¿Hay alguna forma de hacer que la experiencia de paso por la vida terrenal sea más dura de lo que ya es por naturaleza? Sí: pasar por ella a pelo. No hay duda: la experiencia de transitar por el valle de lágrimas sin chubasquero, ni paraguas, ni katiuskas para la lluvia redunda en aún más lágrimas para los osados.

No hay muchos así. Podemos llamarlos desesperados, en el sentido que le dan a esa palabra en las películas del salvaje Oeste: el desperado es no tanto el que no tiene esperanza, sino el que va por ahí sin esperanzas de salir indemne. Por eso mismo, es más libre que todos los esperados, pero no por ello es envidiado por éstos. Y son una especie en vías de extinción, aunque esa vía sea más larga de lo que cabría imaginar dadas las muchas asechanzas del camino; los desesperados que van a pelo, sin botas adecuadas, sin sombrero para la insolación, como quien dice, y casi sin montura adecuada se resisten a desaparecer. Haberlos, haylos, y por muchos años. Dicen que algunos no llevan cantimplora ni revólver. Cómo vencen a sus enemigos nadie lo sabe; quizá sean brujos, espíritus privilegiados, la niña de los ojos de Dios.

Los más desperados de entre los desperados son los que rechazan cualquier trampa o tocomocho que se les ofrece. No entran ni a un mísero saloon para regarse el gaznate con bebidas espiritosas y pillarse una buena cogorza para olvidar las penas. Y, claro, si abjuran de esos venenos en forma líquida y con todolegal para su comercialización a este y al otro lado del río Grande, nos podemos imaginar que cosas más fuertes y con mayor potencial para suministrar olvido gota a gota o granito de polvo a granito de polvo son pecado mortal para ellos. Peor aún: son la muerte total y absoluta. Son peor que vender tu alma al diablo, porque ellos saben que el alma existe, pero el diablo, no; vender tu alma te lleva a perderla directamente. No hay forma de ganar. La única forma de ganar es apretar los dientes y seguir cabalgando, o seguir a pie. Seguir, en todo caso. Los desperados de verdad nunca se juegan al póker nada que necesiten de verdad. Nunca se juegan su salvación, ni su lucidez.

Pero ellos saben lo duro que es. Nadie más lo sabe. En sus paradas y fondas, leen obituarios de gentes conocidas, estrellas que la gente culta y entendida admira. Y ven que esos son los peores, los que más fácilmente sucumben a las mil pócimas del olvido y de la evasión. Creyendo allanarse el camino, en realidad estaban cavando en él una zanja de la que luego no podrían salir.

Claro, pero hay muchos que dicen que precisamente eso es lo que hay que hacer, eso es lo que hacen los inteligentes. Es de inteligentes “aprovechar al máximo los momentos en que puedes pasarlo bien“. O, directamente, “lo que tienes que hacer es pasarlo lo mejor posible, y para eso, todo vale“. Si “total, al final te vas a morir igual“.

Y sí, pero no. No te mueres igual, porque no vives igual. Vives con más dificultad, pero siendo más auténtico. Ésa es la verdadera diferencia. No hace falta saber explicarlo, ni siquiera ser muy consciente de ello. A medida que uno va caminando, lo siente. A través de sus lágrimas, mientras otros bailan y se divierten, uno puede saberlo, simplemente sentir que uno está siendo lo único que puede ser, dejando que el arroyo corra libremente por su cauce natural, sin canales, sin presas, sin norias, sin desagües, sin pantanos. Nada. Sólo el agua que corre libremente.

Pero es duro, claro que es duro. Pasar sin nada, sin festines de comida, sin libaciones espiritosas (o no espiritosas, sin libaciones a secas), sin orgías de autocomplacencia, sin divertimentos estúpidos, sin afiliaciones a causas fogosas pero perdidas sin redención posible, sin subidones de adrenalina ni de nada parecido, sin vivir la vida a mil por hora, sin una petaca ni un puto hongo alucinógeno. Sin nada. Es duro, porque realmente en la vida no hay nada más, aparentemente. Sólo hay eso, y si no te agarras, parece que estás condenado a la aridez del desierto, a la única compañía del sol abrasador, del viento del Sur, del agostamiento de la mente.

Es duro seguir adelante cuando todos parecen tener razón, es duro seguir cuando lo único que uno tiene es su pequeña brújula. Y recordar, como aprendió al principio, mucho, muchísimo tiempo antes de esta travesía, que la brújula siempre marca la dirección correcta, siempre apunta allá donde debe uno ir, sin importarle si hace frío ni calor, sin importarle si anoche se empapó una almohada o no.

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