volveríamos a hacerlo todo exactamente igual si volviéramos atrás en el tiempo. ¡Mentira!

Pero a la niña, que es tan inocente, no le podemos mentir. Y eso es bueno.

Al final, no importará nada lo que hayamos hecho y menos aún lo que hayamos dejado de hacer, ni importará cómo nos sintamos al respecto. Todo eso se quedará -también- a este lado de la barrera.

Y es por eso. De eso justamente se trata.

Pienso que esa niña aparece también porque ella es lo que tenemos en común con el resto de la gente. Cuando somos niños -me refiero a muy niños, cuando todavía no hemos empezado a ser maliciosos-, todos somos más parecidos de lo que lo volveremos a ser nunca. Y esa es otra forma de denominar la empatía.

Es ese chiquitín el que nos enseña más claramente -en nuestras propias carnes- que lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos.

No hace falta esperar al bumerán del karma para aprender eso.

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