Archivo mensual: septiembre 2013

Muchas veces sucede que se intenta tapar una verdad -grande, como todas las verdades- con una mentira pequeña -como lo son todas.

Y funciona. Siempre funciona. La mentira pequeña tapa la gran verdad.

Quiero decir que funciona a nuestros ojos. Nosotros estamos a este lado del espectáculo, sólo vemos lo que se nos ofrece cara a cara. No vemos la tramoya. Si tuviéramos múltiples puntos de vista, ninguna mentira nos distraería ni nos convencería ni por un segundo. Pero no es así.

La mentira pequeña es como un dedo humano, tan diminuto y tan insignificante, colocado justo entre el sol y los ojos. Se guiña un ojo y ya está, el sol se oculta.

Somos así de fáciles de engañar. Pero casi siempre interviene, al menos en cierto grado, nuestra voluntad, nuestra disponibilidad para ser engañados.

Es tan fácil como mirar el dedo que tapa el sol y no a ningún otro lado.

Concentrar toda nuestra atención en lo que tapa, en lugar de en lo tapado, aunque éste sea mucho mayor y, además, resplandezca.

Alguien célebre dijo, con cinismo, que la verdad resplandece al final, cuando todo el mundo se ha ido. No es cierto; la verdad resplandece siempre. Que el público se vaya antes o después no cambia en nada ese hecho.

La mentira es casi siempre bonita, y es conveniente para la mayoría. Pero la verdad es lo único que lo explica todo y lo único que desata todos los nudos. La verdad va de la mano con la paz y con la libertad o, si lo prefieren, con la liberación.

Millones de voces pueden repetir, reforzar, elogiar e idolatrar una falsedad pero no por eso prevalecerán para siempre. Lo malo es que el tiempo humano es mucho más efímero que el tiempo de la verdad.

La verdad puede mudar de piel, puede adoptar la forma que quiera, puede solidificarse o derretirse, pero es energía y nunca desaparece. La verdad puede provocar las burlas de la gente, o puede provocar las iras de quienes prefieren no ver, pero la verdad es lo más indestructible del mundo, porque no pertenece al mundo. Por eso la parte de nosotros que está por encima de las cosas del mundo la reconoce al instante. Late en nuestras tripas con la fuerza del universo, con la misma fuerza silenciosa e incontestable de antes del principio de los tiempos. Esa parte de nosotros puede reconocer al instante al hombre malvado, al que se escuda en la mentira. Esa parte de nosotros de la que cada vez estamos más alejados. Porque interponemos la mano entre nuestros ojos y el sol.

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En la hora mágica, en la que el día es como un pastel

de fresas, con un dulzor muy sutil.

Y la ciudad es mía, sólo mía:

hace un minuto, las luces de la máquina barrían las calles

y no había nada más.

Sólo aquel rugido, igual al del león salvaje acercándose

y el hombre que lo acechaba con el hacha en la mano, un poco amigo suyo.

Pero hoy, miles y miles de años después, hay chicos que acuden en grupos o goteando,

todos en la misma dirección, como zombis disciplinados, que comen galletas y bocadillos.

Todos acuden, es una afluencia ordenada, un poco rugiente, igual que aquel león,

y todo es tal como tiene que ser.

A pesar del león y de que el pastel se convierta en un plato vacío,

o gracias a ellos es todo como tiene que ser.

Pese o gracias a todo ello no hay nada exactamente mejor que esto.

Exactamente, no hay nada mejor.

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De la tierra, lo mejor es lo que nunca tocamos;

de la tierra, yo quiero el cielo.

Cuanto más arriba mires, más motivos tendrás para el consuelo.

En el cielo no hay trazas de ninguna obra nuestra, no hay vestigios,

es el equívoco espejo del ideal de la creación; es como si nunca hubiéramos existido,

como si nunca hubiéramos manchado, destruido ni manipulado nada,

como si nunca lo hubiéramos constreñido, exprimido, agujereado ni agobiado

con nuestro deseo y nuestra codicia.

