Pensar

A toro pasado, todos tenemos vista perfecta. No se nos escapa nada: vemos los ínfimos detalles y los grandes objetos que cruzan la vía, y los esquivamos magistralmente. Rectificamos todos los errores en el momento justo, y nuestra solución siempre es perfecta. A toro pasado, todos sabemos esquivar las astas.

A toro pasado.

Cuando te vienen de frente, tienes que decidir algo, ya, y no tienes tiempo de valorar, de reflexionar, de ponderar. Además, si lo tuvieras, tampoco te serviría para ser más capaz, para saber más, ni para obrar con perfecta inteligencia.

Luego, la perspectiva y el momento en el que se sitúa el espectador tiene otra cosa: los sueños, los ideales, nuestras magníficas fantasías son de una única dirección: sólo se pueden aplicar de atrás adelante, nunca al revés. Nunca hay que mirarlos ni mucho menos juzgarlos en retrospectiva (o a toro pasado, como decía). De hacerlo, corremos el riesgo de ridiculizarnos a nosotros mismos, de juzgarnos y encontrar mil motivos para condenarnos. O, como poco, de caer en ese bucle vicioso y viciado del “En qué estaría yo pensando”.

Todos tenemos momentos así. En qué estaría yo pensando cuando decidí tal cosa, cuando dije tal otra, cuando decidí hablar con fulanito. Todo se reduce a eso: juicio e inevitable condena. En qué estaría yo pensando. Ojalá hubiera estado dormido, ojalá alguien me hubiera advertido, o uno que odio especialmente: Si pudiera ir quince, o veinte, o veinticinco años atrás, le diría a mi yo de entonces esto y lo otro.

Tonterías.

Claro, que es difícil sustraerse, porque muchos de esos momentitos resultan ser momentitos de ésos claves en la vida, o algo así. De los que dependen muchos momentos y circunstancias venideros. Nos gusta decir que tal o tal cosa “decidió nuestro destino” o que “qué diferente habría sido todo si…”. Es una forma de engrandecer nuestra historia y nuestra figura; de repente, retratarnos como héroes de tragedia griega con algo muy importante que hacer, una misión trascendente.

Bueno, ahora lo confieso: he solido llegar a preguntarme eso con respecto a mi elección profesional, a lo que decidí estudiar en la Universidad: Periodismo.

Las razones me las sé todas de memoria (he estado ahí muchas veces) y una de ellas es que, conociéndome, sé que me habría hecho exactamente la misma pregunta de haber sido mi elección otra cualquiera: Filología, Derecho u otra cualquiera. Ha habido otras: un periodista tiene que ser así y asá y yo no soy exactamente de esa manera; es una profesión en crisis y desprestigiada; le das una patada a una piedra y sale un periodista; cualquiera vale para ser periodista y, de hecho, no debería ser carrera universitaria (con estas afirmaciones no estoy de acuerdo, pero suelo pensar a veces que, si toooodo el mundo opina una cosa, debe de ser verdad -es un error, por cierto; no tiene por qué ser verdad y de hecho, muchas veces, el que todo el mundo opine una cosa significa que es muy probable que no sea cierta) y yo debería haber escogido algo más difícil y más selecto, etc.

Entre los motivos más perdonables para que una persona -un niño o niña, en realidad- de 18 años escoja la profesión que quiere estudiar está la idealización, la glamurización de esa profesión. Dicho en plata: visto en películas, leído en novelas, imaginado en la imaginación, toda profesión tiene su aura magnética, llena de encanto, de glamour, de aventura, incluso de heroismo. Cuando uno se imagina algo para sí mismo, nunca se lo imagina en su peor especie. Uno siempre aspira a lo mejor, o a lo que cree que es lo mejor. Aunque sepa que es improbabilísimo que se convierta en realidad. Es lo que debe hacer y lo contrario sería poco valiente. Pero, claro, uno no tiene ni idea de cómo es la realidad; tiene sobre la realidad menos elementos de juicio, menos conocimiento del que tiene sobre la fantasía. Uno no se imagina cómo van a ser las cosas, y luego son como son y a uno le pilla eso siempre con el pie cambiado. Y esto es verdad para todas las cosas que en algún momento llegamos a planificar para nuestra vida.

La profesión de periodista no es lo que solía ser pero tampoco es lo que muchos creen que es ahora mismo. El paro es galopante y contento debe estar cualquier recién licenciado de encontrar un trabajo en lo suyo. La independencia periodística es un ideal, no existe en ningún medio, y hoy día es probable que esté más valorada una persona que escribe un blog sobre los inacabables productos de la cadena Inditex y sobre cómo combinarlos que un periodista puro y duro que gestiona información sobre política, economía y sociedad de la comunidad social que sea. Y, por otro lado, historias como la del caso Watergate son recordadas porque sólo hay una cada varias décadas. La mayoría del tiempo no hay exclusivas, ni historias-bomba, ni ejercicio ninguno de eso que se llama Cuarto Poder.

Hace tanto tiempo que soy periodista, que ya es algo que doy por hecho, como nos pasa con todas las cosas cuando dejan de ser novedad: dejan de sorprendernos, dejan de llamarnos la atención.

Pero cuando me paro y me fijo en ello detenidamente, cuando veo la cosa en todos sus valiosos detalles, cuando veo lo que hago y aquello que configura lo que es mi trabajo, la delicada labor hecha de pequeñas decisiones engarzadas con la que se encauza una cosa y otra, cuando me doy cuenta de la pila de páginas que he escrito y de que cada una de ellas me suscita un recuerdo concreto y de que supone una porción de tiempo de mi vida entera, pienso que acerté, que no pude haber dado más en el clavo.

En qué estaríamos pensando cuando tomamos aquella decisión… No lo sé, seguramente en otra cosa, en cualquier cosa, pero también en ese momento había Alguien que estaba pensando en lo que era mejor para nosotros.

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