Mientras tanto…

Esta mañana, caminando hacia mi trabajo, una frase ha caído dentro de mi cabeza. Y, porque mi blog ya tiene nombre y no se le cambia el nombre así porque sí a tu casa ni a nada que sea un poco como tu casa, pero pienso que no sería mal título:

 

Mientras tanto, en Oñati…

 

 

Ésa era la frase. En realidad, un comienzo. A mí me suena a película de acción simpaticona de los años 70, tipo Ángeles de Charlie; no, mejor aún, a algo más ingenuo y más surrealista que eso, algo más divertido, tipo Superagente 86.

 

 

Se me ha ocurrido porque estaba a punto de disparar la cámara de mi móvil sobre algo que quería denunciar domésticamente en Internet (como todo lo que hago en Internet, por otra parte) y de pronto, mi mente ha debido de relacionar una cosa con la otra y darse cuenta de que así es como lo hago todo: como una agente encubierta que se dedica a misiones tan secretas, que ella misma no tiene ni idea de cuáles son o en qué consisten, y mucho menos los objetivos que persigue quien sea que se las ordene. Por no saber no sabe ni cuáles son sus órdenes ni cuándo las recibió.

 

Mientras tanto, en algún otro lugar…

 

Supongo que yo soy ésa tanto como cualquier otro puede ser esa persona que acabo de ¿describir? Bueno, no sé; pero probablemente sí. Uno se afana, uno persigue sus objetivos, uno corre de un lado para otro en pos de lo que tiene delante o de lo que quiere lograr, uno sueña, uno se esfuerza, uno se alegra, uno hace lo que considera importante, uno se ocupa en mil cosas tan pequeñas que conmueven en su pequeñez, si las miras desde la suficiente distancia, pero que también son tan y tan importantes, que nunca soñaría en dejar de hacerlas… y hace todo eso seguramente mientras brega con el cansancio, el desgaste, el hastío y el sufrimiento que nos sobrevuelan a todos y hacen fácil presa de nosotros.

 

Pero tenía mucha razón quien dijo que el ser humano puede aguantar cualquier cómo (y también cualquier qué) si tiene un porqué (o un para qué).

 

Sin embargo, este artículo no pretendía tratar de nada de eso, porque son cosas que todos sabemos de sobra.

 

Trataba de que yo sí que escribo mientras tanto… Hago mil cosas, o quizá sólo quinientas, o menos, pero mientras las hago, escribo; o pienso en cosas que quedarían bien puestas por escrito en mi blog, o en cosas que simplemente me gustaría escribir, o que me suenan bien, o cualquier variante parecida. Lo hago en mi cabeza o mientras duermo, en lo más profundo y recóndito de mis sueños o justo detrás de las gasas de mi duermevela, y hago eso mientras me ocupo del mantenimiento de mi vida en este mundo material, o tareas similares, de las que todos desempeñamos cada día. Lo hago también mientras pierdo el tiempo, quizá sin remisión, pero también sin arrepentimiento (aunque éste se presente y me muerda algún tiempo después).

 

Mientras el mundo gira y el tiempo pasa, yo intento poner un poco de orden en la parcela que ocupo, sentada en un montículo que he hecho con los granitos de arena que me ha sido dado pisar todos los días. Y sé que no lo voy a conseguir nunca, y también sé que una pluma jamás puede cambiar el corazón de la gente, por mucho que digan lo contrario o por mucho que nos guste creerlo. Sé que el caos es siempre lo real, y que el orden es como esa posibilidad que algunas veces nos parece más inminente que otras, pero nunca se convierte en realidad.

 

A lo largo de mi vida, he venido ocupándome, mediante mi pensamiento, y muchas veces solamente en él, de las cosas que necesitan que las reparen, o que a mí me parecía que lo necesitaban; o de cosas que quería cambiar, o que sencillamente quería para mí; cosas con las que quería adornar y embellecer mi tiempo, mi vida, cosas imaginarias que siempre lo serían y que sin embargo yo quería traer al plano real; cosas que yo pensaba (y pienso) que deberían ser de una forma de la que no son (y nunca serán), pero ¡qué feliz me hacía, al menos durante esos momentos, corregirlas en mi imaginación!

 

Sigo ocupándome de todas esas cosas; sigo queriendo llevar el peso del mundo sobre mis hombros, o calibrarlo hasta el paroxismo con mi máquina de escribir, con mis teclas.

 

Sigo intentando alinear las piedrecillas que alguien desparramó de una patada. Sigo recogiendo los envoltorios de caramelos y las cáscaras de pipas que alguien arrojó al suelo. Sigo indignándome cada vez que intento que el mundo sea exactamente como creo que debería ser, y no lo consigo, o simplemente no puedo hacer nada en absoluto.

 

Mientras el mundo duerme, y mientras yo misma duermo, hago todo esto.

 

Mientras tanto, sigo aquí mismo, siendo la misma.

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