Y es sólo desde el puerto, al abrigo de la luz del faro y sintiendo el latido del hogar cercano

cuando el marinero puede al final despedirse:

Y aunque siempre se aprende mejor a oscuras que con luz,

y a pesar de que te quise tanto, demasiado para mi propio bien,

Noche, mi hermoso y desleal amigo,

ahora debes irte.

Me trajiste hasta donde estoy o, mejor dicho, a pesar de ti llegué hasta aquí.

El viaje te lo debo a ti, que me vendaste los ojos y me hiciste dar tres vueltas

antes de obligarme a caminar.

Era tan intensa tu mirada, que por mucho que brillara la Estrella Polar,

¿cómo podía haberla visto, ni siquiera haber levantado la vista?

Nadie que haya sentido tu canto puede prestar oído a las sirenas.

Pero aunque fue tu aliento el que infló mis velas

y me ayudó a enfilar de vuelta rumbo a casa

y aunque me contaste mil historias, y entretuviste mi joven vida

con aventuras y personajes dibujados por tu mano,

ya sé que en verdad fuiste eso: un amigo hermoso pero desleal.

Porque alguien antes que tú, más sabio y aún más viejo, me enseñó que de ti sólo venía la mentira.

Adiós, Noche, mi compañero de tanto tiempo,

mi maestro, a veces mi espejo,

a partir de hoy sólo te veré desde la distancia, desde donde podré admirarte

ahora ya para siempre sin miedo;

adiós, aquí nos separamos;

el día y yo somos, los dos, hijos del alba.

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