El cielo es como sería la tierra sin nosotros,

y de él viene todo lo bueno y lo deseable,

la promesa de un mañana que siempre está por llegar y hasta hoy no se ha cumplido nunca.

Del cielo fluye la belleza que nos inspira,

del cielo llega el sol y viene el agua,

del cielo bajan los vientos y del cielo desciende el hálito divino,

del cielo descienden los ángeles y, en fin, en el cielo está Dios.

Aunque no tenga en el día nada bello que echarme a la vista,

siempre podré levantarla por encima de nuestras cabezas, y ver el reflejo de lo inmutable,

un pequeño mensaje que ahora está, ahora no está,

que si parpadeo, lo pierdo hasta que vuelva una vez más:

de que hay un tiempo en el que el tiempo humano no existe,

de que ningún afán mío acelerará el transcurso ni un segundo,

de que la tenue alfombra de nubes otoñales me muestra el camino,

de que hay siempre un rey que todo lo rige, y el sol es su corona.

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Oda a The Wire

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El amor llega así, de esta manera; el amor, en general. Y fue así como un día y dándose las condiciones oportunas y habiéndose conjugado los planetas de la forma que precisaba ser, yo, que dejé de ser teleadicta cuando lo dejé de ser, hace muchos años ya, tomé prestado un DVD de The Wire y me enamoré a primera vista.

Hay muchos fans de The Wire, aunque nunca habrá tantos como esa serie se merece. De hecho, se merece que la población mundial en su totalidad la vea y la ame, así que nunca obtendrá el crédito que debería obtener. De la gente que sí se ha rendido a sus pies, es decir, de los que estamos enamorados de ella, para algunos fue un enamoramiento otoñal, para otros hicieron falta varias citas, conocerse mejor, saber de qué iba el otro y demás. Y para otros más, entre los que me cuento, ya digo: al primer tortazo.

Es difícil explicar qué es lo que cuenta The Wire y sobre qué trata. Si tuviéramos que escribir una sinopsis aséptica y destinada a la contracubierta de un estuche de DVD, podríamos poner que es una serie policiaca estadounidense ambientada en Baltimore, una ciudad que se nos presenta sumida en una crisis endémica que poco tiene que ver con crisis económicas o financieras puntuales, y que describe el enfrentamiento entre señores de la droga y policías. Esa sinopsis se podría extender más, todo lo que quisiéramos, añadiendo, por ejemplo, que en la primera temporada se centra en la arquitectura del negocio de la droga en las calles, introduciendo varios personajes que cortan el bacalao de maneras distintas y a otros que son los encargados de hacer cumplir la ley; en la segunda temporada, nos habla del estado -corrupto- de cosas en el puerto, con sus propias luchas de poder, sus grupos de presión y sus oscuros intereses; en la tercera, continúa contándonos el devenir de los amos de las calles de Baltimore y el advenimiento de nuevos líderes y de algún que otro justiciero muy sui generis; en la cuarta temporada nos describe el fracaso absoluto y sin paliativos del sistema educativo, que no puede evitar que a los niños y adolescentes les salga más a cuenta y les resulte más atractivo vender droga en una esquina e integrarse en las redes del narcotráfico controladas por sus propios vecinos que estudiar para un futuro sobre el que nadie puede venderles milongas; y, en fin, en la quinta, nos mete en la redacción de un periódico y sigue narrando la historia de los personajes que ya conocemos, introduciendo el punto de vista de los periodistas para, al final, coronar y redondear de magnífica forma la historia de podredumbre, corrupción y enmerdamiento totales de la vida en todas sus esferas: política, económica, social, judicial, policial, educativa, periodística y, por supuesto, individual y personal.

