Archivo mensual: octubre 2013

El mundo nunca es suficiente

Cuando somos muy, muy pequeños, lo único que necesitamos para ser perfectamente dichosos es estar en los brazos de nuestra madre o, en su defecto, simplemente estar con nuestra madre, lo más cerca posible de ella; si es en sus brazos, mejor; pero es cuestión de diminutos matices. Somos dichosos y ya está. Estar con ella nos colma, pues ella ya se ha encargado, como lo seguirá haciendo, de que tengamos la tripita llena y estemos calentitos y a gusto y de que ninguna necesidad material nuestra esté insatisfecha. Cuando ella nos abraza o nos sujeta cerca de sí, ya está: es el cielo en la tierra. (Nosotros no sabemos nada de esos conceptos, pero los experimentamos; es lo mejor que te puede pasar en la vida).

Al cabo del tiempo, no tanto tiempo, siendo aún pequeños pero ya algo menos, lo que nos hace completamente dichosos es estar con nuestra madre, lo más cerca posible, y si, además, tenemos nuestro juguete favorito cerca, mejor que mejor. Ya nos hace falta el juguete para algo, no sabemos para qué. No sabemos por qué sentimos esa nueva sensación algunas veces, como de estar descentrados, espesos, aburridos, pero a veces nos pasa y entonces el juguetito nos calma. Eso y ver a nuestra madre y tenerla cerca, claro. Sin nuestra madre, nada de lo antedicho por sí solo basta, todo lo antedicho pierde su sentido y carece de objeto.

Poco más adelante, necesitamos a nuestra madre, el juguetito y además también comer chocolate al final de la tarde. Es algo que hemos descubierto, y nos encanta. Nos relaja y nos emociona a partes iguales y no queremos, sencillamente no queremos vivir sin ello. Nuestra madre nos proporciona el juguetito (otro, el anterior se nos quedó obsoleto y nuestro nivel pedagógico ya es superior a aquel exjuguete favorito nuestro) y nos da además el chocolatito que hemos aprendido a necesitar.

Un poco después, nos hace falta mamá, el nuevo juguetito, el chocolate vespertino y poder jugar un rato con nuestro amiguito del barrio, al que acabamos de conocer pero del que ya somos inseparables. Además, por qué no confesarlo, nos encanta darle órdenes y liderar los juegos que se nos ocurren y eso nos parece genial.

Recién ha pasado algo más de tiempo y tenemos necesidad, para ser felices, de mami, el juguete, el chocolate, nuestro amiguito y ver cada día un rato la tele antes de acostarnos, y luego, se verá, al acostarnos y también al levantarnos, porque no nos gusta ir al cole sin haber visto nuestro programa de dibujos animados matinal (o no nos gusta ir al cole a secas, pero con los dibujos animados quizá lloriqueamos algo menos, se nos hace más llevadero el trauma de tener que madrugar tantísimo y acudir a clase, con todos esos maestros tan horribles que no sabemos bien si nos van a dejar salir también ese día).

Ésa no es la progresión entera, por supuesto, pero lo pequeño es como lo grande y por eso es fácil deducir lo siguiente: nos pasamos la vida, dure lo que dure para cada uno, persiguiendo cosas. Lo hacemos desde el mismo momento en que… ¿qué? ¿Por qué nace en un momento dado ese anhelo en nosotros, esa ansiedad implacable? ¿Cuál es ese instante, y qué lo precipita? ¿En qué momento cambia para siempre nuestra visión de las cosas, nuestra concepción de la vida, nuestra existencia futura?

No lo sé, ni creo que nadie lo sepa. Pero lo cierto es que, para cada uno de nosotros, sucede.

En algún momento, los brazos de mamá ya no son lo único que necesitamos para sentirnos plenos y felices.

Realmente, no lo sabemos, pero hemos abandonado el reino de la dicha incesante. A partir de entonces, la mente toma el control, y, con ella, la insaciabilidad, la ansiedad, el capricho y la codicia. También la inseguridad y la propensión a la pobreza de espíritu, a estrechar nuestros límites en lugar de ensancharlos. La dicha es plenitud; el mundo puede ofrecer algo parecido, la satisfacción, incluso la felicidad, pero no la verdadera dicha.

