Archivo mensual: agosto 2013

Estad quietos. Sólo este momento bastará, pero estad quietos ahora.

No intentéis arreglar nada. Sólo no intentéis.

No queráis acertar, ni tomar la decisión correcta.

No procuréis, no persigáis, no busquéis.

No trabajéis ni hiléis.

Sólo por este momento, estad quietos.

En esta habitación, en esta calle, sentados, de pie, en movimiento, estad quietos.

Hacedlo sólo esta vez, sólo una vez bastará. Una sola vez, un segundo en vuestra vida entera,

pero estad quietos de verdad.

No seáis recuerdo, no seáis expectativa.

No troquéis el tesoro de vuestro ser por una apariencia baldía.

Estad quietos aquí y ahora.

Yo pararé el tiempo, yo haré que nada transcurra

ni caduque. Yo calmaré vuestra sed y acallaré vuestra loca ansia.

Yo detendré en el aire la flecha hacia ninguna parte que disparáis a cada momento,

os vestiré de mayor gloria que el rey sabio,

colmaré vuestra copa y aderezaré vuestra mesa.

Estad quietos ahora, y sabed, aunque luego lo olvidéis, que yo soy Dios.

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La vida no es un problema que hay que resolver. Es irresoluble. Sin embargo, es lo más común encontrarnos con que la vivimos como si fuera un problema, una ecuación que sólo cada uno de nosotros pudiéramos despejar.

Es absurdo, pero buscamos explicaciones, respuestas, buscamos conectar A con B aunque en apariencia no haya tal conexión. Y nos empeñamos en que nuestra ardua tarea -infructuosa, lo sabemos, aunque no nos lo admitamos nunca a nosotros mismos- dé como resultado una respuesta.

Dicen que creer es lo contrario de saber, porque si crees una cosa, eso significa que no la sabes. Pero no es cierto, porque en realidad no sabemos nada, sólo creemos saberlo, de modo que creer y saber son sólo palabras, sólo eso, son sólo subterfugios verbales que empleamos para dar a entender o para convencernos a nosotros mismos de que estamos al mando, de que entendemos de qué va esto de la vida, de que tenemos al menos algunas respuestas, o quizá unas pocas, pero eso sí, las más importantes, las que hay que tener para triunfar en la vida.

No sabemos nada, sólo tenemos diferentes grados de convencimiento en nuestras creencias. Pero la vida es eso: un juego de creencias. De algunas estamos tan seguros, que las llamamos certezas, decimos que sabemos de qué hablamos, vivimos como si esos hechos fueran indiscutibles, absolutos, eternos; como si tuviéramos la completa y feliz seguridad de que nada de eso va a cambiar jamás, o de que todo eso es así, simplemente así, y punto. Tan seguros estamos, o tan acostumbrados estamos a ver las cosas de esa manera concreta y de ninguna otra, que jamás nos cuestionamos esas cosas que creemos saber.

Pero lo cierto es que la vida es un juego en el que sólo se admite apostarlo todo a un solo número, y sólo a ése. Y ese todo que apostamos, nuestro patrimonio, es la propia vida, nosotros mismos, nuestra integridad, nuestra experiencia vital, el tiempo que estamos aquí, nuestro proyecto, sea cual sea. Establecemos objetivos y construimos experiencias utilizando el sentido de esa apuesta como guía maestra. Nuestra apuesta configura todo lo que tiene valor para nosotros, y decide nuestro siguiente paso.

Y todos somos igualmente ignorantes. Podemos guiarnos por nuestra intuición, por nuestra razón, por datos supuestamente probados, por hechos que creemos están sobradamente demostrados, por nuestro instinto, por lo que sea. En el fondo, ninguno sabemos nada de todo esto. Solamente creemos saberlo. Cada uno acaba descubriendo cuál es el número al que quiere apostar, la creencia o conjunto de creencias coherentes entre sí que da sentido a nuestra vida. Realmente, no creo que sea algo que decidamos de forma deliberada y reflexiva, porque no sirve de nada pensarlo; no por más pensar estaremos menos a oscuras. Sino que, por lo general, hay un algo que a cada uno le llama más que cualquier otra cosa.

Y para cuando nos damos cuenta, ya hemos hecho nuestra apuesta. Es inevitable. Lo descubrimos cuando la ruleta ya está en marcha. En realidad, nunca se para. Es una ruleta que gira constantemente, y nosotros nos apuntamos al juego in media res. Siempre está  in media res y no importa, porque es así como funciona.

