Imaginación

Somos seres que un día alguien imaginó. Somos seres hechos de imaginación. La persona más afortunada del mundo es la persona con una gran imaginación. La persona más desgraciada del mundo, también. La persona con la vida más estable, más solida y tan invulnerable como la creencia de un fanático o una pirámide de Egipto es justamente la persona que carece de imaginación.

De las personas que mencionaba justo ahora, la muy afortunada y la muy desgraciada son casi iguales. Se parecen entre ellas mucho más que cualquiera de ellas se pueda parecer a la persona sin imaginación. La diferencia está en cómo usa cada una su don, su talento, o su capacidad. La persona optimista y la persona ansiosa, asustada o preocupada sin razón o más allá de lo razonable son, en esencia, una persona imaginativa, sólo que una utiliza esa herramienta para su propio beneficio, y para la otra, la imaginación se ha convertido casi en un monstruo, en algo autónomo que actúa casi como si tuviera voluntad y sentido propios.

Uno sencillamente no sabe cómo ni cuándo se convierte en optimista o pesimista. Uno puede llegar a ser tan consciente de ello como del momento exacto en que aprendió a andar o a hablar. Es probable que sea producto de un aprendizaje, de la misma manera en que esas habilidades que forman parte de nosotros mismos -hasta el punto de que cierta manera de andar, cierta manera de pronunciar, de modular, de echar el pie para adelante, de movernos, de vocalizar, son tan propios e inconfundibles como una huella dactilar- lo son, pero eso no quiere decir que sean algo de lo que nos podamos desprender tan frescamente, ni, por supuesto, algo que podamos desaprender y reprogramar. No somos máquinas, no somos una IBM. Somos personas con nuestras circunstancias.

Y esto viene al caso de que he leído hoy mismo una frase que me ha salido al paso, era ésa tan bonita que dice algo así como que la piedra es para el pobre y para el cansado un asiento, para el tonto o para el torpe una traba con la que se tropieza, para el violento un arma, para el niño (pobre) un juguete, y -tachán- para Miguel Ángel la materia prima de la que saca bellísima escultura. Claro, la moraleja la sabes tú y la sabemos todos, pero es una de esas cosas que a veces nos gusta que nos recuerden: todo es cuestión de actitud, dice el sabio. Y puede que sea así, no voy a decir yo que no lo sea (aunque tengo mis reparos en suscribirlo sin reparos y con rotundidad; unos reparos producto de la edad que tengo y de lo que mis sucesivas edades me han venido mostrando y recordando), pero también quiero desmentir, o protestar un poco, contra ese falso positivismo a ultranza que, cual dictadura, casi parece querer obligarnos a ser de esta manera y no de otra y de que si uno quiere, puede: ir adonde quiera, conseguir el trabajito de morondanga que quiere, pasar de cenizo a estrella, adquirir carisma y don de gentes y, entre otras cosas, dejar de ser ansioso o pesimista y convertirse en optimista. No digo que no se pueda, pero no basta con desearlo, y desde luego no es cierto que el que quiere algo y está absolutamente decidido a conseguirlo lo vaya a conseguir al final. Puede que sí y puede que no.

La imaginación, en estos ejemplos opuestos, no es algo que utilizamos consciente y deliberadamente. No nos proponemos pensar esto o lo otro. Simplemente, ocurre. Es algo que tenemos en la cabeza, algo que tiene su propia forma y su propio color, algo que está dentro de nuestra cabeza y que, poco a poco, modela y configura todos nuestros resortes, hasta decidir nuestros actos. Pero nosotros no somos conscientes de ello. El que es optimista tiene una imagen de la vida dentro de su cabeza, o la tenía, y, con el tiempo, segundo a segundo, esta imagen lo ha trascendido y se ha convertido en su realidad. No se nos escapa que imaginación viene de imagen, por lo cual podemos deducir que el optimista, cuando se ha puesto a hacer algo, cualquier cosa, por ejemplo a cocinar algo, desde el momento en que ha decidido hacerlo, tiene imperante en su cabeza una imagen exitosa de la finalización de esa tarea: en este caso, un plato rico que le sale bien. Pero lo mejor de todo es que, aun para el caso de que no sea así (otra cosa a discutir es si cabe que para este optimista el resultado pueda ser otra cosa que lo deseado, es decir, si esta persona, con su cabeza bien equipada con herramientas y mecanismos optimizadores, llegará a considerar el resultado como malo, cuando quizá una persona pesimista consideraría malo el resultado “bueno“ del optimista), nuestra persona optimista tiene ya un plan B que se acciona en su cabeza de forma automática, igual que el airbag de un coche que ha recibido un impacto: por ejemplo, puede pensar que qué afortunado es de tener comida. Esto es así porque el optimista se imagina entonces, por ejemplo, una escena de sí mismo sin nada que comer y, comparativamente, considera el suyo un resultado ideal, perfecto y deseable.

El pesimista hace justo lo contrario, claro. Pero lo bueno es que ni el uno ni el otro han decidido de antemano pensar así. La prueba de ello es precisamente la existencia de pesimistas. (Al margen de que existan pesimistas masoquistas, pero ésa es harina de otro costal allí a lo lejos.)

Sí, uno siempre se está imaginando cosas, todo el rato, pero no a la manera melodramática en que lo expresan los personajes extremos de esas películas en las que unos y otros se están acusando constantemente de cosas extralimitadas y terribles y hablan de formas imposibles y marcianas (“¡David, tú imaginas cosas! ¡Todo eso que estás diciendo es un puro disparate!”), sino de una forma espontánea y aparentemente indivisible de nuestra propia forma de ser, aunque realmente no forme parte de quienes somos nosotros en verdad; somos imaginación, pero sólo hemos aprendido a usarla, aunque no recordemos cómo ni por qué.

No podemos vivir sin imaginación. Ignoro cómo llega a configurarse nuestra cabeza para utilizar, por defecto, la imaginación a favor o en contra de cada ser pensante. Pero todos necesitamos imaginar el segundo siguiente, la década que viene, nuestro porvenir cercano o lejano. Si no pudiéramos, nada nos distinguiría de los animales. Incluso para el pesimista, muchas veces la imaginación es el último reducto. Porque, ante todo, somos seres de supervivencia. Por eso el pesimista, al final de todo y a pesar de todo, también tiene un punto de luz entre la oscuridad. Es esa lámina de luz, por delgada y quebradiza que sea, la que le permite ir tirando. Pensar: “Seguramente saldrá todo mal, pero, por si saliera bien, por una carambola del destino, sólo por esa posibilidad infinitesimal, valdrá la pena probar“. Y es también ese océano en calma que nos sujeta, sin pedirnos nada a cambio, y ese oleaje suave que nos arrulla y nos devuelve a la orilla, simplemente porque sí, porque así funciona el universo.

La imaginación puede no ser más que otro nombre que damos a la ilusión y a la esperanza, grandes o pequeñas.

Y puede que sea el nombre que le damos a un éter, a un espacio en el que flotamos todos igualmente, unos mirando hacia arriba, otros hacia abajo, sin saber que estamos todos flotando, todos seguros y a salvo, pensando que la dirección en que demos el próximo paso depende solamente de nuestra voluntad.

Si aprendiéramos a manejarla siempre a nuestro favor, qué de revoluciones haríamos, qué de gestas completaríamos, y no quedaría ni una sola de las cabezas de la hidra, ni un solo dragón para amedrentarnos.

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