Si no tienes cancela para salir al jardín, yo aserraré una abertura entre las estacas de madera,

yo partiré la mampostería y haré una gatera para que te cueles afuera.

Y si te dan miedo las espinas, yo cortaré las rosas más bonitas para que las pongas en tu habitación,

y si te aterran las abejas, entonces aprenderé a pintar y llenaré tus paredes de cuadros de flores.

Pero si tienes alergia a los óleos y a los esmaltes, venderé mis pocas pertenencias, todas mis baratijas,

compraré una cámara y filmaré rosas, el día soleado, las gentiles abejas,

para que veas todo eso sin que nada nunca te haga daño.

Pero y si tu vista no alcanza a ver, entonces aprenderé el arte del bien hablar,

y te contaré cómo es el mundo, cómo es la vida allá lejos, cómo de intolerable es el brillo del sol en algunas tardes,

y cómo el mar, aunque esté en todas partes, ruge siempre por añoranza de su hogar.

Y si el techo de mi casa me ahoga por las noches y es como el lecho de un río muerto,

yo pintaré para mí nubes desvaídas de finales de verano, cuando llega la brisa y nos sosiega,

cuando ya no nos sentimos obligados a parecer felices y podemos ser sólo nosotros mismos;

y pintaré al lado un sol que se pone, que ya no se ve, acostumbrado a su segundo plano,

pero que sólo con esos rayos crepusculares puede apagar completamente la oscuridad,

porque llega a todas partes, porque inunda, porque no crea sombra.

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