Todo el mundo dice querer vivir para siempre, pero no saben lo que dicen. Si pensaran un poco en el deseo de vivir eternamente, se darían cuenta de sus implicaciones. Pero no piensan realmente en ello, no lo examinan, no lo imaginan con el mayor realismo posible. Uno piensa fugazmente en la vida eterna, en qué bonito sería, como un rave interminable, una eternidad haciendo las cosas que nos gustan, siendo siempre jóvenes, disfrutando de todo sin tener que temer a nada, imposibilitados para perder el tiempo -porque no tendríamos nada que perder- y por tanto libres de urgencias, de prisas, de ansiedades por tener mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo todo; y, en cambio, poseedores de un tesoro interminable, en el que el oro y los diamantes se van reponiendo solos a medida que los gastamos a manos llenas, dilapidándolos, cumpliendo nuestros sueños en meticuloso orden y sin nervios ni obligación de elegir; de repente, las constantes dicotomías a las que nos vemos enfrentados, las constantes bifurcaciones de nuestro camino vital, se ven reducidas a una mera cuestión de preferencia: ¿qué hacemos primero?, porque podemos hacerlo todo.

Estar montados en el éxtasis (me refiero a la pastillita, ésa que trae consigo el despertar, el cansancio y el día después).

Vamos a hacer un ejercicio de fantasía. Podemos hacerlo con total libertad, ya que jamás el ser humano logrará vivir para siempre, por mucho que consiga alargar la esperanza de vida. Imaginemos, entonces, una vida eterna; la nuestra, sin ir más lejos. 

Una vida eterna, un eterno despertar en sucesivas mañanas con una carga siempre un poquito mayor -y progresivamente mayor hasta el infinito, el mismo horizonte que nuestra eterna vida- de honra o deshonra, de fama y opinión que merecemos al prójimo y, sobre todo, a nosotros mismos. Una carga creciente de recuerdos, de incertidumbres, de remordimientos. Una carga cada vez mayor -albarda sobre albarda- de sentimiento de culpa, de experiencias bochornosas, de obsesiones, de desconfianzas. Claro, es que la eternidad no viene sin precio.

La carga más pesada de llevar sería, con todo, en mi opinión, la de las consecuencias y la responsabilidad sobre lo que hubiéramos hecho a lo largo de nuestra vida. Para bien y para mal, nuestras acciones jamás prescribirían. Aquella comida que dimos al necesitado y aquella mentira que le dijimos a nuestro mejor amigo serían acciones emitidas a nuestro nombre, personales e intransferibles por siempre jamás. El estómago saciado del necesitado y la confianza traicionada de nuestro amigo serían obras nuestras. Para siempre. Quizá para el olvido de todos los demás, pero para nuestro recuerdo. Jamás caducarían ni jamás perderían un ápice de su gravedad. Nuestros para siempre.

Imagínenselo. 

Yo, por lo menos, puedo más fácilmente imaginar una vida humana sin final que una mente y un alma que pudieran vivir esa vida eterna por siempre ligeros, sin torcerse bajo el lastre creciente de esos galones, buenos y malos.

Lo que nos cansa es eso, nuestro nombre, nuestro pasado. Por eso la gente vieja anda encorvada, por eso tiene los huesos tan delicados y doloridos. Es por su vida ya hecha, que pesa.

Y no sólo eso. No tenemos que imaginarnos viviendo para siempre a nosotros solos y a quienes nos hacen la vida más agradable y feliz, sino también a los indeseables, grandes y pequeños; a Hitleres, malvados, malillos, retorcidos, hipócritas, pelmas, atontados, insoportables. A todos ellos tendríamos que aguantarlos para siempre. Y no cambiarían jamás. ¿Para qué, y cómo, si una vida sin final no tendría tampoco finalidad? ¿Quién aprendería nada valioso y de mérito en la vida, si errores y aciertos no tuvieran que verse saldados al final? Todo el mundo amasaría una cantidad ingente, infinita de acciones, hasta tal punto que nada tendría sentido, la vida humana sería igual que una sucesión de accidentes meteorológicos, sin nobleza ni heroismo, sin dignidad, porque no habría necesidad de ninguno de ellos, porque nada sería definitivo ni memorable, todo quedaría reducido a la banalidad de la sucesión. Desaparecerían la pasión, la vehemencia, el ardor de la lucha convencida, la entrega, el sacrificio. ¿Qué sacrificio habría necesidad de hacer, en última instancia, si nadie tuviera nada trascendente que ganar ni que perder?

Una vida así no sería vida. No sería humana. Ni sería digna de ser vivida.

Y sería el aburrimiento elevado al cubo.

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