Archivo mensual: julio 2013

Muchos no se dan cuenta, pero somos todos iguales. En realidad, somos tan iguales que es en esas situaciones en que lo demostramos cuando podemos decir, de idénticos que somos, que todos somos uno.

Durante la normalidad de la vida, no nos damos cuenta porque no tenemos esa oportunidad. Pero en los momentos extremos, en los que nos despojamos de todo lo superfluo -y casi todo lo es-, no podemos menos que reconocernos el uno en el otro.
Cuando reímos, cuando estamos exultantes, cuando tocamos el cielo… en esos momentos, eso de nosotros que es auténticamente nosotros nos empuja a buscar al otro. No porque queramos hacer ostentación de lo afortunados que nos sentimos y de lo felices que somos, sino porque la alegría, sólo para uno mismo, es menos alegre. Algo tan simple como la necesidad de estar con otro, de vernos reflejados y replicados, aumentados… conectados, eso es lo que nos mueve en realidad y en el fondo.
Cuando lloramos, sucede lo mismo. ¿Acaso no decimos muchas veces que sólo pedimos de ese otro que nos escuche? Ya no que diga algo, ya no que acalle o mitigue nuestro dolor, ya no que haga algo para solucionar aquello que lo causa, si es que tiene solución; tan sólo que esté ahí, junto a nosotros. Ni siquiera importa si ese otro es alguien allegado o un extraño que pasaba por ahí. Si nos brinda la compañía que precisamos en ese momento, será alguien que nos refleje, alguien con quien nos sentiremos conectados, menos solos.
La mayoría de las veces, otra persona puede hacer poco, en términos prácticos, por aminorar nuestro dolor, nuestra tristeza o nuestra desazón, pero el hecho de sentir en lo más profundo de nosotros que hay algo llamado empatía, que hay una conexión, que no somos islas ni accidentes biológicos sin mayor ni más significativo nexo con los otros especímenes semejantes a nosotros mismos, ese hecho ya la mayoría de las veces contribuye a que caminemos por la vida con menos desconsuelo.
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Lotería

Sólo se ven los boletos ganadores.

La vida es así. Todos queremos ser el afortunado propietario de uno de esos billetes premiados, pero son una minoría. Si no lo fueran, no serían la excepción, no nos fijaríamos todos en ellos cada vez que recae un premio en alguno. Si no lo fueran, no serían noticia.
En El mundo de Sofía, uno de mis libros de culto (si bien, como casi todos los  libros de mi vida, sólo lo leí una vez), el profesor viene a explicarle a Sofía un concepto muy sencillo en realidad, pero no tan simple de comprender; dice (no literalmente) que toda cara tiene su cruz, pero también toda cruz tiene su cara. El que obtiene la cara también obtiene la cruz, pero sin cruz ni cara ni siquiera habría llegado a tener nunca una moneda ni a saber qué cosa puede ser.
A pesar de eso y a pesar de que, según vivimos, vamos experimentando y, por tanto, aprendiendo que una de cal viene con otra de arena, que no hay día sin noche ni rosa sin espinas, yin sin yang, nos cuesta interiorizarlo. Cuando recibimos algo de la vida, recibimos también, tarde o temprano, su opuesto. Sólo así se puede guardar el equilibrio de la naturaleza. Por suerte para nosotros, la vida es más inteligente que cualquiera de nosotros.
Pensad en Detroit. En sus buenos tiempos -y esos buenos tiempos duraron mucho-, llegó a ser la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos. Era la meca del sueño americano. Pero aquello terminó. Ahora está oficialmente en bancarrota y tiene un edificio público enorme, mastodóntico quizá, que está abandonado. Se trata de la estación de ferrocarriles Michigan. A pesar de eso, este edificio es hermoso, a su manera. Y es aún más hermoso porque está abandonado, porque los espacios dejados atrás tienen su melancólico encanto especial; no hay paisajes feos, sino tristes, y el paisaje más hermoso es el paisaje hermoso más triste.
Pero dejemos eso. Decía que Detroit tuvo su billete ganador, y también su bancarrota. El fisco se ha llevado la parte del león de su lotería. Pero al mismo tiempo que algo ha terminado, algo está empezando también. Alguno diría que una nueva etapa (odio la palabra “ilusionante“ pero, cuando has tocado fondo, ¿acaso tu futuro inmediato puede ser otra cosa que portador de ilusión?
Pienso eso cuando me acuerdo de todos los boletos ganadores que florecen aquí y allá. Seguramente todos tenemos nuestro propio boleto, aunque la mayoría no nos damos cuenta, porque lo tenemos desde que nacimos. Ésa es nuestra fortuna y también nuestra gran ceguera.
Tal como están las cosas a nuestro alrededor y en este mundo desarrollado, en un tiempo de largo recorrido en el que el viento no sopla a nuestro favor, quizá ser ganador consista en ir resistiendo día tras día como mejor podamos, conservando intacta nuestra dignidad y no ya viendo la luz, sino prendiéndola nosotros, para guiar nuestros pasos y los de quienquiera que nos vea.

