Para vivir felizmente no hace falta drogarse ni ser millonario, aunque a veces parezca imposible. Lo único que necesitamos es sentirnos un poquito a gusto con la vida, sentir que estar aquí no es un eterno fregar suelos de rodillas y arrastrarse por el desierto suplicando maná. A diario, porque el estar a gusto es una flor fácilmente perecedera si no se riega todos los días (se suele hacer esa comparación con otras cosas, pero yo pienso que nada hay tan frágil como la felicidad, que lo es además de efímera y racheada), pero una pizca, porque la flor es de bajo mantenimiento y muy agradecida.

Dicen que las mejores cosas de la vida son gratis, pero yo añadiría a ésas aquellas otras que son baratas. O sea que las mejores cosas de la vida son, algunas, gratis, y otras, asequibles a casi todo el mundo, con poco dinero. En verdad, no es ese bien material el que proporciona la felicidad, sino el hecho de conseguir algo, o de conseguirlo por fin; o bien la satisfacción la obtenemos a través de ese modesto dispendio, pero no precisamente por el objeto que adquirimos. Por ejemplo, si vamos a unas rebajas y nos hacemos con el último ejemplar de un jerseycito monísimo que se disputan decenas de clientes; o si llevamos privándonos de comer dulces por estar a régimen y un día nos concedemos el premio de un helado. Cosas así.
Pero hace falta algo así todos los días. Llámenlo consuelo, si lo prefieren. Sí, ese nombre es bastante exacto, creo: un momento de consuelo, como un abrazo que nos da ánimos para seguir.
Por eso, la gente que consume, que consumimos cosas simplemente entretenidas, simplemente gratificantes aquí y ahora -me refiero a consumir series de televisión, libros, determinados alimentos- no es que seamos tontos, ni vagos mentales, ni que no pillemos el chiste de productitos muy elaborados y recargados, sino que simplemente no nos da la gana de enfangarnos cuando podemos no hacerlo, cuando podemos yacer en la orilla del mar, tranquilamente, de espaldas al sol, con los ojos cerrados, dejándonos mecer. No nos da la gana de nadar a contracorriente cuando podemos sencillamente descansar, dejarnos llevar, sentir un poco de satisfacción, un poco de gratificación.
Vemos determinadas series y leemos determinadas novelas que no rompen moldes, ni contienen mensajes cifrados para los seguidores más listos, sencillamente porque nos dan placer, porque nos reconcilian con el hecho de estar aquí. Hacemos determinadas cosas sin trascendencia; banales, si quieren, porque, aunque sabemos que son lo que son y que se agotan en sí mismas, nos encanta hacerlas porque nos hacen sentir bien, nos dan ese bienestar gratuito que necesitamos.
No aspiramos a más porque, aunque podemos, no nos da la gana.
La gente normal que conozco tan sólo quiere estar un rato en paz y tranquila, nada más, sólo que le dejen respirar sin sentir que le constriñen el pecho.
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