Amo mi pueblo. Es el lugar que yo llamo mi casa. Es mi hogar, es mi lugar en el mundo.

Pero.

No es bueno para mí que lo ame tanto. Porque es algo que no me pertenece.

Los angloparlantes tienen una expresión que me parece muy acertada. Se refieren a su casa como “mi lugar”, “mi sitio”. En vez de decir “vamos a mi casa”, suelen preferir decir “vamos a mi lugar”, o, como diríamos en español, “vamos a lo mío”. Sin concretar. El hogar conserva, así, en la mente y en la conversación, su carácter de espacio, algo por tanto separado de uno mismo (a todos los efectos prácticos; no vamos a hablar aquí de la teoría budista de que todo y todos somos en realidad uno, de que la separación es un fenómeno ilusorio, etc.). Y eso me parece un gesto muy saludable. Es algo sano para la mente y también para el alma.

A veces envidio a los apátridas. A veces me gustaría ser una desarraigada. Y lo digo en serio. Estoy muy agradecida de tener las raíces tan fuertes que tengo. Es bueno tener un lugar de referencia, un cofre gigante que muta con el tiempo pero que es siempre el mismo, a mis ojos; el baúl de los recuerdos, donde uno se puede meter y cerrar la tapa para pasar un rato solitario y restañar heridas o simplemente porque dentro del baúl hay un forro muy suave y se está calentito dentro. Vale; me gusta; no, me encanta todo eso. Pero envidio a los apátridas, porque ellos no tienen este apego. Y el apego, como -una vez más- bien saben los budistas y las personas con una espiritualidad o una intuición desarrolladas y tonificadas, siempre acaba mostrando una cara fea.

Y es que me doy cuenta de que mi pueblo no me pertenece. Pertenece a la gente que lo ensucia, que tira colillas, bolsas vacías de chuches, envoltorios de chicles, cáscaras de pipa directamente escupidas de la boca al suelo; a la gente que deja la mierda de su perro tirada en medio de la acera, a la que arroja su basura al río, a la que pintarrajea paredes recién encaladas donde el sol arranca destellos de un blanco casi nuclear (o arrancaría, si no fuera por esa gente pintarrajeadora); a la gente que cuelga cosas de todo tipo en lugares públicos y naturalmente bonitos; a la gente que hace que los chicles desechados vayan a ser los fósiles que quizá examinen los arqueólogos del futuro. Pertenece a toda esa gente que deja sofás desvencijados en los puntos de recogida de basura, aunque sepan que deben llevarlos a la escombrera; a la que abandona latas vacías y pisoteadas, a la que mea y vomita en cualquier esquina y hace botellones de los que luego deja a su paso los restos de plástico, papel y “otros” porque, total, ya lo recogerán y lo limpiarán todo y, además, los barrenderos también tienen que vivir, ¿no?

Pertenece a toda esa gente y a otra que ahora mismo no quiero recordar por su denominación ni su categoría concreta. A la gente que hace cosas increíblemente guarrindongas y reprobables extramuros de su casa.

Pertenece más a ellos que a quienes amamos el pueblo, porque quienes lo amamos dejamos una huella invisible, lo cuidamos, lo mantenemos limpio y lo respetamos, y la limpieza se nota siempre mucho menos que la porquería. Pero, al fin y al cabo, son ellos los que dejan su impronta, los que deciden sobre la estética de nuestro pueblo, el lugar que todos compartimos; lo deciden unilateralmente, y llevan a cabo las “obras” de transformación de la arquitectura y el mobiliario urbanos como lo hacen las cigarras, haciendo notar todo muy mucho, como ese canto machacón y de vocación impositiva del que no hace nada más ni quiere hacerlo. Así nos encontramos todos los demás con esas modificaciones a cara descubierta, sin vergüenza ni nada que se le parezca. De un día para otro y sin que nosotros tengamos voz ni voto en nada de eso, y es por todo esto por lo que me enfado mucho, sí, siento una gran ira y una gran impotencia, y nada de eso es bueno, porque no hay nada que yo pueda hacer además de desahogarme verbalmente y de lamentarme del devenir de las cosas y de la sociedad que tanta afición parece tener por costumbres puercas y más propias de esos tiempos oscuros que la gente dice denostar, al igual que el dogmatismo, la mentalidad medieval, el carácter inquisitorial y cosas por el estilo (y la religión, claro; aunque ellos practican e imponen su propia religión, no monoteísta sino más bien monolítica: ya lo he dicho, la de la absoluta unilateralidad de la transformación del entorno).

El único “lugar” verdaderamente nuestro, de cada uno de nosotros, no es ya el lugar que hayamos elegido como asentamiento, el lugar que posiblemente amemos o al menos respetemos, sino otro mucho más cercano y la mayor parte de las veces absolutamente olvidado y dado por sentado.

¡Ah! Pero es que nuestro cuerpo, ese hogar que tenemos por nuestro, resulta que no es enteramente de nuestro dominio. En realidad, nuestro cuerpo es como un robot que habitamos. Es parte de nosotros, pero no es nuestro. Tiene su propio programa y éste es independiente de nuestra voluntad.

¿Entonces?

Razón tienen los que dicen que de aquí sólo nos vamos a llevar lo que hemos dado. Tal vez ése sea nuestro verdadero hogar, porque es el único que nos pertenece sin que nadie nos lo pueda enajenar. Y si un día amanece sucio, no podemos mirar a nadie más para culparlo; tan sólo a nosotros mismos podemos culparnos. Algo hemos hecho mal. Pero, si está cuidado, limpio y florido, también a nosotros mismos nos lo debemos.

Y entonces, resulta que yo debería apagar todo ese enojo y esa indignación hacia personas que no son capaces de enmendarse (porque si lo fueran seguramente lo harían; pienso yo que muy pocas son en verdad las personas que obran mal por el puro placer de hacerlo; esas personas no deben de ser plenamente conscientes) y en cambio darles las gracias por enseñarme algo más sobre mí misma y por obligarme a hacer una reflexión.

Será eso.

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