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Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:16
Una cosa mala de mí es que leo demasiado para mi propio bien. Leer demasiado y ser demasiado curioso puede ser malo cuando a uno se le quedan las cosas, sin querer. Y el otro día leí algo que responde a lo que opinan muchas personas y entonces me dio por reflexionar sobre ello.
Esta persona hablaba sobre otras personas que querían tener hijos, y decía que le “parecía muy bien“ los medios que emplearan para ello, pero que “la opción verdaderamente altruista“ era adoptar.
Y, claro, lees cosas así y te preguntas la concepción que tiene la mayoría de la gente acerca de las cosas que todos creemos básicas y unánimemente compartidas y unívocas. Te das cuenta de que no hay tal unanimidad. Porque lo que me causó asombro fue comprobar que, para algunas personas, seguramente muchas, ser padres o querer serlo tiene que ver con el altruismo. ¿No les parece algo inaudito? A mí, sí.
Pienso que sólo puede hablar así alguien que no tenga instintos maternales ni paternales, o alguien que en un momento dado haya hablado  sin pensar verdaderamente en lo que estaba diciendo. Porque, si se trata de ser generosos y buenos con los demás, ¿no sería lo suyo que todas las familias, todos los que quisieran tener hijos, en primer lugar adoptaran y luego, quizá, se reprodujeran ellos? Si podemos decirles a las familias que no pueden tener hijos biológicos cuál es la opción óptima o moralmente correcta, ¿no deberíamos también decirle lo mismo, con la misma propiedad, a las que sí pueden?
En realidad, la afirmación es terrible. Porque, en el fondo, lo que estamos diciendo es algo así como: “Me parece normal que tu primera opción sea tener un hijo biológico, pero, ya que no puedes, ¿por qué no haces caridad y te compadeces de un niño que no tiene padres y lo adoptas?“
Creo que hay que tener el corazón muy duro para no pensar en los miles de niños que hay en el mundo necesitados de amor -y en esa necesidad de amor o, mejor dicho, en el hecho de ser privados de ese amor, incluyo también a niños que no necesariamente carecen de su núcleo familiar- y no sentir la urgencia de quererlos y protegerlos a todos ellos. Sacarlos de sus orfanatos o de sus centros de acogida institucionales, o de dondequiera que estén, y traérnoslos a casa. A todos. Yo querría ser capaz de hacerlo, y, ya digo, creo que cualquiera con un poquito de corazón. Pero, por lo que leo, adoptar es, hoy por hoy, un proceso extremadamente largo, complicado y angustioso para muchas familias. Leo historias sobre gente que intenta adoptar y que no encuentra en su camino más que obstáculos. Hoy por hoy, la adopción tiene toda la pinta de haberse convertido en un negocio o en un laberinto burocrático en el que no todas las partes implicadas necesariamente ponen los intereses del niño antes que cualquier otro, como afirman. ¿Por qué a esas familias no se les dan facilidades? Luego se quejan de que hay un mercado negro de niños, de que algunas parejas o familias recurren a medios no legales para intentar conseguir lo que con todas las de la ley y a la luz del día se les niega. En serio, es para llorar.
Pero pienso que no se puede obligar a nadie a optar por la adopción, si esa persona no lo siente, si no le nace. Y mucho menos, con argumentos de tipo moral que, para colmo, no hacen al caso, como lo del altruismo o las típicas sobadas frases de que “no sé para qué queréis tener un hijo biológico, con la cantidad de niños sin padres que hay en el mundo“ y demás. De hecho, por lo que tengo entendido, cuando preguntan a los candidatos a adoptar por sus motivaciones, mencionar cualquier argumento de ese tipo -querer adoptar para “ayudar a alguien“-, cuentan en contra de su aptitud para adoptar. Yo se lo contaría en contra, desde luego. Flaco favor se le hace al niño si lo que se pretende es hacer caridad con él.
Nadie tiene un hijo para hacerle un favor. De hecho, a muchas personas se les hace una putada trayéndolas al mundo, como se ve a posteriori. Tener un hijo, o desear tenerlo, es un acto de amor. Pienso que es un instinto. Uno realmente no recapacita mucho sobre si quiere ser padre algún día; es algo que se siente, o que debería poder sentirse. Porque, si te pones a valorarlo desde la lógica, sopesando pro y contra, probablemente acabes por comprobar que tener hijos desafía toda lógica. Es algo que se hace realidad de diversas formas -cada vez más diversas-, todas ellas válidas si lo son para la persona que las siente. Afortunadamente, hoy en día hay tantos tipos de familia como formas tenemos las personas de juntarnos, de encontrarnos, de reunirnos, de sumarnos y de querernos. Son cosas que nacen de uno. Ni siquiera Dios nos creó para nosotros, ni para hacerle un favor a nadie. Nos creó por amor. En realidad, a poco que lo pensemos, es la única explicación que responde a todas las interrogantes.