Apostamos, y es esa apuesta lo único que puede dar sentido a nuestra vida, lo único que puede hacer que sea una experiencia rica y plena.

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Porque aunque mis pies no toquen por poco la orilla, olas cálidas vienen a mi encuentro.

Las traigo yo, las creo y las arrastro con mi mano,

mientras voy remando, remando hacia delante.

Olas de agua cálidas del sol, desde las puntas de mis pies hasta el extremo de mi último cabello.

Olas que traen el sol y el arco iris bellísimo, y a veces el azul como sólo es el cielo.

Olas que lo barren todo, lo echan todo afuera, lejos de mí, los restos del naufragio más reciente.

Tengo la cabeza apoyada en la arena, sosegadas ondas solares baten sobre mí, desde la corona de nuestro rey hasta los confines de mi alma.

La brisa es el hálito de la Tierra hacia mis pulmones, insuflándome vida eterna,

y el rumor de la voz de ese universo que se contrae y se expande, se contrae y se expande, corazón de la vida,

impulsando ríos de límpidas estrellas hacia las profundidades de la materia oscura, iluminándola como la aurora ilumina la noche que acaba.

Olas que vienen y que van, que me alcanzan y me bañan, me alcanzan y me arrastran, me alcanzan y me abrazan.

Olas que creo y que expando yo con la mano que tengo libre,

mientras con la otra voy nadando siempre hacia delante.

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Brainchild (*)

La puerta de rejilla siempre está cerrada. Sólo yo tengo la llave.

Aunque muchos así lo crean, no hay atajos. Ni tampoco hay mapas. Nadie más que yo sabría cómo llegar.

Pero yo querría que la puerta fuera encontrada. Por eso, siempre he ido dejando miguitas de pan tras de mis pasos.

Sí; nada sería más hermoso que ese hallazgo.

Entonces, romperíamos la cerradura y abatiríamos la puerta.

Sólo quedarían los barrotes del armazón, pero, con un gran agujero cruzándolos, ¿qué podrían importar?

Serían un adorno más.

Sin embargo, a veces se escapa, no sé cómo ni por qué.

Y entonces, ve mis miguitas de pan y las sigue para llegar hasta mí.

Para llegar al otro lado.

A este lado.

Entonces tengo que ir en su busca. Cazarlo otra vez y llevarlo a la guarida.

Y por eso sé que no puedo nunca romper la cerradura.

Pero sigo dejando mis miguitas de pan para cumplir mis sueños de pulgarcita.

Unos sueños que a veces son pequeñitos, pero que saben a azúcar rosa y a merengue de guindas.

Se siente, se siente, si miento que se me lleve la corriente.

 

 

 

(*)

creación nf
invento nm
idea, ocurrencia nf

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Esto es una flor:                                             .

(Todavía no ha salido.)

Esto es el sol:                                                  *

(Se esconde detrás de una estrella.)

Esto es una nube:                                         ((()))

(Va por una autopista y tiene cara de velocidad.)

Esto es mi casa:                                              {[  ]}

(Vista a lomos de una perdiz.)

Esto soy yo:                                                   ❤ 🙂

(Estoy como soy.)

Esto soy yo también:                                  ZzzzzZZzzzZZZ

(Estoy soñando con algo bonito.)

Y esto… también soy yo:                             ¿?

(Se me pone esa cara cuando me despierto y miro al mundo.)

Y, bueno, esto                                                  )> (.)—–

es la luna.

(con un globo que se escapó.)

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Si no tienes cancela para salir al jardín, yo aserraré una abertura entre las estacas de madera,

yo partiré la mampostería y haré una gatera para que te cueles afuera.

Y si te dan miedo las espinas, yo cortaré las rosas más bonitas para que las pongas en tu habitación,

y si te aterran las abejas, entonces aprenderé a pintar y llenaré tus paredes de cuadros de flores.

Pero si tienes alergia a los óleos y a los esmaltes, venderé mis pocas pertenencias, todas mis baratijas,

compraré una cámara y filmaré rosas, el día soleado, las gentiles abejas,

para que veas todo eso sin que nada nunca te haga daño.

Pero y si tu vista no alcanza a ver, entonces aprenderé el arte del bien hablar,

y te contaré cómo es el mundo, cómo es la vida allá lejos, cómo de intolerable es el brillo del sol en algunas tardes,

y cómo el mar, aunque esté en todas partes, ruge siempre por añoranza de su hogar.

