Vida eres y en número te conviertes

Lo peor que nos puede pasar es creer que somos un número.

Nos lo repiten muchas veces a lo largo de la vida, y, sobre todo, nos lo hacen sentir. No somos nada, sólo un número, en sus muy variadas manifestaciones o encarnaciones: un formulario, una ficha, un historial, un caso, una estadística, un puesto de una lista, una entrada en un catálogo, un apunte en un dietario, una cita en una agenda apretada, una molestia más para alguien que tiene otras mil molestias que atender.

También podemos ser una nota, un nivel, un caso destacado o un fracaso, un porcentaje, un teléfono, una comisión.

Incluso aunque para alguien supongamos la diferencia entre la mediocridad y una victoria o una satisfacción, nosotros seguiremos siendo para ellos ese número. A nosotros esa victoria no nos reporta ningún beneficio. Nuestro estado no ha cambiado a ojos de quienes deciden sobre otros.

Ni siquiera a su muerte pueden los más desafortunados de entre los desafortunados ser algo más que un dato. Como mucho, llegarán a ser un nombre vacío de significado, una inscripción, una identidad confesada y reconocida pero no significativa para nadie. Si no hay sentimiento, no hay verdadero reconocimiento de la identidad del otro.

Los números son seguramente una cosa muy buena que sirve para muchos propósitos constructivos, pero es una aberración y un pecado unirlos a la identidad del ser humano.

Podemos protegernos de esa agresión al ser humano si nos negamos a aceptar ese mensaje y a identificarnos con él. Pero el ataque es tan constante que, en muchos casos, terminamos haciendo ese mensaje nuestro. Eso es lo peor que nos puede pasar.

Puede llegar, y de hecho, para muchas personas, llega un momento en el que consideramos que valemos lo que nos dicen unos números. Pueden ser números cualesquiera, dictados por alguien externo o por nosotros mismos. En realidad, en el fondo poco importa cuál sea ese número, qué indique y de dónde venga. Da igual si es real o imaginado, da igual la relevancia que tenga en la sociedad.

Para muchísimas mujeres y también hombres, el número elegido corresponde al de su masa corporal en un momento determinado o, más bien, en todo momento, cada día y, a veces, más de una vez al día. Durante años, ellos se someten a la cifra que marca su báscula de baño. Normalmente, se suben a la báscula al empezar el día, de manera que esa cifra decide la suerte de su día, su estado de ánimo, el grado de amor y respeto que se tendrán a sí mismos ese día concreto, su sensación de triunfo o de fracaso, según sea el resultado y según salga favorecido o no en comparación con el estándar -otro número- que cada uno tenga en mente.

No pasa demasiado tiempo hasta que ellos se convierten en ese número. No se dan cuenta, pero es así. Una cifra andante, un fracaso andante, porque ellos seguramente ya se sienten un fracaso vital y es por eso por lo que necesitan medirse cada día.

Claro que los números son una construcción y, fuera del campo estricto para el que han sido creados, no tienen ningún sentido real. No significan nada para la vida, para el mundo. No significan nada si no hay un cerebro humano observándolos. Del mismo modo que la hora del reloj no indica nada directa y realmente conectado con la vida verdadera, de esa misma manera las cifras no tienen una conexión directa ni auténtica con la vida ni con los seres vivos. Somos nosotros quienes designamos a los demás con esos números, quienes necesitamos etiquetarlos y categorizarlos, y, en última instancia, en un último y suicida alarde de precisión y de afán de encaramarnos sobre los hombros de Dios, etiquetarnos y categorizarnos a nosotros mismos.

Las mujeres que eligen la cifra que marca la báscula cada mañana no son muy diferentes del resto, sólo han elegido una forma más rápida, dolorosa y angustiosa de intentar hacerse desaparecer, de intentar nivelarse, de intentar pasar inadvertidas y no sobresaltar al mundo con lo que ellas creen que es su fealdad, su imperfección ofensiva, su destacada falibilidad. Esa cifra las va aplastando lentamente, cada vez más grande que ellas, infinitamente más poderosa que la voluntad de ellas o que su amor propio. Aplasta sus cuerpos, pero sólo una vez ha aplastado sus mentes y sus espíritus; una vez hecho esto, comerse su cuerpo es un juego de niños. Esa cifra pesa sobre ellas con todo el poder del que la han dotado millones de mentes, millones de estrategias, millones de afanes codiciosos que giran alrededor de números, más números, siempre números.

Silenciosamente, actuando como un veneno administrado gota a gota a la víctima, la debilita hasta el punto de hacerla abdicar del espacio que por derecho de nacimiento le corresponde. Y le inocula la enfermedad del hambre, la enfermedad del vacío que quiere ser llenado y con nada se puede llenar.

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