De la tierra, lo mejor es lo que nunca tocamos;

de la tierra, yo quiero el cielo.

Cuanto más arriba mires, más motivos tendrás para el consuelo.

En el cielo no hay trazas de ninguna obra nuestra, no hay vestigios,

es el equívoco espejo del ideal de la creación; es como si nunca hubiéramos existido,

como si nunca hubiéramos manchado, destruido ni manipulado nada,

como si nunca lo hubiéramos constreñido, exprimido, agujereado ni agobiado

con nuestro deseo y nuestra codicia.

El cielo es como sería la tierra sin nosotros,

y de él viene todo lo bueno y lo deseable,

la promesa de un mañana que siempre está por llegar y hasta hoy no se ha cumplido nunca.

Del cielo fluye la belleza que nos inspira,

del cielo llega el sol y viene el agua,

del cielo bajan los vientos y del cielo desciende el hálito divino,

del cielo descienden los ángeles y, en fin, en el cielo está Dios.

Aunque no tenga en el día nada bello que echarme a la vista,

siempre podré levantarla por encima de nuestras cabezas, y ver el reflejo de lo inmutable,

un pequeño mensaje que ahora está, ahora no está,

que si parpadeo, lo pierdo hasta que vuelva una vez más:

de que hay un tiempo en el que el tiempo humano no existe,

de que ningún afán mío acelerará el transcurso ni un segundo,

de que la tenue alfombra de nubes otoñales me muestra el camino,

de que hay siempre un rey que todo lo rige, y el sol es su corona.

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