Y si el techo de mi casa me ahoga por las noches y es como el lecho de un río muerto,

yo pintaré para mí nubes desvaídas de finales de verano, cuando llega la brisa y nos sosiega,

cuando ya no nos sentimos obligados a parecer felices y podemos ser sólo nosotros mismos;

y pintaré al lado un sol que se pone, que ya no se ve, acostumbrado a su segundo plano,

pero que sólo con esos rayos crepusculares puede apagar completamente la oscuridad,

porque llega a todas partes, porque inunda, porque no crea sombra.

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Érase un hombre que vivía sólo en escala de grises

y aquél era su mundo.

Quería más, quería otra cosa, pedía explicaciones.

Alguien tenía que saber, alguien debía responderle.

Alguien debía ser responsable de toda aquella grisura.

Pero nunca vino nadie.

Y él nunca vio más allá de su mundo aparente, la tenue abertura de sus visillos marchitos, las sucesivas tardes polvorientas de mediados de verano.

Nunca, hasta un día en que, ya fatigado, arrastrándose por una de esas tardes -quizá fuese la última, aunque en el libro no figura nada acerca de eso-, vio que la luz del sol era brillante, muy brillante, más brillante que nunca antes.

Se preguntó entonces si siempre había sido así, porque parecía increíble

haber navegado por aquel espacio con sus andares cansinos, asomándose por encima de la verja tan sólo por si al otro lado hubiera aquella gente que le pudiera explicar, y que sólo hubiera sido ése su objetivo; ése y otro ninguno.

Porque el espacio aquél era tan y tan resplandeciente, y ahora lo veía con claridad.

Una luminosidad tal, que lo recompensaba y lo sanaba de tantas extenuaciones, de tantas travesías por un desierto sin maná,

por un campo yermo y sin esperanza de primavera alguna.

El mundo seguía siendo el mismo, pero él, no. Y aunque sólo fuese ese momento de su vida, la transmutación lo cambió todo:

el barro viejo quedó desparramado en el camino, para abonar la tierra y alimentar sus criaturas;

el oro líquido se licuó en el aire puro del nuevo día, ascendiendo hacia los cielos en invisibles columnas con forma de perfecta espiral.

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Ya pasa otro día agotador, otro día de cumplir tu misión.

Tu misión de casi salvar al mundo, sin que se dé cuenta.
Mientras nadie lo sabe, te quedas en vela (¡tantísimas noches de tu vida!)
observando cómo se forma en tu mente otra idea genial.
¿Dónde andarás ahora? ¿En qué locas aventuras te has enredado esta vez?
Cada vez más canas quedan en tu peine, y sin embargo eres
la casiheroína más pequeña del mundo.
Una casisuperheroína que nunca descansa,
con siempre miles de problemas enormes que solucionar.
¡Alguien tiene que preocuparse de todo eso!
¡De lo que nadie más se preocupa, nunca!
A alguien le tenía que tocar esa misión.
Casi has salvado al mundo tantas veces que podrías llenar varias vidas humanas con tus victorias;
sin embargo, por el día te calzas tus gafas y ya nadie puede verte.
Siempre has estado a punto de darle la gloria al mundo;
sólo ha faltado un gramito de paz; sólo un pasito
de tus sueños a la realidad.
¡Cuántas veces has salvado a toda la humanidad mientras dormías
y ni tú misma lo has sabido nunca!

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Para vivir felizmente no hace falta drogarse ni ser millonario, aunque a veces parezca imposible. Lo único que necesitamos es sentirnos un poquito a gusto con la vida, sentir que estar aquí no es un eterno fregar suelos de rodillas y arrastrarse por el desierto suplicando maná. A diario, porque el estar a gusto es una flor fácilmente perecedera si no se riega todos los días (se suele hacer esa comparación con otras cosas, pero yo pienso que nada hay tan frágil como la felicidad, que lo es además de efímera y racheada), pero una pizca, porque la flor es de bajo mantenimiento y muy agradecida.