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No soy perfecto como tú; soy perfecto como yo

Quizá me he dado plena cuenta de esto hoy, a raíz de una cosa que me ha pasado: cuando nos sucede algo que en principio diríamos que es malo, un duendecito que vive dentro de cada uno de nosotros inmediatamente nos salta con el tema de la culpa. Concretamente, la nuestra.

Cuando nos pasa algo malo (digámoslo así, sin circunloquios, aunque no me guste dividir las cosas en buenas y malas; pero es así como convencionalmente pensamos, hablamos y nos comportamos), inmediatamente pensamos que es culpa nuestra.
Si hoy nos ha pasado esto, y no nos gusta y es contrario a nuestra voluntad, o perturba totalmente nuestro proyecto de vida en grado más o menos grave, al instante mismo pensamos en aquello otro que hicimos aquel día o que dejamos de hacer cuando éramos pequeños; pensamos en esto que debimos haber dicho, en aquello otro que hicimos lamentablemente mal; nos arrepentimos de aquel lance, aquel episodio, incluso aquella época entera. O puede que sea algo que dijimos la víspera, un mal paso que dimos la semana pasada, una vergüenza que hemos llevado oculta desde que hicimos la Primera Comunión o aquella vez, en aquellas vacaciones de aquel verano.
Sin duda, si hoy nuestro destino ha cambiado de una forma que no podíamos haber previsto ni controlado, da igual lo que nos digan los hechos: lo primero que hacemos es descargar un camión lleno de maloliente culpa fermentada encima.
Sin embargo, la mayoría de las veces, lo que nos ha pasado hoy no tiene nada que ver con nada que hayamos hecho o dejado de hacer nosotros. Esa conexión autoinculpatoria que establecemos obedece a nuestro mecanismo mental inercial o cultural (no sé, pero tampoco importa) de buscar una causa a todo efecto, y un efecto a toda causa. El cerebro humano tiende a pensar que todo tiene un sentido racional, y mi creencia es que todo tiene un sentido, pero no todo tiene uno racional, o sea, uno que podamos aprehender con nuestro cerebro. Y el no poder hallar esa causa o ese efecto lógicos, que se deriven racional y seguidamente o sean origen racional y evidente de otra cosa nos exaspera y frustra a nuestro cerebro, a nuestra mente, porque le demuestra, una y otra vez, lo limitada que es.
No podemos enfrentarnos a la vida sólo o principalmente a través de nuestra potencia intelectual. Hacerlo nos conduce a situaciones nocivas para nosotros mismos, para nuestra salud psicológica y espiritual. Puede desembocar en la autodestrucción, incluso.
No; lo que nos sucede tiene muchas veces un origen que no podemos rastrear.
Mi respuesta a toda esta incontrolabilidad de la vida es sencillamente confiar en la voluntad de Dios.

 ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.Lucas 12:6-7

Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

Romanos 2

Hoy, mi primera reacción no ha sido ésta. Primero, también yo he pensado: es culpa mía, algo hice mal. Pero sé que no es así, he visto pronto mi error. Sé que esa voz no soy yo.  Puedo acordarme de esa frase que leí: “Yo no soy perfecto como tú; soy perfecto como yo“. Y en verdad que así es.  Creo que nos pasan cosas que no nos gustan, porque así, si queremos, podemos acercarnos más a Dios; o, si lo prefieren, podemos abrirnos más a una comprensión de la vida mediante nuestra intuición, que nos hará ver que la vida no es ni cruel ni injusta, sino que es el hombre el que, en todo caso, puede ser cruel o injusto. Porque la vida no es ni mala ni injusta, no nos suceden cosas malas a nosotros porque el mundo esté en nuestra contra. En última instancia, esto nos lleva a concluir que no hay cosas buenas ni malas por sí mismas; todo depende de cómo las veamos.

Ahora siento una curiosidad emocionada por este nuevo camino que se me abre. Tengo una gran curiosidad, y estoy expectante y esperanzada por ver adónde me conduce. Transitaré, a buen seguro, por lugares que nunca imaginé. Paisajes nuevos, diferentes, en cuya contemplación emplearé tanto tiempo como quiera, porque podré permitirme perderme en ellos sin ser esclava de un mapa, de un reloj. Ya he tirado el plan preestablecido, porque la situación ha cambiado. He tirado mi viejo reloj, mi plano, mis apuntes, mi guía para el camino. Ya no me sirven, si es que alguna vez me sirvieron. Todavía no sé qué otros viajeros me encontraré por el camino. Quizá, porque he tenido que tomar este desvío, porque la otra carretera estaba cortada y ahora voy a viajar por otro lugar, conoceré a personas maravillosas que tendrán muchas cosas que contarme, algo que enseñarme. Quién sabe a quién encontraré que tal vez necesite oír lo que yo he visto y vivido antes, porque le será de ayuda.

Sin embargo, si nada de eso llega tampoco a suceder, si mis compañeros de trayecto son unos indeseables o unos bordes y si los parajes tampoco son de mi agrado, si al final acabo dando vueltas o deteniéndome en un arcén mal embreado, por agotamiento, entonces sé que Dios me dará lo que necesito en ese momento. Porque, cuando Dios te niega algo que quieres, te da la gracia para vivir sin ello.

