No soy perfecto como tú; soy perfecto como yo

Quizá me he dado plena cuenta de esto hoy, a raíz de una cosa que me ha pasado: cuando nos sucede algo que en principio diríamos que es malo, un duendecito que vive dentro de cada uno de nosotros inmediatamente nos salta con el tema de la culpa. Concretamente, la nuestra.

Cuando nos pasa algo malo (digámoslo así, sin circunloquios, aunque no me guste dividir las cosas en buenas y malas; pero es así como convencionalmente pensamos, hablamos y nos comportamos), inmediatamente pensamos que es culpa nuestra.
Si hoy nos ha pasado esto, y no nos gusta y es contrario a nuestra voluntad, o perturba totalmente nuestro proyecto de vida en grado más o menos grave, al instante mismo pensamos en aquello otro que hicimos aquel día o que dejamos de hacer cuando éramos pequeños; pensamos en esto que debimos haber dicho, en aquello otro que hicimos lamentablemente mal; nos arrepentimos de aquel lance, aquel episodio, incluso aquella época entera. O puede que sea algo que dijimos la víspera, un mal paso que dimos la semana pasada, una vergüenza que hemos llevado oculta desde que hicimos la Primera Comunión o aquella vez, en aquellas vacaciones de aquel verano.
Sin duda, si hoy nuestro destino ha cambiado de una forma que no podíamos haber previsto ni controlado, da igual lo que nos digan los hechos: lo primero que hacemos es descargar un camión lleno de maloliente culpa fermentada encima.
Sin embargo, la mayoría de las veces, lo que nos ha pasado hoy no tiene nada que ver con nada que hayamos hecho o dejado de hacer nosotros. Esa conexión autoinculpatoria que establecemos obedece a nuestro mecanismo mental inercial o cultural (no sé, pero tampoco importa) de buscar una causa a todo efecto, y un efecto a toda causa. El cerebro humano tiende a pensar que todo tiene un sentido racional, y mi creencia es que todo tiene un sentido, pero no todo tiene uno racional, o sea, uno que podamos aprehender con nuestro cerebro. Y el no poder hallar esa causa o ese efecto lógicos, que se deriven racional y seguidamente o sean origen racional y evidente de otra cosa nos exaspera y frustra a nuestro cerebro, a nuestra mente, porque le demuestra, una y otra vez, lo limitada que es.
No podemos enfrentarnos a la vida sólo o principalmente a través de nuestra potencia intelectual. Hacerlo nos conduce a situaciones nocivas para nosotros mismos, para nuestra salud psicológica y espiritual. Puede desembocar en la autodestrucción, incluso.
No; lo que nos sucede tiene muchas veces un origen que no podemos rastrear.
Mi respuesta a toda esta incontrolabilidad de la vida es sencillamente confiar en la voluntad de Dios.

 ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.Lucas 12:6-7

Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

Romanos 2

Hoy, mi primera reacción no ha sido ésta. Primero, también yo he pensado: es culpa mía, algo hice mal. Pero sé que no es así, he visto pronto mi error. Sé que esa voz no soy yo.  Puedo acordarme de esa frase que leí: “Yo no soy perfecto como tú; soy perfecto como yo“. Y en verdad que así es.  Creo que nos pasan cosas que no nos gustan, porque así, si queremos, podemos acercarnos más a Dios; o, si lo prefieren, podemos abrirnos más a una comprensión de la vida mediante nuestra intuición, que nos hará ver que la vida no es ni cruel ni injusta, sino que es el hombre el que, en todo caso, puede ser cruel o injusto. Porque la vida no es ni mala ni injusta, no nos suceden cosas malas a nosotros porque el mundo esté en nuestra contra. En última instancia, esto nos lleva a concluir que no hay cosas buenas ni malas por sí mismas; todo depende de cómo las veamos.

Ahora siento una curiosidad emocionada por este nuevo camino que se me abre. Tengo una gran curiosidad, y estoy expectante y esperanzada por ver adónde me conduce. Transitaré, a buen seguro, por lugares que nunca imaginé. Paisajes nuevos, diferentes, en cuya contemplación emplearé tanto tiempo como quiera, porque podré permitirme perderme en ellos sin ser esclava de un mapa, de un reloj. Ya he tirado el plan preestablecido, porque la situación ha cambiado. He tirado mi viejo reloj, mi plano, mis apuntes, mi guía para el camino. Ya no me sirven, si es que alguna vez me sirvieron. Todavía no sé qué otros viajeros me encontraré por el camino. Quizá, porque he tenido que tomar este desvío, porque la otra carretera estaba cortada y ahora voy a viajar por otro lugar, conoceré a personas maravillosas que tendrán muchas cosas que contarme, algo que enseñarme. Quién sabe a quién encontraré que tal vez necesite oír lo que yo he visto y vivido antes, porque le será de ayuda.

Sin embargo, si nada de eso llega tampoco a suceder, si mis compañeros de trayecto son unos indeseables o unos bordes y si los parajes tampoco son de mi agrado, si al final acabo dando vueltas o deteniéndome en un arcén mal embreado, por agotamiento, entonces sé que Dios me dará lo que necesito en ese momento. Porque, cuando Dios te niega algo que quieres, te da la gracia para vivir sin ello.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s