Porque nos hemos separado de nuestro verdadero origen.

Por algo la película del agente secreto se titula así: “El mundo nunca es suficiente”. En este caso, y sin que sirva de precedente, la traducción me gusta mucho más que el título original (“El mundo no es suficiente”). Es porque no es que el mundo no sea suficiente, es que nunca lo es, es que nunca puede serlo, porque es intrínsecamente opuesto a la plenitud. Es su antagonista natural. El mundo es un enorme signo de resta.

Los musulmanes dicen que la felicidad de un hombre está en la planta del pie de su madre. No sé muy bien qué quiere decir esa frase, pero intuyo la verdad que encierra.

Por algo, a medida que nos hacemos más adultos y damos la vuelta a la madurez, sentimos el deseo urgente e irrazonable de irnos desprendiendo de lastre. De desandar el camino que tan lejos nos ha traído, que tan rematadamente nos ha perdido, y volver a casa.

Volver a cuando nos bastaba estar en brazos de mami, a cuando nos bastaba ir aprendiendo lo que es el amor.

La vida es maravillosa, pero sólo puede serlo si no olvidamos nunca el bebé que fuimos.

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Todos somos un poco James Stewart en “Vértigo”, porque todos nos enamoramos de alguien o de algo que no es real, pero que es exquisitamente vívido y que tiene perfecta apariencia de verdad en nuestra cabeza. Nos pasamos la vida enamorándonos de proyectos, personas, nuevos amigos, ilusiones, deseos, sueños, objetivos, planes, lugares, caprichos, situaciones… que nunca son reales, pero que en nuestra cabeza adquieren una densidad y un realismo como percibimos en pocas situaciones de la vida real, acaso porque mientras vivimos -o pasamos por- esas situaciones no especialmente elegidas ni deseadas por nosotros, somos sólo medio conscientes de ellas, estamos sólo medio presentes en ellas y no ponemos ni nuestra atención, ni nuestro corazón en aquello que estamos haciendo. Tenemos la cabeza en otra parte: en nuestro mundo de fantasía.

Pero siempre llega el final de ese ensueño. Nuestra fantasía se precipita por el campanario de la torre y deja de existir delante de nuestros ojos. Tenemos algo a cambio, quizá -y muchas veces así sucede- mejor que aquello que deseábamos. También James Stewart tenía al alcance de la mano aquello que creía desear, algo magnífico, un regalo de la vida, el amor que él quería, pero no era lo que él quería. No aquello, no así. Sencillamente, no era su sueño. Su sueño era hermoso, pero nunca podía ser real porque era eso: un sueño. Y los sueños se desintegran cuando abrimos los ojos. El problema es que estamos dormidos y queremos seguir estándolo. Como el bebé recién nacido que prorrumpe en llanto cuando se da cuenta de dónde está, de adónde ha ido a parar y de qué es todo aquel lío en el que lo han metido, nosotros también nos traumatizamos, lloramos, nos rompemos en contacto con la realidad. No la soportamos, es demasiado para nosotros. Aunque la realidad nos ofrezca lo inimaginable, lo supremo, lo magnífico, nosotros queremos el sueño.

Y, cuando el sueño -por inconveniente o contrahecho que pudiera ser, ¡era nuestro sueño!- cae defenestrado, uno debe guardar luto por él antes de recibir el nuevo regalo de la vida.

Creo que la tristeza y la pérdida que sentimos no son debidas tanto al contenido de ese proyecto frustrado como de lo que nosotros imaginábamos que sería su consecuencia. Nos habíamos estado preparando para discurrir por el caminito de la izquierda y, de repente, nos encontramos con que está bloqueado y cerrado al paso. Esperábamos encontrar no sé qué en él. Paisajes sosegantes, moras silvestres, ardillas juguetonas, quizá un pequeño círculo de hierba a la sombra de un roble, lugar ideal para merendar y dormitar. De repente nada de eso se va a hacer realidad. Habrá otra cosa, pero no hemos tenido tiempo de imaginarla. Ni lugar, tampoco. ¿Cómo lo íbamos a tener, si estábamos ocupados en imaginar los detalles de lo otro? Y aun en el confín de nuestra imaginación, allí donde ya no alcanzábamos a imaginar nada más, esperábamos cosas maravillosas. Cosas que sólo Dios podía saber. Pero maravillosas, en cualquier caso.