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Mientras tanto…

Esta mañana, caminando hacia mi trabajo, una frase ha caído dentro de mi cabeza. Y, porque mi blog ya tiene nombre y no se le cambia el nombre así porque sí a tu casa ni a nada que sea un poco como tu casa, pero pienso que no sería mal título:

 

Mientras tanto, en Oñati…

 

 

Ésa era la frase. En realidad, un comienzo. A mí me suena a película de acción simpaticona de los años 70, tipo Ángeles de Charlie; no, mejor aún, a algo más ingenuo y más surrealista que eso, algo más divertido, tipo Superagente 86.

 

 

Se me ha ocurrido porque estaba a punto de disparar la cámara de mi móvil sobre algo que quería denunciar domésticamente en Internet (como todo lo que hago en Internet, por otra parte) y de pronto, mi mente ha debido de relacionar una cosa con la otra y darse cuenta de que así es como lo hago todo: como una agente encubierta que se dedica a misiones tan secretas, que ella misma no tiene ni idea de cuáles son o en qué consisten, y mucho menos los objetivos que persigue quien sea que se las ordene. Por no saber no sabe ni cuáles son sus órdenes ni cuándo las recibió.

 

Mientras tanto, en algún otro lugar…

 

Supongo que yo soy ésa tanto como cualquier otro puede ser esa persona que acabo de ¿describir? Bueno, no sé; pero probablemente sí. Uno se afana, uno persigue sus objetivos, uno corre de un lado para otro en pos de lo que tiene delante o de lo que quiere lograr, uno sueña, uno se esfuerza, uno se alegra, uno hace lo que considera importante, uno se ocupa en mil cosas tan pequeñas que conmueven en su pequeñez, si las miras desde la suficiente distancia, pero que también son tan y tan importantes, que nunca soñaría en dejar de hacerlas… y hace todo eso seguramente mientras brega con el cansancio, el desgaste, el hastío y el sufrimiento que nos sobrevuelan a todos y hacen fácil presa de nosotros.

 

Pero tenía mucha razón quien dijo que el ser humano puede aguantar cualquier cómo (y también cualquier qué) si tiene un porqué (o un para qué).

 

Sin embargo, este artículo no pretendía tratar de nada de eso, porque son cosas que todos sabemos de sobra.

 

Trataba de que yo sí que escribo mientras tanto… Hago mil cosas, o quizá sólo quinientas, o menos, pero mientras las hago, escribo; o pienso en cosas que quedarían bien puestas por escrito en mi blog, o en cosas que simplemente me gustaría escribir, o que me suenan bien, o cualquier variante parecida. Lo hago en mi cabeza o mientras duermo, en lo más profundo y recóndito de mis sueños o justo detrás de las gasas de mi duermevela, y hago eso mientras me ocupo del mantenimiento de mi vida en este mundo material, o tareas similares, de las que todos desempeñamos cada día. Lo hago también mientras pierdo el tiempo, quizá sin remisión, pero también sin arrepentimiento (aunque éste se presente y me muerda algún tiempo después).

 

Mientras el mundo gira y el tiempo pasa, yo intento poner un poco de orden en la parcela que ocupo, sentada en un montículo que he hecho con los granitos de arena que me ha sido dado pisar todos los días. Y sé que no lo voy a conseguir nunca, y también sé que una pluma jamás puede cambiar el corazón de la gente, por mucho que digan lo contrario o por mucho que nos guste creerlo. Sé que el caos es siempre lo real, y que el orden es como esa posibilidad que algunas veces nos parece más inminente que otras, pero nunca se convierte en realidad.

 

A lo largo de mi vida, he venido ocupándome, mediante mi pensamiento, y muchas veces solamente en él, de las cosas que necesitan que las reparen, o que a mí me parecía que lo necesitaban; o de cosas que quería cambiar, o que sencillamente quería para mí; cosas con las que quería adornar y embellecer mi tiempo, mi vida, cosas imaginarias que siempre lo serían y que sin embargo yo quería traer al plano real; cosas que yo pensaba (y pienso) que deberían ser de una forma de la que no son (y nunca serán), pero ¡qué feliz me hacía, al menos durante esos momentos, corregirlas en mi imaginación!

