Oda a The Wire

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El amor llega así, de esta manera; el amor, en general. Y fue así como un día y dándose las condiciones oportunas y habiéndose conjugado los planetas de la forma que precisaba ser, yo, que dejé de ser teleadicta cuando lo dejé de ser, hace muchos años ya, tomé prestado un DVD de The Wire y me enamoré a primera vista.

Hay muchos fans de The Wire, aunque nunca habrá tantos como esa serie se merece. De hecho, se merece que la población mundial en su totalidad la vea y la ame, así que nunca obtendrá el crédito que debería obtener. De la gente que sí se ha rendido a sus pies, es decir, de los que estamos enamorados de ella, para algunos fue un enamoramiento otoñal, para otros hicieron falta varias citas, conocerse mejor, saber de qué iba el otro y demás. Y para otros más, entre los que me cuento, ya digo: al primer tortazo.

Es difícil explicar qué es lo que cuenta The Wire y sobre qué trata. Si tuviéramos que escribir una sinopsis aséptica y destinada a la contracubierta de un estuche de DVD, podríamos poner que es una serie policiaca estadounidense ambientada en Baltimore, una ciudad que se nos presenta sumida en una crisis endémica que poco tiene que ver con crisis económicas o financieras puntuales, y que describe el enfrentamiento entre señores de la droga y policías. Esa sinopsis se podría extender más, todo lo que quisiéramos, añadiendo, por ejemplo, que en la primera temporada se centra en la arquitectura del negocio de la droga en las calles, introduciendo varios personajes que cortan el bacalao de maneras distintas y a otros que son los encargados de hacer cumplir la ley; en la segunda temporada, nos habla del estado -corrupto- de cosas en el puerto, con sus propias luchas de poder, sus grupos de presión y sus oscuros intereses; en la tercera, continúa contándonos el devenir de los amos de las calles de Baltimore y el advenimiento de nuevos líderes y de algún que otro justiciero muy sui generis; en la cuarta temporada nos describe el fracaso absoluto y sin paliativos del sistema educativo, que no puede evitar que a los niños y adolescentes les salga más a cuenta y les resulte más atractivo vender droga en una esquina e integrarse en las redes del narcotráfico controladas por sus propios vecinos que estudiar para un futuro sobre el que nadie puede venderles milongas; y, en fin, en la quinta, nos mete en la redacción de un periódico y sigue narrando la historia de los personajes que ya conocemos, introduciendo el punto de vista de los periodistas para, al final, coronar y redondear de magnífica forma la historia de podredumbre, corrupción y enmerdamiento totales de la vida en todas sus esferas: política, económica, social, judicial, policial, educativa, periodística y, por supuesto, individual y personal.

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Se habrán dado cuenta de que en el párrafo anterior me refería repetidamente a la corrupción, y de hecho The Wire trata sobre eso, sobre la corrupción como enfermedad social pero también moral, de cada uno, y de la responsabilidad que cada uno tiene sobre las cosas; al final, si cada uno de los personajes moralmente tarados de The Wire -reflejos exactos de las personas de carne y hueso, porque The Wire es la única serie que yo haya visto que me dé constantemente la sensación de estar mirando la vida real por una ventana, no una fabricación, ni una tergiversación o manipulación de ella en ningún sentido- no hiciera las pequeñas o grandes cesiones de moral que hace, el resultado final, el mensaje y la pregunta finales que nos deja The Wire no serían tan desoladores.