Puede que el caminito de la derecha no nos inspire nada de eso. Pero, de repente, el cambio forzoso nos ha obligado a vaciar nuestra mente. Olvídate de lo que habías proyectado hasta ahora. Quizá el caminito de la derecha sea muy corto y desemboque en una playa paradisiaca. No lo sabemos, pero es que nosotros llevamos puestas las zapatillas de andar. Y tenemos hasta una cestita con provisiones para merendar. No sabemos gobernar un barquito. Ni hemos traído el bañador. ¡No, no puede ser, no podemos hacer nada de esto! ¡Es que no me he traído el bañador!

Entonces, lo primero que hacemos es elaborar un rápido duelo. Improvisar. Algunos se quedan allí, paralizados ante el trastocamiento de sus planes. Se quedan allí para siempre, como James Stewart en “Vértigo”. Todos tenemos cierta inercia y tendencia a quedarnos así. Es que el cuerpo y la mente son vagos. No es a veces la fuerza de la derrota lo que nos aplasta, sino el cansancio mental de saber que tenemos que cambiar y empezar un nuevo comienzo. Pero así son las cosas. No somos nosotros quienes elegimos por dónde ir, pero sí podemos elegir el cómo.

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Últimamente pienso muchísimo en aquella lejana niña, de un año, de dos años.

Es como si esa niña fuera eterna; y, en cierto modo, lo es.

Cuando digo no, cuando me hago a mí misma sentir mal, pienso especialmente en ella.

Quizá se puede hasta decir que me transmuto en ella.

Vuelvo atrás y, en un momento, soy ella. A la vez que sigo siendo yo, la de ahora. Las dos a la vez, pero con la vulnerabilidad y la tremenda, tiernísima fragilidad de aquella niña.

Es algo que no parece tener ninguna relación racional aparente. No sé si pueden ser algunos sentimientos negativos los que despellejan a las personas por un segundo y hacen aflorar su ser más inocente y más sensible, o es al revés. La idea opuesta es más hermosa, es más poética y nos gusta más, pero también implica un peligro mucho mayor. Significa que, al fin, uno carece de coraza.

O se trae de fábrica, o no se tiene.

Todos tenemos pegada a los talones la diminuta sombra de un niño o una niña. Se ve mejor cuando nos da la luz de frente, pero aun así, siempre está.

A veces uno simplemente necesita abrazar a ese diminuto niño o niña. No para decirle que todo va a ir bien, ni nada parecido. No, sólo porque necesita abrazarlo. Para que no estemos solos, ni el niño, ni nosotros. Sólo por eso. Para aceptar de buen grado el hecho cierto de que tenemos tan poca idea de qué va todo esto como él o ella; para confesar que no estamos orgullosos de todo lo que hacemos; para admitir con libertad y con naturalidad que sí que nos arrepentimos de cosas, que no es verdad que suscribamos todo lo que hemos hecho, dicho o pensado en algún momento y que no menos falso que eso es que volveríamos a hacerlo todo exactamente igual si volviéramos atrás en el tiempo. ¡Mentira!

Pero a la niña, que es tan inocente, no le podemos mentir. Y eso es bueno.

Al final, no importará nada lo que hayamos hecho y menos aún lo que hayamos dejado de hacer, ni importará cómo nos sintamos al respecto. Todo eso se quedará -también- a este lado de la barrera.

Y es por eso. De eso justamente se trata.

Pienso que esa niña aparece también porque ella es lo que tenemos en común con el resto de la gente. Cuando somos niños -me refiero a muy niños, cuando todavía no hemos empezado a ser maliciosos-, todos somos más parecidos de lo que lo volveremos a ser nunca. Y esa es otra forma de denominar la empatía.

Es ese chiquitín el que nos enseña más claramente -en nuestras propias carnes- que lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos.

No hace falta esperar al bumerán del karma para aprender eso.

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Amo mi pueblo. Es el lugar que yo llamo mi casa. Es mi hogar, es mi lugar en el mundo.

Pero.

No es bueno para mí que lo ame tanto. Porque es algo que no me pertenece.