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Se habrán dado cuenta de que en el párrafo anterior me refería repetidamente a la corrupción, y de hecho The Wire trata sobre eso, sobre la corrupción como enfermedad social pero también moral, de cada uno, y de la responsabilidad que cada uno tiene sobre las cosas; al final, si cada uno de los personajes moralmente tarados de The Wire -reflejos exactos de las personas de carne y hueso, porque The Wire es la única serie que yo haya visto que me dé constantemente la sensación de estar mirando la vida real por una ventana, no una fabricación, ni una tergiversación o manipulación de ella en ningún sentido- no hiciera las pequeñas o grandes cesiones de moral que hace, el resultado final, el mensaje y la pregunta finales que nos deja The Wire no serían tan desoladores.

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Pero decir que The Wire es una serie sobre corrupción es quedarse muy cortos y negarle a esta historia su poder, aquello en que radica su gloria. Y es que The Wire es, para mí, el único producto televisivo o cinematográfico que puedo recordar que es, a la vez, portador de mensaje y mensaje mismo, ya que, al final, en la mirada reflexiva, cínica y cansada del policía Jimmy McNulty, que parece abarcar todo Baltimore y a todos los pequeños y grandes buenos y malos que viven y mueren en él cada día, yo veo una aceptación de las cosas, un esto es lo que hay inapelable, y ello a pesar de que él mismo, el propio McNulty, ha sido a lo largo de toda la serie un rebelde contra el estado de las cosas; pero, al final, si bien no derrotado, sí lo vemos resignado. Esto es lo que hay, piensa McNulty y pienso yo, y es lo que hace que exista The Wire como mensaje: el propio nacimiento de The Wire, su existencia hoy para todos y para los televidentes del futuro, es producto de una resignación, rebelde pero resignación a pesar de todo, o rebelde aceptación de las cosas, si queremos ser menos pesimistas. Porque quienes están detrás de The Wire, gente muy inteligente a juzgar por su creación y por los extractos de entrevistas que he podido ver, saben que ni un millón de series, de libros, de reportajes, de campañas de concienciación, de asuntos escandalosos sacados a la luz con objetivos depuradores de responsabilidades, nada de eso servirá para cambiar las cosas. Eso no es excusa para que dejemos de conocerlas y para que miremos a otro lado ante el desastre de sociedad que hemos producido y que estamos perpetuando entre todos, y para eso está The Wire, por ejemplo; pero lo más probable es que ningún bienintencionado samaritano pueda nunca cambiarlas ni un ápice -salvedad hecha, claro, del ápice referido a nuestro prójimo más cercano, encarnado por ese Bubbles que recibe el altanero desprecio de dos feligresas y del acaudalado pastor de una iglesia cuando les mendiga algo para comer.