Dicen que las mejores cosas de la vida son gratis, pero yo añadiría a ésas aquellas otras que son baratas. O sea que las mejores cosas de la vida son, algunas, gratis, y otras, asequibles a casi todo el mundo, con poco dinero. En verdad, no es ese bien material el que proporciona la felicidad, sino el hecho de conseguir algo, o de conseguirlo por fin; o bien la satisfacción la obtenemos a través de ese modesto dispendio, pero no precisamente por el objeto que adquirimos. Por ejemplo, si vamos a unas rebajas y nos hacemos con el último ejemplar de un jerseycito monísimo que se disputan decenas de clientes; o si llevamos privándonos de comer dulces por estar a régimen y un día nos concedemos el premio de un helado. Cosas así.
Pero hace falta algo así todos los días. Llámenlo consuelo, si lo prefieren. Sí, ese nombre es bastante exacto, creo: un momento de consuelo, como un abrazo que nos da ánimos para seguir.
Por eso, la gente que consume, que consumimos cosas simplemente entretenidas, simplemente gratificantes aquí y ahora -me refiero a consumir series de televisión, libros, determinados alimentos- no es que seamos tontos, ni vagos mentales, ni que no pillemos el chiste de productitos muy elaborados y recargados, sino que simplemente no nos da la gana de enfangarnos cuando podemos no hacerlo, cuando podemos yacer en la orilla del mar, tranquilamente, de espaldas al sol, con los ojos cerrados, dejándonos mecer. No nos da la gana de nadar a contracorriente cuando podemos sencillamente descansar, dejarnos llevar, sentir un poco de satisfacción, un poco de gratificación.
Vemos determinadas series y leemos determinadas novelas que no rompen moldes, ni contienen mensajes cifrados para los seguidores más listos, sencillamente porque nos dan placer, porque nos reconcilian con el hecho de estar aquí. Hacemos determinadas cosas sin trascendencia; banales, si quieren, porque, aunque sabemos que son lo que son y que se agotan en sí mismas, nos encanta hacerlas porque nos hacen sentir bien, nos dan ese bienestar gratuito que necesitamos.
No aspiramos a más porque, aunque podemos, no nos da la gana.
La gente normal que conozco tan sólo quiere estar un rato en paz y tranquila, nada más, sólo que le dejen respirar sin sentir que le constriñen el pecho.

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Imaginación

Somos seres que un día alguien imaginó. Somos seres hechos de imaginación. La persona más afortunada del mundo es la persona con una gran imaginación. La persona más desgraciada del mundo, también. La persona con la vida más estable, más solida y tan invulnerable como la creencia de un fanático o una pirámide de Egipto es justamente la persona que carece de imaginación.

De las personas que mencionaba justo ahora, la muy afortunada y la muy desgraciada son casi iguales. Se parecen entre ellas mucho más que cualquiera de ellas se pueda parecer a la persona sin imaginación. La diferencia está en cómo usa cada una su don, su talento, o su capacidad. La persona optimista y la persona ansiosa, asustada o preocupada sin razón o más allá de lo razonable son, en esencia, una persona imaginativa, sólo que una utiliza esa herramienta para su propio beneficio, y para la otra, la imaginación se ha convertido casi en un monstruo, en algo autónomo que actúa casi como si tuviera voluntad y sentido propios.

Uno sencillamente no sabe cómo ni cuándo se convierte en optimista o pesimista. Uno puede llegar a ser tan consciente de ello como del momento exacto en que aprendió a andar o a hablar. Es probable que sea producto de un aprendizaje, de la misma manera en que esas habilidades que forman parte de nosotros mismos -hasta el punto de que cierta manera de andar, cierta manera de pronunciar, de modular, de echar el pie para adelante, de movernos, de vocalizar, son tan propios e inconfundibles como una huella dactilar- lo son, pero eso no quiere decir que sean algo de lo que nos podamos desprender tan frescamente, ni, por supuesto, algo que podamos desaprender y reprogramar. No somos máquinas, no somos una IBM. Somos personas con nuestras circunstancias.

Y esto viene al caso de que he leído hoy mismo una frase que me ha salido al paso, era ésa tan bonita que dice algo así como que la piedra es para el pobre y para el cansado un asiento, para el tonto o para el torpe una traba con la que se tropieza, para el violento un arma, para el niño (pobre) un juguete, y -tachán- para Miguel Ángel la materia prima de la que saca bellísima escultura. Claro, la moraleja la sabes tú y la sabemos todos, pero es una de esas cosas que a veces nos gusta que nos recuerden: todo es cuestión de actitud, dice el sabio. Y puede que sea así, no voy a decir yo que no lo sea (aunque tengo mis reparos en suscribirlo sin reparos y con rotundidad; unos reparos producto de la edad que tengo y de lo que mis sucesivas edades me han venido mostrando y recordando), pero también quiero desmentir, o protestar un poco, contra ese falso positivismo a ultranza que, cual dictadura, casi parece querer obligarnos a ser de esta manera y no de otra y de que si uno quiere, puede: ir adonde quiera, conseguir el trabajito de morondanga que quiere, pasar de cenizo a estrella, adquirir carisma y don de gentes y, entre otras cosas, dejar de ser ansioso o pesimista y convertirse en optimista. No digo que no se pueda, pero no basta con desearlo, y desde luego no es cierto que el que quiere algo y está absolutamente decidido a conseguirlo lo vaya a conseguir al final. Puede que sí y puede que no.

