Mis archivos en papel de viejos escritos -relatos, artículos periodísticos de pega, pajas mentales variadas, ataques inopinados de espíritu creativo…- acaban en 1997, justo el año de la eclosión de Internet en esta parte del mundo y en mi vida. A partir de entonces, todos mis textos son digitales; están todos en CDs, en un disco duro portátil, en el disco duro de mi ordenador y, cada vez más, en la nube.

Empecé a trabajar directamente en la nube -publicando textos de forma inmediata, casi al mismo tiempo que los escribía- como algo natural, una expresión de mi creatividad y de mi personalidad completamente conforme con los tiempos y con mi modo de vida. Mis herramientas de escritura estaban allá donde yo estaba. Nunca tuve que pasarme sin escribir, si así lo deseaba.

Si nuestra civilización íntegramente dependiente del petróleo y de la electricidad se acaba y yo aún estoy aquí para verlo, supongo que rescataré del desván mi vieja -pero como nueva- máquina de escribir mecánica -tuve dos, pero la manual era mucho mejor que la eléctrica, un modelo tipo armatoste, era como trabajar con un torno, si imagino bien lo que es trabajar con un torno- y me acostumbraré otra vez a escribir con ella. Cuando empiecen a fallarle las teclas o se acabe la cinta para escribir, supongo que tendré que aprender por fin a escribir bien y bonitamente a mano, en un cuaderno, y cuando se acaben los cuadernos y los bolígrafos, supongo que iré al bosque con una cuchilla en la mano y grabaré mis palabras en el tronco de los árboles, hasta que me muera.

Sinceramente, escribir es a veces una lata, pero es algo que no puedo dejar de hacer. Ya no me importa tanto hacerlo bien o mal, ponerlo bonito o feo; es algo que, periódicamente, necesito hacer.

No sé cómo será la vida futura -sospecho que inquietantemente parecida a la actual-, pero me hace gracia -y me da pena- cuando algunos distopistas o simplemente aguafiestas auguran un mundo gris, automatizado, idiotizado, feo y, en última instancia, sin belleza ni nadie que se preocupe por crearla. Un mundo sin arte, sin nadie que escriba en los márgenes de las hojas o que ponga notas al pie del pelmazo texto del día a día o de la historia con mayúsculas (la historia de los vencedores, que le llaman). Esto nunca sucederá mientras el hombre siga siendo como lo ha sido desde que apareció la Humanidad.
Cuando tenía algunos lectores de mi diario online en una comunidad web que gozó de cierta popularidad a principios de esta década, en aquel entonces solía hacer todo lo posible por escribir justo aquello que creía que un lector equis, ideal, querría leer y justo como creía que querría leerlo. Intentaba hacerlo entretenido, divertido, sarcástico en su justa medida, ocurrente, poético y hermoso y también un poco cínico y mercurial cuando la ocasión lo requería. Además, cuando me sentía especialmente inspirada o generosa, solía complementar el texto con imágenes que venían al caso. La verdad es que me sentía muy orgullosa de mis composiciones, pero al final comprendí que todo aquel tiempo dedicado a esas composiciones no era en realidad tiempo libre, sino más bien tiempo atado, porque no era tiempo para mí, sino para álguienes que sólo existían en mi mente y que seguramente no leían con la misma intensidad y entrega que yo ponía en la escritura. Pero lo peor no era eso, sino que, por querer hacer cada vez algo muy especial, acababa por no decir muchas veces aquello que habría querido decir. No digo que no fueran textos que merecieran una lectura, ni que no me produjeran gran satisfacción una vez completos, pero no eran siempre sinceros. Por eso, ahora casi nunca busco la perfección formal. Tampoco tengo tanto tiempo como antes, y mis prioridades son otras. Mi principal lectora soy yo misma.
A pesar de todo, y a pesar de la posible artificiosidad de lo que yo hacía entonces -y, en alguna medida, de lo que hago ahora, porque pienso que toda obra de escritura, de cualquier tipo, es puro artificio-, hay algo que me movía entonces y que me mueve ahora: mis textos no sirven para nada, pero busco en ellos y mediante ellos la belleza, busco retratarla, capturarla, expresar lo que a mí me parece hermoso de este mundo. Muchas veces, mis palabras forman un cedazo y probablemente esa belleza del mundo cae y se me escapa por los orificios del cedazo, porque la urdimbre nunca está lo bastante apretada. Pero, de vez en cuando, una pequeña gota permanece, es atrapada y reluce de cierta manera. Se queda ahí, y, cuando cae el sol sobre esa diminuta partícula, la hace brillar en todo su esplendor. Es como un espejo liliputiense de toda la belleza del mundo. Pienso que seguramente es esa belleza la razón de que siga escribiendo, sin saber yo misma muy bien por qué lo hago. Por la esperanza de atraparla, tal vez hoy sí, y de guardar para mí en mi álbum un recordatorio de cuál es la verdad. No sé qué motivación hace que mucha gente anónima dedique gran parte del tiempo que les ha sido dado para vivir en hacer o crear obras que no van a servir aparentemente para nada, que no curarán a nadie, que no les reportarán ingresos, que no serán canjeables por un magnífico coche o unas vacaciones de ensueño, que no les proporcionarán un sueldo vitalicio ni tampoco un premio de reconocido prestigio y relumbrón internacional. Pero pienso que tal vez sus razones puede que sean muy parecidas a las mías.
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