Para subir a los palacios, primero a las cabañas bajé;

para bajar a la playa, primero los acantilados escalé.

Y es así de simple, sólo así de simple.

Sin más secretos ni misterios, sólo la geometría y la espeleología de la vida.

Cuando trepas, estás iniciando el descenso;

cuando resbalas y te deslizas cuesta abajo, ése es el primer paso hacia las alturas.

Para plantar mi bandera en la cima, primero a las simas bajé

donde encontré algodón y madera para hacer mi hilo y mi rueca,

donde alimenté a mis palomas para que, arracimadas en formación de nube, me subieran hasta lo alto,

para que, prendiéndome, delicadas, de mis cabellos

me levantaran como a una hija del aire, sin que nadie pudiera detenerme ni frenarme.

Y si me preguntan por tan aparentemente fácil ascensión

les diré que no saben, ninguno, del tiempo que pasé allá abajo, olvidada de ellos,

sin ver el sol ni oler la lluvia, sólo con mi oscuridad y mi tiempo en el reino del musgo y del moho,

sin que nadie me escribiera ni me preguntara;

olvidándome a pequeños ratos del reinado de tanta noche

pensando sólo en que para subir, primero necesitaba bajar y bajar

y seguir bajando un poco más, beber sólo un poco más de oscuridad

hasta que ya no quedara más oscuridad y por fuerza tuviera que nacer la luz.

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