Gregory Peck

Hay días -ratos, por ser más estrictos- que no tienen redención posible. Son días en los que no podemos decir que las cosas nos vayan mal, pero tampoco bien. Son esos días en los que notamos que el diablo mata moscas con el rabo; o bien días en los que, como decía la tira de Mafalda, lo malo de uno son los demás.

(Con mayor frecuencia, los días chungos suelen ser esos últimos; días en los que uno no puede crecerse ante la adversidad y los elementos, porque no hay tales, pero sí hay malicia o mala leche humana y, si uno se crece ante esos humanos, puede que salga peor parado que antes.)

A veces, uno se consuela pensando que ganará, pero casi nunca gana contra los malos de turno. Y eso es así porque el mundo es un lugar injusto. Jesucristo nos lo enseñó claramente: a Jesucristo lo condenaron a muerte siendo él inocente. Él nos mostro en su propia destrozada carne lo injusto que es el mundo.

Y son normalmente las injusticias cotidianas, las pequeñas afrentas y los agravios casi íntimos que nos propinamos unos a otros los que minan más que ninguna otra cosa nuestra reserva de fortaleza. Porque nuestro enemigo es nuestro prójimo, nuestro vecino, compañero, primo o amigo; sí, esos amigos que, como decía Wilde, siempre te dan la puñalada trapera de frente.

Hay días en los que no es fácil consolarse a uno mismo, ni escribir o pensar algo tópico y fácil, ponerse un apósito verbal o un cura, cura, sana que surta efecto cuasi milagroso. No hay mercrominas del pensamiento ni de las emociones, en algunos días en que se nos olvida mirar hacia arriba, o simplemente hacia delante, aunque sólo sea para decirnos a nosotros mismos que todavía somos capaces de hacerlo, que seguimos aquí, de pie.

Entonces, al finuno vuelve a su casa y da el día por terminado, y se limita a esperar al siguiente. Esperar, en su doble acepción de aguardar y tener esperanza. Uno siempre espera lo mejor, he ahí la cuestión; cuando uno deja de esperar lo mejor, es porque se ha puesto enfermo del alma y ha abandonado su estado natural, su conexión con su naturaleza verdadera.

Pero estaba hablando de agravios, de gente tratada injustamente. Y esto me recuerda a Atticus Finch o, mutatis mutandis, a Gregory Peck. Tengo predilección por este actor de la época dorada del cine. Se interpretó a sí mismo cuando hizo de Atticus Finch, el abogado defensor de causas que parecían perdidas, precisamente por ser perdidas. La mayor parte del tiempo, seguramente Atticus Finch se iría a la cama pensando que lo más probable era que perdiera el caso, que no lograra cambiar ni un ápice del curso de la historia. Que la historia la escribirían otros, los otros, los de siempre.

Quizá aquel hombre no se tenía más que a sí mismo, no tenía más que su convicción, no tenía otra cosa que su conexión con el sentido innato de bien y mal que tenemos todos, aunque algunos más a flor de piel que otros. En muchos, ese sentido se atrofia y se pudre; en muchos, sigue vivo, pero sus cerebros eligen desoír esa conexión. Atticus Finch / Gregory Peck seguramente se sintió derrotado muchas veces, pero él convirtió esa derrota en victoria íntima de una manera sólo reservada a los bienaventurados de verdad.

Hay veces en que podemos darnos cuenta de que, en última instancia, lo que el mundo haga de nosotros no depende de nosotros, ni en el menor de los grados, en ninguna medida. Somos profundamente vulnerables, estamos absolutamente a expensas de las circunstancias. Es verdad que cada uno es dueño de su destino, pero no en el sentido falsamente triunfalista y pseudoterapéutico que se le da corrientemente. Cada uno es, o puede ser dueño de su destino sólo de la manera en que nos enseñó Atticus Finch: sabiendo que, a pesar de que nos muelan a palos, podemos mantenernos fieles a nuestra íntima decisión de cambiar las cosas, aunque esa decisión nos lleve a toparnos mil veces con muros construidos por otros e incluso aunque no nos lleve a ningún buen puerto ni a ninguna victoria visible para el mundo. Tan sólo esa decisión de no dejarnos cambiar, de que ellos no nos tengan, ya es bastante.

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