La imaginación, en estos ejemplos opuestos, no es algo que utilizamos consciente y deliberadamente. No nos proponemos pensar esto o lo otro. Simplemente, ocurre. Es algo que tenemos en la cabeza, algo que tiene su propia forma y su propio color, algo que está dentro de nuestra cabeza y que, poco a poco, modela y configura todos nuestros resortes, hasta decidir nuestros actos. Pero nosotros no somos conscientes de ello. El que es optimista tiene una imagen de la vida dentro de su cabeza, o la tenía, y, con el tiempo, segundo a segundo, esta imagen lo ha trascendido y se ha convertido en su realidad. No se nos escapa que imaginación viene de imagen, por lo cual podemos deducir que el optimista, cuando se ha puesto a hacer algo, cualquier cosa, por ejemplo a cocinar algo, desde el momento en que ha decidido hacerlo, tiene imperante en su cabeza una imagen exitosa de la finalización de esa tarea: en este caso, un plato rico que le sale bien. Pero lo mejor de todo es que, aun para el caso de que no sea así (otra cosa a discutir es si cabe que para este optimista el resultado pueda ser otra cosa que lo deseado, es decir, si esta persona, con su cabeza bien equipada con herramientas y mecanismos optimizadores, llegará a considerar el resultado como malo, cuando quizá una persona pesimista consideraría malo el resultado “bueno“ del optimista), nuestra persona optimista tiene ya un plan B que se acciona en su cabeza de forma automática, igual que el airbag de un coche que ha recibido un impacto: por ejemplo, puede pensar que qué afortunado es de tener comida. Esto es así porque el optimista se imagina entonces, por ejemplo, una escena de sí mismo sin nada que comer y, comparativamente, considera el suyo un resultado ideal, perfecto y deseable.

El pesimista hace justo lo contrario, claro. Pero lo bueno es que ni el uno ni el otro han decidido de antemano pensar así. La prueba de ello es precisamente la existencia de pesimistas. (Al margen de que existan pesimistas masoquistas, pero ésa es harina de otro costal allí a lo lejos.)

Sí, uno siempre se está imaginando cosas, todo el rato, pero no a la manera melodramática en que lo expresan los personajes extremos de esas películas en las que unos y otros se están acusando constantemente de cosas extralimitadas y terribles y hablan de formas imposibles y marcianas (“¡David, tú imaginas cosas! ¡Todo eso que estás diciendo es un puro disparate!”), sino de una forma espontánea y aparentemente indivisible de nuestra propia forma de ser, aunque realmente no forme parte de quienes somos nosotros en verdad; somos imaginación, pero sólo hemos aprendido a usarla, aunque no recordemos cómo ni por qué.

No podemos vivir sin imaginación. Ignoro cómo llega a configurarse nuestra cabeza para utilizar, por defecto, la imaginación a favor o en contra de cada ser pensante. Pero todos necesitamos imaginar el segundo siguiente, la década que viene, nuestro porvenir cercano o lejano. Si no pudiéramos, nada nos distinguiría de los animales. Incluso para el pesimista, muchas veces la imaginación es el último reducto. Porque, ante todo, somos seres de supervivencia. Por eso el pesimista, al final de todo y a pesar de todo, también tiene un punto de luz entre la oscuridad. Es esa lámina de luz, por delgada y quebradiza que sea, la que le permite ir tirando. Pensar: “Seguramente saldrá todo mal, pero, por si saliera bien, por una carambola del destino, sólo por esa posibilidad infinitesimal, valdrá la pena probar“. Y es también ese océano en calma que nos sujeta, sin pedirnos nada a cambio, y ese oleaje suave que nos arrulla y nos devuelve a la orilla, simplemente porque sí, porque así funciona el universo.

La imaginación puede no ser más que otro nombre que damos a la ilusión y a la esperanza, grandes o pequeñas.

Y puede que sea el nombre que le damos a un éter, a un espacio en el que flotamos todos igualmente, unos mirando hacia arriba, otros hacia abajo, sin saber que estamos todos flotando, todos seguros y a salvo, pensando que la dirección en que demos el próximo paso depende solamente de nuestra voluntad.

Si aprendiéramos a manejarla siempre a nuestro favor, qué de revoluciones haríamos, qué de gestas completaríamos, y no quedaría ni una sola de las cabezas de la hidra, ni un solo dragón para amedrentarnos.

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