 

Sigo ocupándome de todas esas cosas; sigo queriendo llevar el peso del mundo sobre mis hombros, o calibrarlo hasta el paroxismo con mi máquina de escribir, con mis teclas.

 

Sigo intentando alinear las piedrecillas que alguien desparramó de una patada. Sigo recogiendo los envoltorios de caramelos y las cáscaras de pipas que alguien arrojó al suelo. Sigo indignándome cada vez que intento que el mundo sea exactamente como creo que debería ser, y no lo consigo, o simplemente no puedo hacer nada en absoluto.

 

Mientras el mundo duerme, y mientras yo misma duermo, hago todo esto.

 

Mientras tanto, sigo aquí mismo, siendo la misma.

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Mis archivos en papel de viejos escritos -relatos, artículos periodísticos de pega, pajas mentales variadas, ataques inopinados de espíritu creativo…- acaban en 1997, justo el año de la eclosión de Internet en esta parte del mundo y en mi vida. A partir de entonces, todos mis textos son digitales; están todos en CDs, en un disco duro portátil, en el disco duro de mi ordenador y, cada vez más, en la nube.

Empecé a trabajar directamente en la nube -publicando textos de forma inmediata, casi al mismo tiempo que los escribía- como algo natural, una expresión de mi creatividad y de mi personalidad completamente conforme con los tiempos y con mi modo de vida. Mis herramientas de escritura estaban allá donde yo estaba. Nunca tuve que pasarme sin escribir, si así lo deseaba.

Si nuestra civilización íntegramente dependiente del petróleo y de la electricidad se acaba y yo aún estoy aquí para verlo, supongo que rescataré del desván mi vieja -pero como nueva- máquina de escribir mecánica -tuve dos, pero la manual era mucho mejor que la eléctrica, un modelo tipo armatoste, era como trabajar con un torno, si imagino bien lo que es trabajar con un torno- y me acostumbraré otra vez a escribir con ella. Cuando empiecen a fallarle las teclas o se acabe la cinta para escribir, supongo que tendré que aprender por fin a escribir bien y bonitamente a mano, en un cuaderno, y cuando se acaben los cuadernos y los bolígrafos, supongo que iré al bosque con una cuchilla en la mano y grabaré mis palabras en el tronco de los árboles, hasta que me muera.

Sinceramente, escribir es a veces una lata, pero es algo que no puedo dejar de hacer. Ya no me importa tanto hacerlo bien o mal, ponerlo bonito o feo; es algo que, periódicamente, necesito hacer.