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En The Wire, ningún personaje es completamente bueno ni completamente malo, o casi ninguno; los malos que no muestran nada de humanidad sí muestran, al menos, algo de debilidad que nos ayuda a sentirlos primos hermanos nuestros. Hay policías honrados y policías delincuentes; hay criminales psicópatas y criminales justicieros. Hay profesores y políticos que sólo piensan en encuestas y en cómo conseguir financiación pública y profesores y políticos que se dejan la piel por aquellos a quienes sirven. Hay niños indefensos y niños pistoleros. Hay de todo, porque todo en The Wire es muy humano. Es imposible no amarlo, porque es la realidad misma. Es la realidad tal y como es, nos guste o no. La mayor parte de las veces, acabará no gustándonos, y es que nadie nos garantiza que nuestro personaje favorito vaya a sobrevivir hasta el último episodio o que, si lo hace, tenga el final feliz que nosotros desearíamos para él, ni que el malo malísimo vaya a recibir su castigo o que tenga un final climático con el que nosotros podamos limpiar nuestra conciencia o descargar parte de nuestra adrenalina. The Wire no nos lo pone fácil, no nos señala la salida con luces ni nos abre la puerta para que salgamos. La salida nos la tenemos que buscar nosotros mismos, habiendo invertido inteligencia y emociones en el camino. Es como la vida misma. Es la vida misma. Nadie nos garantiza nada, y gracias a esa falta de garantías, a esa incertidumbre total, somos tan libres como queramos ser, nunca menos, pues podemos dar nuestro corazón a quien queramos, podemos apostar por quien queramos. The Wire es una experiencia absorbente y puede llegar a ser frustrante por lo pesimista -aunque profundamente humano- de su mensaje, pero es también una experiencia de libertad y de riesgo: seguir viendo sin poder prever la siguiente secuencia, invertir emocionalmente en este personaje aunque vaya a sufrir una muerte indigna en el próximo episodio, encontrarte con que el malo te sorprende y empieza a recordarte a lo que sería una buena persona con muchas capas oscuras por encima, o querer a toda costa que prevalezca el bien y darte cuenta de que lo que prevalece es aquello que ves cuando traspasas el umbral de tu casa: la realidad, tal como es y sin aditamentos ni maquillajes, sin complicaciones ni tonterías; la realidad, al margen de gustos y disgustos, sin risas enlatadas ni lágrimas de cocodrilo. Una realidad que es tal que así y en la que deserve got nuthin to do with it (da igual que alguien se lo merezca o no).

Amo The Wire.

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Pensar

A toro pasado, todos tenemos vista perfecta. No se nos escapa nada: vemos los ínfimos detalles y los grandes objetos que cruzan la vía, y los esquivamos magistralmente. Rectificamos todos los errores en el momento justo, y nuestra solución siempre es perfecta. A toro pasado, todos sabemos esquivar las astas.

A toro pasado.

Cuando te vienen de frente, tienes que decidir algo, ya, y no tienes tiempo de valorar, de reflexionar, de ponderar. Además, si lo tuvieras, tampoco te serviría para ser más capaz, para saber más, ni para obrar con perfecta inteligencia.

Luego, la perspectiva y el momento en el que se sitúa el espectador tiene otra cosa: los sueños, los ideales, nuestras magníficas fantasías son de una única dirección: sólo se pueden aplicar de atrás adelante, nunca al revés. Nunca hay que mirarlos ni mucho menos juzgarlos en retrospectiva (o a toro pasado, como decía). De hacerlo, corremos el riesgo de ridiculizarnos a nosotros mismos, de juzgarnos y encontrar mil motivos para condenarnos. O, como poco, de caer en ese bucle vicioso y viciado del “En qué estaría yo pensando”.

Todos tenemos momentos así. En qué estaría yo pensando cuando decidí tal cosa, cuando dije tal otra, cuando decidí hablar con fulanito. Todo se reduce a eso: juicio e inevitable condena. En qué estaría yo pensando. Ojalá hubiera estado dormido, ojalá alguien me hubiera advertido, o uno que odio especialmente: Si pudiera ir quince, o veinte, o veinticinco años atrás, le diría a mi yo de entonces esto y lo otro.

Tonterías.

Claro, que es difícil sustraerse, porque muchos de esos momentitos resultan ser momentitos de ésos claves en la vida, o algo así. De los que dependen muchos momentos y circunstancias venideros. Nos gusta decir que tal o tal cosa “decidió nuestro destino” o que “qué diferente habría sido todo si…”. Es una forma de engrandecer nuestra historia y nuestra figura; de repente, retratarnos como héroes de tragedia griega con algo muy importante que hacer, una misión trascendente.

Bueno, ahora lo confieso: he solido llegar a preguntarme eso con respecto a mi elección profesional, a lo que decidí estudiar en la Universidad: Periodismo.