Los angloparlantes tienen una expresión que me parece muy acertada. Se refieren a su casa como “mi lugar”, “mi sitio”. En vez de decir “vamos a mi casa”, suelen preferir decir “vamos a mi lugar”, o, como diríamos en español, “vamos a lo mío”. Sin concretar. El hogar conserva, así, en la mente y en la conversación, su carácter de espacio, algo por tanto separado de uno mismo (a todos los efectos prácticos; no vamos a hablar aquí de la teoría budista de que todo y todos somos en realidad uno, de que la separación es un fenómeno ilusorio, etc.). Y eso me parece un gesto muy saludable. Es algo sano para la mente y también para el alma.

A veces envidio a los apátridas. A veces me gustaría ser una desarraigada. Y lo digo en serio. Estoy muy agradecida de tener las raíces tan fuertes que tengo. Es bueno tener un lugar de referencia, un cofre gigante que muta con el tiempo pero que es siempre el mismo, a mis ojos; el baúl de los recuerdos, donde uno se puede meter y cerrar la tapa para pasar un rato solitario y restañar heridas o simplemente porque dentro del baúl hay un forro muy suave y se está calentito dentro. Vale; me gusta; no, me encanta todo eso. Pero envidio a los apátridas, porque ellos no tienen este apego. Y el apego, como -una vez más- bien saben los budistas y las personas con una espiritualidad o una intuición desarrolladas y tonificadas, siempre acaba mostrando una cara fea.

Y es que me doy cuenta de que mi pueblo no me pertenece. Pertenece a la gente que lo ensucia, que tira colillas, bolsas vacías de chuches, envoltorios de chicles, cáscaras de pipa directamente escupidas de la boca al suelo; a la gente que deja la mierda de su perro tirada en medio de la acera, a la que arroja su basura al río, a la que pintarrajea paredes recién encaladas donde el sol arranca destellos de un blanco casi nuclear (o arrancaría, si no fuera por esa gente pintarrajeadora); a la gente que cuelga cosas de todo tipo en lugares públicos y naturalmente bonitos; a la gente que hace que los chicles desechados vayan a ser los fósiles que quizá examinen los arqueólogos del futuro. Pertenece a toda esa gente que deja sofás desvencijados en los puntos de recogida de basura, aunque sepan que deben llevarlos a la escombrera; a la que abandona latas vacías y pisoteadas, a la que mea y vomita en cualquier esquina y hace botellones de los que luego deja a su paso los restos de plástico, papel y “otros” porque, total, ya lo recogerán y lo limpiarán todo y, además, los barrenderos también tienen que vivir, ¿no?

Pertenece a toda esa gente y a otra que ahora mismo no quiero recordar por su denominación ni su categoría concreta. A la gente que hace cosas increíblemente guarrindongas y reprobables extramuros de su casa.

Pertenece más a ellos que a quienes amamos el pueblo, porque quienes lo amamos dejamos una huella invisible, lo cuidamos, lo mantenemos limpio y lo respetamos, y la limpieza se nota siempre mucho menos que la porquería. Pero, al fin y al cabo, son ellos los que dejan su impronta, los que deciden sobre la estética de nuestro pueblo, el lugar que todos compartimos; lo deciden unilateralmente, y llevan a cabo las “obras” de transformación de la arquitectura y el mobiliario urbanos como lo hacen las cigarras, haciendo notar todo muy mucho, como ese canto machacón y de vocación impositiva del que no hace nada más ni quiere hacerlo. Así nos encontramos todos los demás con esas modificaciones a cara descubierta, sin vergüenza ni nada que se le parezca. De un día para otro y sin que nosotros tengamos voz ni voto en nada de eso, y es por todo esto por lo que me enfado mucho, sí, siento una gran ira y una gran impotencia, y nada de eso es bueno, porque no hay nada que yo pueda hacer además de desahogarme verbalmente y de lamentarme del devenir de las cosas y de la sociedad que tanta afición parece tener por costumbres puercas y más propias de esos tiempos oscuros que la gente dice denostar, al igual que el dogmatismo, la mentalidad medieval, el carácter inquisitorial y cosas por el estilo (y la religión, claro; aunque ellos practican e imponen su propia religión, no monoteísta sino más bien monolítica: ya lo he dicho, la de la absoluta unilateralidad de la transformación del entorno).

