En la hora mágica, en la que el día es como un pastel

de fresas, con un dulzor muy sutil.

Y la ciudad es mía, sólo mía:

hace un minuto, las luces de la máquina barrían las calles

y no había nada más.

Sólo aquel rugido, igual al del león salvaje acercándose

y el hombre que lo acechaba con el hacha en la mano, un poco amigo suyo.

Pero hoy, miles y miles de años después, hay chicos que acuden en grupos o goteando,

todos en la misma dirección, como zombis disciplinados, que comen galletas y bocadillos.

Todos acuden, es una afluencia ordenada, un poco rugiente, igual que aquel león,

y todo es tal como tiene que ser.

A pesar del león y de que el pastel se convierta en un plato vacío,

o gracias a ellos es todo como tiene que ser.

Pese o gracias a todo ello no hay nada exactamente mejor que esto.

Exactamente, no hay nada mejor.

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