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Pero decir que The Wire es una serie sobre corrupción es quedarse muy cortos y negarle a esta historia su poder, aquello en que radica su gloria. Y es que The Wire es, para mí, el único producto televisivo o cinematográfico que puedo recordar que es, a la vez, portador de mensaje y mensaje mismo, ya que, al final, en la mirada reflexiva, cínica y cansada del policía Jimmy McNulty, que parece abarcar todo Baltimore y a todos los pequeños y grandes buenos y malos que viven y mueren en él cada día, yo veo una aceptación de las cosas, un esto es lo que hay inapelable, y ello a pesar de que él mismo, el propio McNulty, ha sido a lo largo de toda la serie un rebelde contra el estado de las cosas; pero, al final, si bien no derrotado, sí lo vemos resignado. Esto es lo que hay, piensa McNulty y pienso yo, y es lo que hace que exista The Wire como mensaje: el propio nacimiento de The Wire, su existencia hoy para todos y para los televidentes del futuro, es producto de una resignación, rebelde pero resignación a pesar de todo, o rebelde aceptación de las cosas, si queremos ser menos pesimistas. Porque quienes están detrás de The Wire, gente muy inteligente a juzgar por su creación y por los extractos de entrevistas que he podido ver, saben que ni un millón de series, de libros, de reportajes, de campañas de concienciación, de asuntos escandalosos sacados a la luz con objetivos depuradores de responsabilidades, nada de eso servirá para cambiar las cosas. Eso no es excusa para que dejemos de conocerlas y para que miremos a otro lado ante el desastre de sociedad que hemos producido y que estamos perpetuando entre todos, y para eso está The Wire, por ejemplo; pero lo más probable es que ningún bienintencionado samaritano pueda nunca cambiarlas ni un ápice -salvedad hecha, claro, del ápice referido a nuestro prójimo más cercano, encarnado por ese Bubbles que recibe el altanero desprecio de dos feligresas y del acaudalado pastor de una iglesia cuando les mendiga algo para comer.

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En The Wire, ningún personaje es completamente bueno ni completamente malo, o casi ninguno; los malos que no muestran nada de humanidad sí muestran, al menos, algo de debilidad que nos ayuda a sentirlos primos hermanos nuestros. Hay policías honrados y policías delincuentes; hay criminales psicópatas y criminales justicieros. Hay profesores y políticos que sólo piensan en encuestas y en cómo conseguir financiación pública y profesores y políticos que se dejan la piel por aquellos a quienes sirven. Hay niños indefensos y niños pistoleros. Hay de todo, porque todo en The Wire es muy humano. Es imposible no amarlo, porque es la realidad misma. Es la realidad tal y como es, nos guste o no. La mayor parte de las veces, acabará no gustándonos, y es que nadie nos garantiza que nuestro personaje favorito vaya a sobrevivir hasta el último episodio o que, si lo hace, tenga el final feliz que nosotros desearíamos para él, ni que el malo malísimo vaya a recibir su castigo o que tenga un final climático con el que nosotros podamos limpiar nuestra conciencia o descargar parte de nuestra adrenalina. The Wire no nos lo pone fácil, no nos señala la salida con luces ni nos abre la puerta para que salgamos. La salida nos la tenemos que buscar nosotros mismos, habiendo invertido inteligencia y emociones en el camino. Es como la vida misma. Es la vida misma. Nadie nos garantiza nada, y gracias a esa falta de garantías, a esa incertidumbre total, somos tan libres como queramos ser, nunca menos, pues podemos dar nuestro corazón a quien queramos, podemos apostar por quien queramos. The Wire es una experiencia absorbente y puede llegar a ser frustrante por lo pesimista -aunque profundamente humano- de su mensaje, pero es también una experiencia de libertad y de riesgo: seguir viendo sin poder prever la siguiente secuencia, invertir emocionalmente en este personaje aunque vaya a sufrir una muerte indigna en el próximo episodio, encontrarte con que el malo te sorprende y empieza a recordarte a lo que sería una buena persona con muchas capas oscuras por encima, o querer a toda costa que prevalezca el bien y darte cuenta de que lo que prevalece es aquello que ves cuando traspasas el umbral de tu casa: la realidad, tal como es y sin aditamentos ni maquillajes, sin complicaciones ni tonterías; la realidad, al margen de gustos y disgustos, sin risas enlatadas ni lágrimas de cocodrilo. Una realidad que es tal que así y en la que deserve got nuthin to do with it (da igual que alguien se lo merezca o no).

Amo The Wire.

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