El único “lugar” verdaderamente nuestro, de cada uno de nosotros, no es ya el lugar que hayamos elegido como asentamiento, el lugar que posiblemente amemos o al menos respetemos, sino otro mucho más cercano y la mayor parte de las veces absolutamente olvidado y dado por sentado.

¡Ah! Pero es que nuestro cuerpo, ese hogar que tenemos por nuestro, resulta que no es enteramente de nuestro dominio. En realidad, nuestro cuerpo es como un robot que habitamos. Es parte de nosotros, pero no es nuestro. Tiene su propio programa y éste es independiente de nuestra voluntad.

¿Entonces?

Razón tienen los que dicen que de aquí sólo nos vamos a llevar lo que hemos dado. Tal vez ése sea nuestro verdadero hogar, porque es el único que nos pertenece sin que nadie nos lo pueda enajenar. Y si un día amanece sucio, no podemos mirar a nadie más para culparlo; tan sólo a nosotros mismos podemos culparnos. Algo hemos hecho mal. Pero, si está cuidado, limpio y florido, también a nosotros mismos nos lo debemos.

Y entonces, resulta que yo debería apagar todo ese enojo y esa indignación hacia personas que no son capaces de enmendarse (porque si lo fueran seguramente lo harían; pienso yo que muy pocas son en verdad las personas que obran mal por el puro placer de hacerlo; esas personas no deben de ser plenamente conscientes) y en cambio darles las gracias por enseñarme algo más sobre mí misma y por obligarme a hacer una reflexión.

Será eso.

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Todo el mundo dice querer vivir para siempre, pero no saben lo que dicen. Si pensaran un poco en el deseo de vivir eternamente, se darían cuenta de sus implicaciones. Pero no piensan realmente en ello, no lo examinan, no lo imaginan con el mayor realismo posible. Uno piensa fugazmente en la vida eterna, en qué bonito sería, como un rave interminable, una eternidad haciendo las cosas que nos gustan, siendo siempre jóvenes, disfrutando de todo sin tener que temer a nada, imposibilitados para perder el tiempo -porque no tendríamos nada que perder- y por tanto libres de urgencias, de prisas, de ansiedades por tener mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo todo; y, en cambio, poseedores de un tesoro interminable, en el que el oro y los diamantes se van reponiendo solos a medida que los gastamos a manos llenas, dilapidándolos, cumpliendo nuestros sueños en meticuloso orden y sin nervios ni obligación de elegir; de repente, las constantes dicotomías a las que nos vemos enfrentados, las constantes bifurcaciones de nuestro camino vital, se ven reducidas a una mera cuestión de preferencia: ¿qué hacemos primero?, porque podemos hacerlo todo.

Estar montados en el éxtasis (me refiero a la pastillita, ésa que trae consigo el despertar, el cansancio y el día después).

Vamos a hacer un ejercicio de fantasía. Podemos hacerlo con total libertad, ya que jamás el ser humano logrará vivir para siempre, por mucho que consiga alargar la esperanza de vida. Imaginemos, entonces, una vida eterna; la nuestra, sin ir más lejos. 

Una vida eterna, un eterno despertar en sucesivas mañanas con una carga siempre un poquito mayor -y progresivamente mayor hasta el infinito, el mismo horizonte que nuestra eterna vida- de honra o deshonra, de fama y opinión que merecemos al prójimo y, sobre todo, a nosotros mismos. Una carga creciente de recuerdos, de incertidumbres, de remordimientos. Una carga cada vez mayor -albarda sobre albarda- de sentimiento de culpa, de experiencias bochornosas, de obsesiones, de desconfianzas. Claro, es que la eternidad no viene sin precio.

La carga más pesada de llevar sería, con todo, en mi opinión, la de las consecuencias y la responsabilidad sobre lo que hubiéramos hecho a lo largo de nuestra vida. Para bien y para mal, nuestras acciones jamás prescribirían. Aquella comida que dimos al necesitado y aquella mentira que le dijimos a nuestro mejor amigo serían acciones emitidas a nuestro nombre, personales e intransferibles por siempre jamás. El estómago saciado del necesitado y la confianza traicionada de nuestro amigo serían obras nuestras. Para siempre. Quizá para el olvido de todos los demás, pero para nuestro recuerdo. Jamás caducarían ni jamás perderían un ápice de su gravedad. Nuestros para siempre.

