Porque aunque mis pies no toquen por poco la orilla, olas cálidas vienen a mi encuentro.

Las traigo yo, las creo y las arrastro con mi mano,

mientras voy remando, remando hacia delante.

Olas de agua cálidas del sol, desde las puntas de mis pies hasta el extremo de mi último cabello.

Olas que traen el sol y el arco iris bellísimo, y a veces el azul como sólo es el cielo.

Olas que lo barren todo, lo echan todo afuera, lejos de mí, los restos del naufragio más reciente.

Tengo la cabeza apoyada en la arena, sosegadas ondas solares baten sobre mí, desde la corona de nuestro rey hasta los confines de mi alma.

La brisa es el hálito de la Tierra hacia mis pulmones, insuflándome vida eterna,

y el rumor de la voz de ese universo que se contrae y se expande, se contrae y se expande, corazón de la vida,

impulsando ríos de límpidas estrellas hacia las profundidades de la materia oscura, iluminándola como la aurora ilumina la noche que acaba.

Olas que vienen y que van, que me alcanzan y me bañan, me alcanzan y me arrastran, me alcanzan y me abrazan.

Olas que creo y que expando yo con la mano que tengo libre,

mientras con la otra voy nadando siempre hacia delante.

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