Nunca puedes saber cómo vas a verte en una situación cualquiera. Con esto no me refiero a las situaciones cotidianas, sino a una colección de situaciones, una secuencia, en lenguaje cinematográfico: una serie de escenas con una unidad de sentido, una coherencia interna. Secuencias de situaciones -también llamadas “circunstancias”- que surgen prácticamente de la nada, y uno nunca sabe cómo ni por qué.

Algunas veces -pero sólo algunas- uno mira, escruta, disecciona los pasos, los momentos, las escenas, y encuentra no ya una concatenación de causa-efecto, eso casi nunca aparece, pero sí ciertas pistas, elementos de un futuro (ahora ya pasado, bajo nuestra mirada) que ya se insinuaban en un pasado (aún más pasado, desde nuestra posición ahora omnisciente; y ya se sabe que cuando mira atrás, uno siempre tiene una vista perfecta, nunca hay dioptrías, ni daltonismos, ni cataratas… uno siempre lo ve todo perfectamente, como si lo viera desde el punto de vista de Dios [casi] y es capaz de tirarse de los pelos por cosas que hizo mal o dejó de hacer, también mal.

Pero sólo algunas. Normalmente, de golpe y porrazo, nos vemos disparados como hombres bala, directos hacia nuestro destino.

Y es que, lo queramos o no, éste, aquí donde estamos, es justamente eso: nuestro destino. Esto es cierto para ti, para mí, para cualquier persona que haya existido o exista jamás. El destino nunca es mediocre, ni magnífico, ni injusto, ni equitativo. Es exactamente lo que nos merecemos, aquello que estuvo aguardándonos desde que nacimos. Yo lo creo así y pienso que es algo que no pertenece casi ni a la categoría de creencias, porque, a poco que examinemos biografías cercanas o lejanas, comprobaremos que está ahí.

Desde que nacemos empezamos a ser propulsados hacia delante, hacia nuestro destino.

Pero, de antemano, uno nunca sabe. De repente, se encuentra ahí, en el vórtice de las cosas, con muchas otras cosas sucediéndole, girando alrededor, y es lo que hay. Justamente eso: es lo que hay. Tómalo, porque no puedes dejarlo; esa opción simplemente no existe. Y es la única ocasión en la vida en que no hay dos opciones, no hay opción. Tómalo.

Y, cuando lo tomes, sea lo que sea lo que hayas tomado, más vale que lo quieras, aunque sólo sea un poco. Más vale que, si no lo quieres, saques fuerzas de flaqueza para buscar algo en ello que puedas amar, y, a poder ser, amar con todas tus fuerzas. Si no, estás derrotado ya antes de empezar. No hay nada peor que sobrevivir, ni siquiera morir; sobrevivir durante toda una vida es lo peor que puede pasarnos.

Si uno sabe eso, comprende que amar nuestro momento presente y nuestra concatenación de situaciones, nuestro destino, aquí donde estamos y como estamos, es lo único que puede salvarnos.

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