Muchas veces sucede que se intenta tapar una verdad -grande, como todas las verdades- con una mentira pequeña -como lo son todas.

Y funciona. Siempre funciona. La mentira pequeña tapa la gran verdad.

Quiero decir que funciona a nuestros ojos. Nosotros estamos a este lado del espectáculo, sólo vemos lo que se nos ofrece cara a cara. No vemos la tramoya. Si tuviéramos múltiples puntos de vista, ninguna mentira nos distraería ni nos convencería ni por un segundo. Pero no es así.

La mentira pequeña es como un dedo humano, tan diminuto y tan insignificante, colocado justo entre el sol y los ojos. Se guiña un ojo y ya está, el sol se oculta.

Somos así de fáciles de engañar. Pero casi siempre interviene, al menos en cierto grado, nuestra voluntad, nuestra disponibilidad para ser engañados.

Es tan fácil como mirar el dedo que tapa el sol y no a ningún otro lado.

Concentrar toda nuestra atención en lo que tapa, en lugar de en lo tapado, aunque éste sea mucho mayor y, además, resplandezca.

Alguien célebre dijo, con cinismo, que la verdad resplandece al final, cuando todo el mundo se ha ido. No es cierto; la verdad resplandece siempre. Que el público se vaya antes o después no cambia en nada ese hecho.

La mentira es casi siempre bonita, y es conveniente para la mayoría. Pero la verdad es lo único que lo explica todo y lo único que desata todos los nudos. La verdad va de la mano con la paz y con la libertad o, si lo prefieren, con la liberación.

Millones de voces pueden repetir, reforzar, elogiar e idolatrar una falsedad pero no por eso prevalecerán para siempre. Lo malo es que el tiempo humano es mucho más efímero que el tiempo de la verdad.

La verdad puede mudar de piel, puede adoptar la forma que quiera, puede solidificarse o derretirse, pero es energía y nunca desaparece. La verdad puede provocar las burlas de la gente, o puede provocar las iras de quienes prefieren no ver, pero la verdad es lo más indestructible del mundo, porque no pertenece al mundo. Por eso la parte de nosotros que está por encima de las cosas del mundo la reconoce al instante. Late en nuestras tripas con la fuerza del universo, con la misma fuerza silenciosa e incontestable de antes del principio de los tiempos. Esa parte de nosotros puede reconocer al instante al hombre malvado, al que se escuda en la mentira. Esa parte de nosotros de la que cada vez estamos más alejados. Porque interponemos la mano entre nuestros ojos y el sol.

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