Las razones me las sé todas de memoria (he estado ahí muchas veces) y una de ellas es que, conociéndome, sé que me habría hecho exactamente la misma pregunta de haber sido mi elección otra cualquiera: Filología, Derecho u otra cualquiera. Ha habido otras: un periodista tiene que ser así y asá y yo no soy exactamente de esa manera; es una profesión en crisis y desprestigiada; le das una patada a una piedra y sale un periodista; cualquiera vale para ser periodista y, de hecho, no debería ser carrera universitaria (con estas afirmaciones no estoy de acuerdo, pero suelo pensar a veces que, si toooodo el mundo opina una cosa, debe de ser verdad -es un error, por cierto; no tiene por qué ser verdad y de hecho, muchas veces, el que todo el mundo opine una cosa significa que es muy probable que no sea cierta) y yo debería haber escogido algo más difícil y más selecto, etc.

Entre los motivos más perdonables para que una persona -un niño o niña, en realidad- de 18 años escoja la profesión que quiere estudiar está la idealización, la glamurización de esa profesión. Dicho en plata: visto en películas, leído en novelas, imaginado en la imaginación, toda profesión tiene su aura magnética, llena de encanto, de glamour, de aventura, incluso de heroismo. Cuando uno se imagina algo para sí mismo, nunca se lo imagina en su peor especie. Uno siempre aspira a lo mejor, o a lo que cree que es lo mejor. Aunque sepa que es improbabilísimo que se convierta en realidad. Es lo que debe hacer y lo contrario sería poco valiente. Pero, claro, uno no tiene ni idea de cómo es la realidad; tiene sobre la realidad menos elementos de juicio, menos conocimiento del que tiene sobre la fantasía. Uno no se imagina cómo van a ser las cosas, y luego son como son y a uno le pilla eso siempre con el pie cambiado. Y esto es verdad para todas las cosas que en algún momento llegamos a planificar para nuestra vida.

La profesión de periodista no es lo que solía ser pero tampoco es lo que muchos creen que es ahora mismo. El paro es galopante y contento debe estar cualquier recién licenciado de encontrar un trabajo en lo suyo. La independencia periodística es un ideal, no existe en ningún medio, y hoy día es probable que esté más valorada una persona que escribe un blog sobre los inacabables productos de la cadena Inditex y sobre cómo combinarlos que un periodista puro y duro que gestiona información sobre política, economía y sociedad de la comunidad social que sea. Y, por otro lado, historias como la del caso Watergate son recordadas porque sólo hay una cada varias décadas. La mayoría del tiempo no hay exclusivas, ni historias-bomba, ni ejercicio ninguno de eso que se llama Cuarto Poder.

Hace tanto tiempo que soy periodista, que ya es algo que doy por hecho, como nos pasa con todas las cosas cuando dejan de ser novedad: dejan de sorprendernos, dejan de llamarnos la atención.

Pero cuando me paro y me fijo en ello detenidamente, cuando veo la cosa en todos sus valiosos detalles, cuando veo lo que hago y aquello que configura lo que es mi trabajo, la delicada labor hecha de pequeñas decisiones engarzadas con la que se encauza una cosa y otra, cuando me doy cuenta de la pila de páginas que he escrito y de que cada una de ellas me suscita un recuerdo concreto y de que supone una porción de tiempo de mi vida entera, pienso que acerté, que no pude haber dado más en el clavo.

En qué estaríamos pensando cuando tomamos aquella decisión… No lo sé, seguramente en otra cosa, en cualquier cosa, pero también en ese momento había Alguien que estaba pensando en lo que era mejor para nosotros.

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Me pregunto por qué tantos poetas son personajes trágicos de nuestro tiempo. Casi diría que héroes trágicos. Voto porque la acción poética sea considerada acción heroica; yo diría que lo es.

Yo ya tengo mis hipótesis: lo son porque a nadie le importa lo suficiente la poesía.