No sé cómo será la vida futura -sospecho que inquietantemente parecida a la actual-, pero me hace gracia -y me da pena- cuando algunos distopistas o simplemente aguafiestas auguran un mundo gris, automatizado, idiotizado, feo y, en última instancia, sin belleza ni nadie que se preocupe por crearla. Un mundo sin arte, sin nadie que escriba en los márgenes de las hojas o que ponga notas al pie del pelmazo texto del día a día o de la historia con mayúsculas (la historia de los vencedores, que le llaman). Esto nunca sucederá mientras el hombre siga siendo como lo ha sido desde que apareció la Humanidad.
Cuando tenía algunos lectores de mi diario online en una comunidad web que gozó de cierta popularidad a principios de esta década, en aquel entonces solía hacer todo lo posible por escribir justo aquello que creía que un lector equis, ideal, querría leer y justo como creía que querría leerlo. Intentaba hacerlo entretenido, divertido, sarcástico en su justa medida, ocurrente, poético y hermoso y también un poco cínico y mercurial cuando la ocasión lo requería. Además, cuando me sentía especialmente inspirada o generosa, solía complementar el texto con imágenes que venían al caso. La verdad es que me sentía muy orgullosa de mis composiciones, pero al final comprendí que todo aquel tiempo dedicado a esas composiciones no era en realidad tiempo libre, sino más bien tiempo atado, porque no era tiempo para mí, sino para álguienes que sólo existían en mi mente y que seguramente no leían con la misma intensidad y entrega que yo ponía en la escritura. Pero lo peor no era eso, sino que, por querer hacer cada vez algo muy especial, acababa por no decir muchas veces aquello que habría querido decir. No digo que no fueran textos que merecieran una lectura, ni que no me produjeran gran satisfacción una vez completos, pero no eran siempre sinceros. Por eso, ahora casi nunca busco la perfección formal. Tampoco tengo tanto tiempo como antes, y mis prioridades son otras. Mi principal lectora soy yo misma.
A pesar de todo, y a pesar de la posible artificiosidad de lo que yo hacía entonces -y, en alguna medida, de lo que hago ahora, porque pienso que toda obra de escritura, de cualquier tipo, es puro artificio-, hay algo que me movía entonces y que me mueve ahora: mis textos no sirven para nada, pero busco en ellos y mediante ellos la belleza, busco retratarla, capturarla, expresar lo que a mí me parece hermoso de este mundo. Muchas veces, mis palabras forman un cedazo y probablemente esa belleza del mundo cae y se me escapa por los orificios del cedazo, porque la urdimbre nunca está lo bastante apretada. Pero, de vez en cuando, una pequeña gota permanece, es atrapada y reluce de cierta manera. Se queda ahí, y, cuando cae el sol sobre esa diminuta partícula, la hace brillar en todo su esplendor. Es como un espejo liliputiense de toda la belleza del mundo. Pienso que seguramente es esa belleza la razón de que siga escribiendo, sin saber yo misma muy bien por qué lo hago. Por la esperanza de atraparla, tal vez hoy sí, y de guardar para mí en mi álbum un recordatorio de cuál es la verdad. No sé qué motivación hace que mucha gente anónima dedique gran parte del tiempo que les ha sido dado para vivir en hacer o crear obras que no van a servir aparentemente para nada, que no curarán a nadie, que no les reportarán ingresos, que no serán canjeables por un magnífico coche o unas vacaciones de ensueño, que no les proporcionarán un sueldo vitalicio ni tampoco un premio de reconocido prestigio y relumbrón internacional. Pero pienso que tal vez sus razones puede que sean muy parecidas a las mías.

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Una postal desde

Sioux Falls, una ciudad con nombre de película.

Si miras sus fotos, se parece sólo a un sitio que viste en sueños,
un recuerdo confuso, un tranvía casi vacío que circula bajo el sol tórrido de agosto.
Es un lugar donde el aire no se mueve.
Si fueras allá, nadie te miraría más de dos segundos,
ni te llamaría por tu apodo.
Allí podrías quizá agostarte de tanto tedio,
o quizá pasarte los primeros dos días visitando monumentos, yendo a bibliotecas,
pasando el rato.
Luego tendrías que trepar a montañas áridas desde las cuales desahogar tu mirada,
por tantos valles y desfiladeros agujereados por las miradas de tanta gente sola,
y, mientras también tú mirabas, soñar quizá casualmente con los lugares que por aquel nuevo abandonaste.
Sí, allí donde tú posaste tu dedo al azar, en cien de cada cien casos, también existe la soledad.
Y sí, ya sé que es muy fácil enamorarte de cualquier lugar que no sea el tuyo,
porque es nuevo y prometedor y porque en ellos eres lo que siempre quisiste ser: una sombra en libertad, aunque sea libertad condicional.
También sé que a veces te preguntas cómo sería verte de repente al otro lado de la valla, en la casa aquélla,
y cómo la gente puede sentirse sola cuando pisa todos los días un jardín tan verde y bendecido de flores.
Pero sabes que piensas así porque no es tu jardín, porque ansías una pizarra en blanco hasta el momento en que inscribes la primera letra,
algo otorgado a todos sólo al principio de la vida, cuando no hay nada que escribir.

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