El arte de huir

Hoy he leído un artículo que venía a decir que aprender es lo contrario de sobrevivir. Es decir: según este artículo, el cerebro sólo puedo ocuparse de una de esas tareas cada vez, sólo puede gastar su energía en una de esas tareas: sobrevivir o aprender, o sea, asimilar el mundo y sus enseñanzas, lo cual requiere detenerse un momento, reflexionar aunque sólo sea en ese minuto que media entre sentarse al abrigo de la hoguera que custodia la caverna y acostarse para dormir y salir a cazar no bien haya amanecido. La mutua exclusión es un poco lógica, sí, por lo elementales que siempre hemos sido como especie.

Pero a sobrevivir también se aprende, lo cual desmiente la tesis de ese artículo. La supervivencia es también un arte. Los mecanismos siguen siendo sólo dos, y siguen siendo los de entonces: atacar o huir. Sin embargo, cada uno de esos mecanismos admite una sofisticación sin par, como sólo sabe hacerla el ser humano. En este caso, la habilidad para sofisticarlo todo se traduce en afinación de lo rudimentario, no en complicación de lo sencillo.

A sobrevivir también se aprende, pero la capacidad humana para esplender es limitada y, por regla general, se suele concentrar en una única habilidad refinada hasta el tope de la capacidad de cada uno. Así pues, si uno no es el mejor en el ataque, si no es su fuerte, pero aun así quiere sobrevivir, debe ser el mejor en la huida.

A huir también se aprende, y es que hay muchísimas formas de huir. En ello no hay nada de indigno; la huida se reviste de la enorme dignidad de quien lucha por sí mismo. Además, escoger la huida cuando uno sabe que el ataque es suicida es lo único inteligente.

A huir también se aprende, y uno va mejorando en ese arte. Huir no es sólo echar a correr en el momento en que se detecta al enemigo o se sabe uno descubierto por él; huir es dar esquinazo sin que el otro se dé casi ni cuenta, saber avanzar sorteando ramas caídas y hojas secas, aprender a dar pasitos de bailarina o de equilibrista sin red, vestirse de camaleón o hacerse un traje con la maleza del bosque, confundirse entre las sombras, ser uno con el silencio.

Saber huir es también saber hacerlo bien: una retirada a tiempo en busca de un refugio seguro donde pasar el invierno, siguiendo la ruta marcada por luna y estrellas, sabiendo que uno ha de volver al mismo campo de batalla algún día, cuando las fuerzas ya no sean desiguales; quien no sabe huir acaba huyendo de sí mismo, perdido entre el boscaje, despeñado por el acantilado.

Huir es también dar un paso atrás cuando intuimos delante las arenas movedizas, aunque estén ocultas bajo la hojarasca; esquivar el rayo y aplastarse bajo el saledizo de las rocas para guarecerse de la tormenta, aguantar la respiración y contar hasta diez y luego volver a empezar, quedarse quieto cuarenta días y cuarenta noches hasta que nuestro enemigo haya sido aplastado por su propio enemigo o, en última instancia, por su karma. Por eso, el que bien huye es asimismo el que bien confía; sólo huye con esperanza quien además tiene fe.

Huir es saber convertirse en hielo ante el fuego; el fuego derrite el hielo, pero la blanda agua extingue el furioso fuego.

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