Imagínenselo. 

Yo, por lo menos, puedo más fácilmente imaginar una vida humana sin final que una mente y un alma que pudieran vivir esa vida eterna por siempre ligeros, sin torcerse bajo el lastre creciente de esos galones, buenos y malos.

Lo que nos cansa es eso, nuestro nombre, nuestro pasado. Por eso la gente vieja anda encorvada, por eso tiene los huesos tan delicados y doloridos. Es por su vida ya hecha, que pesa.

Y no sólo eso. No tenemos que imaginarnos viviendo para siempre a nosotros solos y a quienes nos hacen la vida más agradable y feliz, sino también a los indeseables, grandes y pequeños; a Hitleres, malvados, malillos, retorcidos, hipócritas, pelmas, atontados, insoportables. A todos ellos tendríamos que aguantarlos para siempre. Y no cambiarían jamás. ¿Para qué, y cómo, si una vida sin final no tendría tampoco finalidad? ¿Quién aprendería nada valioso y de mérito en la vida, si errores y aciertos no tuvieran que verse saldados al final? Todo el mundo amasaría una cantidad ingente, infinita de acciones, hasta tal punto que nada tendría sentido, la vida humana sería igual que una sucesión de accidentes meteorológicos, sin nobleza ni heroismo, sin dignidad, porque no habría necesidad de ninguno de ellos, porque nada sería definitivo ni memorable, todo quedaría reducido a la banalidad de la sucesión. Desaparecerían la pasión, la vehemencia, el ardor de la lucha convencida, la entrega, el sacrificio. ¿Qué sacrificio habría necesidad de hacer, en última instancia, si nadie tuviera nada trascendente que ganar ni que perder?

Una vida así no sería vida. No sería humana. Ni sería digna de ser vivida.

Y sería el aburrimiento elevado al cubo.

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Gracias, gracias, gracias;

un millón doscientas mil veces, gracias

por hacerme, en mi fragilidad, lo bastante fuerte

para haber sabido y saber lo que no quiero ni querré, aún mejor que lo que quiero y he querido.

Gracias por la lucidez, por la claridad de mente, aun surcando las tinieblas

gracias por el oído sensible y por la vista, aunque ahora algo cansada, siempre clara,

porque no lo veo todo, pero lo que veo lo veo siempre muy bien.

Gracias porque, aunque me has dado voluntad eternamente libre

y yo podía haber sido ese hombre, esa chica,

podía haber sido cualquiera, en cambio, a través de mis decisiones, he sido y soy yo

y no estoy tirada en cualquier parte, ni sueño con amar el peligro,

y no me he perdido a mí misma, ni me he vendido a cambio de un segundo de vida y una vida entera de ir muriendo.

Gracias por haberme hecho capaz de amar la vida como es,

y de amarla de forma consciente, como los hombres corrientes.

Amar la vida como es, con sus horas de aburrimiento y sus momentos de exacerbación,

tal como es, y también tal como soy yo

y no como un sueño eterno de colorines, no como un paraíso de empatía,

no como una alegría desenfrenada y total, no como una montaña rusa que sólo sube y sube,

o eso dicen,

hasta que empieza a bajar

y ves que tienes las venas llenas de humo, la cabeza llena de moho,

los ojos metidos en las mejillas, y las mejillas en el cráneo,

bichitos corriendo por debajo de la piel y por dentro de tus antebrazos

las manos en los bolsillos y el sol cayéndote en la cabeza; y ahora ¿qué?

Gracias por haberme hecho tan normal, tan pequeña,

por haberme hecho amar tanto mi casa y mi rincón,

mis libros y el tictac de mi reloj,

gracias por mis días anodinos y tan reales,

que baten sobre mí como olas frías de un mar joven y rebelde

y me cortan la respiración así, sin más.