Si a una mayoría de gente y, sobre todo, si a los poderes fácticos les importara algo la belleza, la nobleza, los ideales, la esencia del ser humano y la búsqueda de la verdad, por mencionar sólo algunas de las misiones del poeta, seguramente no serían tantos los poetas abocados a vivir vidas tan trágicas, tan desprestigiadas, tan como de apunte al margen o, peor aún, de nota manuscrita al pie, sin asterisco ni nada siquiera.

Si la poesía importara más, quizá muchos de los poetas de nuestro tiempo y de otros, aunque su alma siguiera siendo lo que es por ser hija de algo muy misterioso y muy profundo que todavía se nos escapa pero que vive y respira allá a lo lejos, más lejos aún que el último confín de la última de esas galaxias que dicen que orbitan junto con la nuestra,vivirían la vida en un parque de atracciones o en un palacio, y no precisamente de marfil, en lugar de vivirla debajo de un puente, sin poder dormir por las fieras nocturnas y por los trenes intempestivos que provocan tanto insomnio.

Muchos poetas, soñadores, idealistas, visionarios, genios o simplemente personas inteligentes e iluminadas de muy diversos modos viven recluidos y otros viven como en un eterno cansancio, el que se origina de llamar y llamar y que siempre les dé comunicando, comunicando, comunicando.

Aunque imagino que son mayoría, afortunadamente, los que todavía siguen esperando sus respuestas y que todavía no se han cansado de marcar números. Porque puede que, en una de éstas, en algún lejano lugar, alguien conteste y sea alguien que entienda lo que está a punto de oír. Aunque no lo entienda realmente; es un modo de hablar.

Yo pienso que la poesía tiene todas las de ganar. Los malos están perdiendo, sólo que muy, muy despacio.

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Estoy soñando con algo que no acaba nunca.

Y estoy soñando con un descanso, en una playa blanca.

Estoy soñando, siempre soñando.

Nunca estoy del todo aquí, aunque necesite el del todo aquí para ser totalmente yo, para poder seguir las instrucciones.

Ahora sueño con gente que no he visto nunca; son ahora mis amigos, son mis anfitriones,

me ayudan a subir la compra, me enseñan adónde ir con un mapa,

me acogen en esta ciudad hermosa donde he aterrizado,

me socorren y me reafirman cuando el metro va dando bandazos conmigo dentro.

Gente a la que veo perfectamente, cosas que no han sucedido nunca ni sucederán jamás,

vistas con el detalle de mi imaginación, un microscopio de millones de aumentos sin igual en la ingeniería presente o futura.

Esto es, esto es la verdadera alquimia genética;

esto es, esto es el auténtico progreso humano:

poder estar aquí mientras estás allí,

poder tener un lugar sólo para ti,

oírles y asentir para ellos y, a la vez, estar muy lejos de aquí,

todo al mismo tiempo,

todo al mismo tiempo.

Si me pinchan, estallarían universos enteros

en una implosión expansiva que reiniciaría nuevamente los tiempos.

Si me pinchan, no sangro

sino que destilo néctar rosa y vitaminas para las flores de mi jardín,

envío batallones de mariposas, legiones de hadas,

salgo volando sobre mis patines alados para cruzar al menos la mitad del mundo.

Estoy soñando, siempre soñando,

soñando ahora con palabras que yo creo, palabras vivas

desfilando ante mis ojos, y luego echándose a dormir

como yo.

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Verano

En verdad, en verdad digo que esperaría que muchos estuvieran de acuerdo conmigo en esto en particular: el verano es un rollazo.

No sé si el verano me desagrada más en su vertiente social o meramente meteorológica-física-climática-térmica. Creo que es una combinación de ambos factores, que se mezclan con una precisión casi alquímica; de hecho, todos los años se produce el mismo resultado, al menos para mí. No importa qué sucesos concretos acontezcan ese año: el resultado es siempre un auténtico rollazo.

