La vida no es un problema que hay que resolver. Es irresoluble. Sin embargo, es lo más común encontrarnos con que la vivimos como si fuera un problema, una ecuación que sólo cada uno de nosotros pudiéramos despejar.

Es absurdo, pero buscamos explicaciones, respuestas, buscamos conectar A con B aunque en apariencia no haya tal conexión. Y nos empeñamos en que nuestra ardua tarea -infructuosa, lo sabemos, aunque no nos lo admitamos nunca a nosotros mismos- dé como resultado una respuesta.

Dicen que creer es lo contrario de saber, porque si crees una cosa, eso significa que no la sabes. Pero no es cierto, porque en realidad no sabemos nada, sólo creemos saberlo, de modo que creer y saber son sólo palabras, sólo eso, son sólo subterfugios verbales que empleamos para dar a entender o para convencernos a nosotros mismos de que estamos al mando, de que entendemos de qué va esto de la vida, de que tenemos al menos algunas respuestas, o quizá unas pocas, pero eso sí, las más importantes, las que hay que tener para triunfar en la vida.

No sabemos nada, sólo tenemos diferentes grados de convencimiento en nuestras creencias. Pero la vida es eso: un juego de creencias. De algunas estamos tan seguros, que las llamamos certezas, decimos que sabemos de qué hablamos, vivimos como si esos hechos fueran indiscutibles, absolutos, eternos; como si tuviéramos la completa y feliz seguridad de que nada de eso va a cambiar jamás, o de que todo eso es así, simplemente así, y punto. Tan seguros estamos, o tan acostumbrados estamos a ver las cosas de esa manera concreta y de ninguna otra, que jamás nos cuestionamos esas cosas que creemos saber.

Pero lo cierto es que la vida es un juego en el que sólo se admite apostarlo todo a un solo número, y sólo a ése. Y ese todo que apostamos, nuestro patrimonio, es la propia vida, nosotros mismos, nuestra integridad, nuestra experiencia vital, el tiempo que estamos aquí, nuestro proyecto, sea cual sea. Establecemos objetivos y construimos experiencias utilizando el sentido de esa apuesta como guía maestra. Nuestra apuesta configura todo lo que tiene valor para nosotros, y decide nuestro siguiente paso.

Y todos somos igualmente ignorantes. Podemos guiarnos por nuestra intuición, por nuestra razón, por datos supuestamente probados, por hechos que creemos están sobradamente demostrados, por nuestro instinto, por lo que sea. En el fondo, ninguno sabemos nada de todo esto. Solamente creemos saberlo. Cada uno acaba descubriendo cuál es el número al que quiere apostar, la creencia o conjunto de creencias coherentes entre sí que da sentido a nuestra vida. Realmente, no creo que sea algo que decidamos de forma deliberada y reflexiva, porque no sirve de nada pensarlo; no por más pensar estaremos menos a oscuras. Sino que, por lo general, hay un algo que a cada uno le llama más que cualquier otra cosa.

Y para cuando nos damos cuenta, ya hemos hecho nuestra apuesta. Es inevitable. Lo descubrimos cuando la ruleta ya está en marcha. En realidad, nunca se para. Es una ruleta que gira constantemente, y nosotros nos apuntamos al juego in media res. Siempre está  in media res y no importa, porque es así como funciona.

Apostamos, y es esa apuesta lo único que puede dar sentido a nuestra vida, lo único que puede hacer que sea una experiencia rica y plena.

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