Gracias, gracias, gracias;

un millón doscientas mil veces, gracias

por hacerme, en mi fragilidad, lo bastante fuerte

para haber sabido y saber lo que no quiero ni querré, aún mejor que lo que quiero y he querido.

Gracias por la lucidez, por la claridad de mente, aun surcando las tinieblas

gracias por el oído sensible y por la vista, aunque ahora algo cansada, siempre clara,

porque no lo veo todo, pero lo que veo lo veo siempre muy bien.

Gracias porque, aunque me has dado voluntad eternamente libre

y yo podía haber sido ese hombre, esa chica,

podía haber sido cualquiera, en cambio, a través de mis decisiones, he sido y soy yo

y no estoy tirada en cualquier parte, ni sueño con amar el peligro,

y no me he perdido a mí misma, ni me he vendido a cambio de un segundo de vida y una vida entera de ir muriendo.

Gracias por haberme hecho capaz de amar la vida como es,

y de amarla de forma consciente, como los hombres corrientes.

Amar la vida como es, con sus horas de aburrimiento y sus momentos de exacerbación,

tal como es, y también tal como soy yo

y no como un sueño eterno de colorines, no como un paraíso de empatía,

no como una alegría desenfrenada y total, no como una montaña rusa que sólo sube y sube,

o eso dicen,

hasta que empieza a bajar

y ves que tienes las venas llenas de humo, la cabeza llena de moho,

los ojos metidos en las mejillas, y las mejillas en el cráneo,

bichitos corriendo por debajo de la piel y por dentro de tus antebrazos

las manos en los bolsillos y el sol cayéndote en la cabeza; y ahora ¿qué?

Gracias por haberme hecho tan normal, tan pequeña,

por haberme hecho amar tanto mi casa y mi rincón,

mis libros y el tictac de mi reloj,

gracias por mis días anodinos y tan reales,

que baten sobre mí como olas frías de un mar joven y rebelde

y me cortan la respiración así, sin más.

Gracias por haberme hecho querer aprender a bailar,

por darme curiosidad, por darme introspección,

gracias por toda esta previsibilidad, por esta intimidad tan mía,

por mi cálida manta de melancolía

por saber hoy todavía tan pocas cosas pero saber con total certeza las pocas que sé,

las que me hacen ser como soy,

y no una arrastrada, y no una paria, y no una triste y solitaria persona,

y no alguien que cambia todo por nada, y no alguien que se cree todas las mentiras

y entre ellas la mayor: que el mundo te lo va a dar todo sin pedirte nada.

Gracias, gracias, novecientos cincuenta mil setecientos cuarenta y ocho millones de veces

¡gracias!

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