El verano es esa estación en la que uno es un pasajero solitario, alguien que viaja sin compañía, que es lo más solo que uno puede estar en toda su vida. Es una estación en la que uno va a parar, como si se apeara del tren para fumar un cigarrillo y se quedara colgado, sin poder entender lo que dicen los letreros, ni poder hacerse entender por el guardagujas ni el taquillero. Uno quizás crea estar en medio de algo emocionantísimo, la aventura de su vida -tal vez incluso haya dejado escapar el tren deliberadamente y con toda idea-, pero, cuando el sol se oculta y arrecia la noche en un lugar solitario, uno se da cuenta: sigue siendo el mismo de siempre, y ahora, además, está solo.

Es como esa playa abarrotada de un lugar de moda, quizá un lugar al que uno siempre ha querido viajar. Está allí de vacaciones y sonríe, se ríe abiertamente de cualquier cosa, bebe un refresco, se da un chapuzón. Lo está pasando bien, o eso cree. Es que se sabe obligado a ser feliz. O quizá no lo sabe, pero su inconsciente sí lo sabe; tiene la lección bien aprendida. En verano, es como si todos tuviéramos la obligación de estar contentos. Es una estación dictatorial a la que tenemos que rendir tributo. Es obligado y es algo universal.

En otros países no tienen nada como un mes de vacaciones, eso sólo pasa aquí. Por eso, durante ese mes, agosto, el verano es un grado peor aún. Es como esa lámpara enfocada directamente a la cara de uno mientras lo interrogan; de pronto, la lámpara, que ya nos quemaba con todo su vataje, sube un grado más. ¡Imposible!, nos decimos; el ardor ya era insoportable. Pues no; podía ser peor, y ahora, lo es.

En un verano de hemisferio norte típico, al menos en estas latitudes -pero también en muchas otras, no necesariamente cercanas al Mediterráneo ni al sur de Europa-, el sol calienta tanto que la gente huye de él, pero no sólo la gente; todo huye de ese sol: los árboles se retuercen, la hierba se reseca, hasta los edificios se encogen sobre sí mismos un par de centímetros. El asfalto se derrite, intentando vanamente escurrirse por cualquier cloaca hasta el abrigado y umbrío alcantarillado, allí, debajo del suelo; los niños desaparecen sin dejar rastro, huyen de las calles; las persianas caen, sin poder seguir alertas, exhaustas ya; el agua se evapora; la electricidad disminuye y deja a menudo vacantes tendidos eléctricos y semáforos; y, en fin, el aire mismo se licua y deja de estar allí, deja de proporcionarnos el menor alivio. Estamos solos. Somos ese viajero que se bajó donde no debía y ahora no tiene ni idioma, ni rumbo, ni propósito; sólo tiene una maleta que no puede abrir, porque no tiene ningún lugar seguro donde hacerlo. Además, si lo hiciera, ¿de qué le iba a servir el pijama que lleva dentro? No tiene donde dormir.

En verano, el calor es tan fuerte que no hay lugar ni posibilidades de subsistir para nada ni nadie; en este desierto sólo hay sitio para uno, forastero. El forastero somos nosotros, y tenemos que irnos por pies. Hasta las festividades han tenido que esconderse en el motel, haciéndose fuertes con rifles y whisky hasta que llegue el Séptimo de Caballería del general Otoño. Dunas y más dunas movedizas de tiempo habrán de llegar, pasar y ser finalmente superadas hasta ese momento.

Los colores y los frescores hace tiempo que han agitado sus calzoncillos blancos en señal de claudicación. En verano, todo está amortiguado. Refulge tanto que apartamos la mirada, obligados; si no lo hiciéramos, si pudiéramos mirar el sol cara a cara, nos daríamos cuenta de que es un gran mentiroso, de que sólo quiere estar ahí en su trono, a solas, y regodearse en su propia majestad.

