Verano

En verdad, en verdad digo que esperaría que muchos estuvieran de acuerdo conmigo en esto en particular: el verano es un rollazo.

No sé si el verano me desagrada más en su vertiente social o meramente meteorológica-física-climática-térmica. Creo que es una combinación de ambos factores, que se mezclan con una precisión casi alquímica; de hecho, todos los años se produce el mismo resultado, al menos para mí. No importa qué sucesos concretos acontezcan ese año: el resultado es siempre un auténtico rollazo.

El verano es esa estación en la que uno es un pasajero solitario, alguien que viaja sin compañía, que es lo más solo que uno puede estar en toda su vida. Es una estación en la que uno va a parar, como si se apeara del tren para fumar un cigarrillo y se quedara colgado, sin poder entender lo que dicen los letreros, ni poder hacerse entender por el guardagujas ni el taquillero. Uno quizás crea estar en medio de algo emocionantísimo, la aventura de su vida -tal vez incluso haya dejado escapar el tren deliberadamente y con toda idea-, pero, cuando el sol se oculta y arrecia la noche en un lugar solitario, uno se da cuenta: sigue siendo el mismo de siempre, y ahora, además, está solo.

Es como esa playa abarrotada de un lugar de moda, quizá un lugar al que uno siempre ha querido viajar. Está allí de vacaciones y sonríe, se ríe abiertamente de cualquier cosa, bebe un refresco, se da un chapuzón. Lo está pasando bien, o eso cree. Es que se sabe obligado a ser feliz. O quizá no lo sabe, pero su inconsciente sí lo sabe; tiene la lección bien aprendida. En verano, es como si todos tuviéramos la obligación de estar contentos. Es una estación dictatorial a la que tenemos que rendir tributo. Es obligado y es algo universal.

En otros países no tienen nada como un mes de vacaciones, eso sólo pasa aquí. Por eso, durante ese mes, agosto, el verano es un grado peor aún. Es como esa lámpara enfocada directamente a la cara de uno mientras lo interrogan; de pronto, la lámpara, que ya nos quemaba con todo su vataje, sube un grado más. ¡Imposible!, nos decimos; el ardor ya era insoportable. Pues no; podía ser peor, y ahora, lo es.

En un verano de hemisferio norte típico, al menos en estas latitudes -pero también en muchas otras, no necesariamente cercanas al Mediterráneo ni al sur de Europa-, el sol calienta tanto que la gente huye de él, pero no sólo la gente; todo huye de ese sol: los árboles se retuercen, la hierba se reseca, hasta los edificios se encogen sobre sí mismos un par de centímetros. El asfalto se derrite, intentando vanamente escurrirse por cualquier cloaca hasta el abrigado y umbrío alcantarillado, allí, debajo del suelo; los niños desaparecen sin dejar rastro, huyen de las calles; las persianas caen, sin poder seguir alertas, exhaustas ya; el agua se evapora; la electricidad disminuye y deja a menudo vacantes tendidos eléctricos y semáforos; y, en fin, el aire mismo se licua y deja de estar allí, deja de proporcionarnos el menor alivio. Estamos solos. Somos ese viajero que se bajó donde no debía y ahora no tiene ni idioma, ni rumbo, ni propósito; sólo tiene una maleta que no puede abrir, porque no tiene ningún lugar seguro donde hacerlo. Además, si lo hiciera, ¿de qué le iba a servir el pijama que lleva dentro? No tiene donde dormir.

En verano, el calor es tan fuerte que no hay lugar ni posibilidades de subsistir para nada ni nadie; en este desierto sólo hay sitio para uno, forastero. El forastero somos nosotros, y tenemos que irnos por pies. Hasta las festividades han tenido que esconderse en el motel, haciéndose fuertes con rifles y whisky hasta que llegue el Séptimo de Caballería del general Otoño. Dunas y más dunas movedizas de tiempo habrán de llegar, pasar y ser finalmente superadas hasta ese momento.

Los colores y los frescores hace tiempo que han agitado sus calzoncillos blancos en señal de claudicación. En verano, todo está amortiguado. Refulge tanto que apartamos la mirada, obligados; si no lo hiciéramos, si pudiéramos mirar el sol cara a cara, nos daríamos cuenta de que es un gran mentiroso, de que sólo quiere estar ahí en su trono, a solas, y regodearse en su propia majestad.

El verano es ese puente que media entre la terapéutica primavera y el sereno -y serenante- otoño. Es un puente hecho de marfiles, refinados cristales, perlas, rubíes engastados, alfombras rojas. Estamos cegados por él. Tenemos que cruzarlo, no hay ningún otro camino, no se puede vadear el río. Nos han dicho que en algún punto de esa pasarela hay un gran tesoro. Caminamos, caminamos, enloquecidos por la perspectiva. Para cuando nos damos cuenta de que nadie ha encontrado nunca ese tesoro, ya hemos cruzado más de la mitad. Miramos atrás, pero lo que dejamos atrás ya no se ve; sólo queda seguir. Sólo que ahora sí notamos el sol que pica sobre nuestra espalda.

Yo estoy muy contenta de que se termine otro verano más.

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