Una postal desde

Sioux Falls, una ciudad con nombre de película.

Si miras sus fotos, se parece sólo a un sitio que viste en sueños,
un recuerdo confuso, un tranvía casi vacío que circula bajo el sol tórrido de agosto.
Es un lugar donde el aire no se mueve.
Si fueras allá, nadie te miraría más de dos segundos,
ni te llamaría por tu apodo.
Allí podrías quizá agostarte de tanto tedio,
o quizá pasarte los primeros dos días visitando monumentos, yendo a bibliotecas,
pasando el rato.
Luego tendrías que trepar a montañas áridas desde las cuales desahogar tu mirada,
por tantos valles y desfiladeros agujereados por las miradas de tanta gente sola,
y, mientras también tú mirabas, soñar quizá casualmente con los lugares que por aquel nuevo abandonaste.
Sí, allí donde tú posaste tu dedo al azar, en cien de cada cien casos, también existe la soledad.
Y sí, ya sé que es muy fácil enamorarte de cualquier lugar que no sea el tuyo,
porque es nuevo y prometedor y porque en ellos eres lo que siempre quisiste ser: una sombra en libertad, aunque sea libertad condicional.
También sé que a veces te preguntas cómo sería verte de repente al otro lado de la valla, en la casa aquélla,
y cómo la gente puede sentirse sola cuando pisa todos los días un jardín tan verde y bendecido de flores.
Pero sabes que piensas así porque no es tu jardín, porque ansías una pizarra en blanco hasta el momento en que inscribes la primera letra,
algo otorgado a todos sólo al principio de la vida, cuando no hay nada que escribir.
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