El verano es ese puente que media entre la terapéutica primavera y el sereno -y serenante- otoño. Es un puente hecho de marfiles, refinados cristales, perlas, rubíes engastados, alfombras rojas. Estamos cegados por él. Tenemos que cruzarlo, no hay ningún otro camino, no se puede vadear el río. Nos han dicho que en algún punto de esa pasarela hay un gran tesoro. Caminamos, caminamos, enloquecidos por la perspectiva. Para cuando nos damos cuenta de que nadie ha encontrado nunca ese tesoro, ya hemos cruzado más de la mitad. Miramos atrás, pero lo que dejamos atrás ya no se ve; sólo queda seguir. Sólo que ahora sí notamos el sol que pica sobre nuestra espalda.

Yo estoy muy contenta de que se termine otro verano más.

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El arte de huir

Hoy he leído un artículo que venía a decir que aprender es lo contrario de sobrevivir. Es decir: según este artículo, el cerebro sólo puedo ocuparse de una de esas tareas cada vez, sólo puede gastar su energía en una de esas tareas: sobrevivir o aprender, o sea, asimilar el mundo y sus enseñanzas, lo cual requiere detenerse un momento, reflexionar aunque sólo sea en ese minuto que media entre sentarse al abrigo de la hoguera que custodia la caverna y acostarse para dormir y salir a cazar no bien haya amanecido. La mutua exclusión es un poco lógica, sí, por lo elementales que siempre hemos sido como especie.

Pero a sobrevivir también se aprende, lo cual desmiente la tesis de ese artículo. La supervivencia es también un arte. Los mecanismos siguen siendo sólo dos, y siguen siendo los de entonces: atacar o huir. Sin embargo, cada uno de esos mecanismos admite una sofisticación sin par, como sólo sabe hacerla el ser humano. En este caso, la habilidad para sofisticarlo todo se traduce en afinación de lo rudimentario, no en complicación de lo sencillo.

A sobrevivir también se aprende, pero la capacidad humana para esplender es limitada y, por regla general, se suele concentrar en una única habilidad refinada hasta el tope de la capacidad de cada uno. Así pues, si uno no es el mejor en el ataque, si no es su fuerte, pero aun así quiere sobrevivir, debe ser el mejor en la huida.

A huir también se aprende, y es que hay muchísimas formas de huir. En ello no hay nada de indigno; la huida se reviste de la enorme dignidad de quien lucha por sí mismo. Además, escoger la huida cuando uno sabe que el ataque es suicida es lo único inteligente.

A huir también se aprende, y uno va mejorando en ese arte. Huir no es sólo echar a correr en el momento en que se detecta al enemigo o se sabe uno descubierto por él; huir es dar esquinazo sin que el otro se dé casi ni cuenta, saber avanzar sorteando ramas caídas y hojas secas, aprender a dar pasitos de bailarina o de equilibrista sin red, vestirse de camaleón o hacerse un traje con la maleza del bosque, confundirse entre las sombras, ser uno con el silencio.

Saber huir es también saber hacerlo bien: una retirada a tiempo en busca de un refugio seguro donde pasar el invierno, siguiendo la ruta marcada por luna y estrellas, sabiendo que uno ha de volver al mismo campo de batalla algún día, cuando las fuerzas ya no sean desiguales; quien no sabe huir acaba huyendo de sí mismo, perdido entre el boscaje, despeñado por el acantilado.

Huir es también dar un paso atrás cuando intuimos delante las arenas movedizas, aunque estén ocultas bajo la hojarasca; esquivar el rayo y aplastarse bajo el saledizo de las rocas para guarecerse de la tormenta, aguantar la respiración y contar hasta diez y luego volver a empezar, quedarse quieto cuarenta días y cuarenta noches hasta que nuestro enemigo haya sido aplastado por su propio enemigo o, en última instancia, por su karma. Por eso, el que bien huye es asimismo el que bien confía; sólo huye con esperanza quien además tiene fe.

Huir es saber convertirse en hielo ante el fuego; el fuego derrite el hielo, pero la blanda agua extingue el furioso fuego.

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