Gracias por haberme hecho querer aprender a bailar,

por darme curiosidad, por darme introspección,

gracias por toda esta previsibilidad, por esta intimidad tan mía,

por mi cálida manta de melancolía

por saber hoy todavía tan pocas cosas pero saber con total certeza las pocas que sé,

las que me hacen ser como soy,

y no una arrastrada, y no una paria, y no una triste y solitaria persona,

y no alguien que cambia todo por nada, y no alguien que se cree todas las mentiras

y entre ellas la mayor: que el mundo te lo va a dar todo sin pedirte nada.

Gracias, gracias, novecientos cincuenta mil setecientos cuarenta y ocho millones de veces

¡gracias!

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Y es sólo desde el puerto, al abrigo de la luz del faro y sintiendo el latido del hogar cercano

cuando el marinero puede al final despedirse:

Y aunque siempre se aprende mejor a oscuras que con luz,

y a pesar de que te quise tanto, demasiado para mi propio bien,

Noche, mi hermoso y desleal amigo,

ahora debes irte.

Me trajiste hasta donde estoy o, mejor dicho, a pesar de ti llegué hasta aquí.

El viaje te lo debo a ti, que me vendaste los ojos y me hiciste dar tres vueltas

antes de obligarme a caminar.

Era tan intensa tu mirada, que por mucho que brillara la Estrella Polar,

¿cómo podía haberla visto, ni siquiera haber levantado la vista?

Nadie que haya sentido tu canto puede prestar oído a las sirenas.

Pero aunque fue tu aliento el que infló mis velas

y me ayudó a enfilar de vuelta rumbo a casa

y aunque me contaste mil historias, y entretuviste mi joven vida

con aventuras y personajes dibujados por tu mano,

ya sé que en verdad fuiste eso: un amigo hermoso pero desleal.

Porque alguien antes que tú, más sabio y aún más viejo, me enseñó que de ti sólo venía la mentira.

Adiós, Noche, mi compañero de tanto tiempo,

mi maestro, a veces mi espejo,

a partir de hoy sólo te veré desde la distancia, desde donde podré admirarte

ahora ya para siempre sin miedo;

adiós, aquí nos separamos;

el día y yo somos, los dos, hijos del alba.

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Álbum

Ésta es una página de mi colección

de palabras como mariposas, palabras y nombres que nacen y creemos

que van a vivir para siempre, y es sólo para un día

o un mes, o una década,

o quizá un poco más.

Ésta es una lista de palabras que, aunque ahora no lo creas,

mañana vas a olvidar.

Mi álbum abierto dice:

Lampedusa

Castor

Fukushima

Duran i Lleida

Gareth Bale

Barack Obama

Tróspidos

Breaking Bad

Mariló Montero

Pescanova

Bashar al-Asad

Bárcenas

Paul McCartney

Emma Watson

Príncipe de Asturias

Sebastian Vettel

Lady Gagá

Papa Francisco

Barack Obama

Los olvidarás todos.

Y es sólo una página.

Una página en el gran álbum del tiempo inexorable.

Vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad!

Hasta los nombres.

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Para subir a los palacios, primero a las cabañas bajé;

para bajar a la playa, primero los acantilados escalé.

Y es así de simple, sólo así de simple.

Sin más secretos ni misterios, sólo la geometría y la espeleología de la vida.

Cuando trepas, estás iniciando el descenso;

cuando resbalas y te deslizas cuesta abajo, ése es el primer paso hacia las alturas.

Para plantar mi bandera en la cima, primero a las simas bajé

donde encontré algodón y madera para hacer mi hilo y mi rueca,

donde alimenté a mis palomas para que, arracimadas en formación de nube, me subieran hasta lo alto,

para que, prendiéndome, delicadas, de mis cabellos

me levantaran como a una hija del aire, sin que nadie pudiera detenerme ni frenarme.

Y si me preguntan por tan aparentemente fácil ascensión

les diré que no saben, ninguno, del tiempo que pasé allá abajo, olvidada de ellos,

sin ver el sol ni oler la lluvia, sólo con mi oscuridad y mi tiempo en el reino del musgo y del moho,

sin que nadie me escribiera ni me preguntara;

olvidándome a pequeños ratos del reinado de tanta noche

pensando sólo en que para subir, primero necesitaba bajar y bajar

y seguir bajando un poco más, beber sólo un poco más de oscuridad

hasta que ya no quedara más oscuridad y por fuerza tuviera que nacer la luz.

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