Archivo mensual: junio 2013

Vida eres y en número te conviertes

Lo peor que nos puede pasar es creer que somos un número.

Nos lo repiten muchas veces a lo largo de la vida, y, sobre todo, nos lo hacen sentir. No somos nada, sólo un número, en sus muy variadas manifestaciones o encarnaciones: un formulario, una ficha, un historial, un caso, una estadística, un puesto de una lista, una entrada en un catálogo, un apunte en un dietario, una cita en una agenda apretada, una molestia más para alguien que tiene otras mil molestias que atender.

También podemos ser una nota, un nivel, un caso destacado o un fracaso, un porcentaje, un teléfono, una comisión.

Incluso aunque para alguien supongamos la diferencia entre la mediocridad y una victoria o una satisfacción, nosotros seguiremos siendo para ellos ese número. A nosotros esa victoria no nos reporta ningún beneficio. Nuestro estado no ha cambiado a ojos de quienes deciden sobre otros.

Ni siquiera a su muerte pueden los más desafortunados de entre los desafortunados ser algo más que un dato. Como mucho, llegarán a ser un nombre vacío de significado, una inscripción, una identidad confesada y reconocida pero no significativa para nadie. Si no hay sentimiento, no hay verdadero reconocimiento de la identidad del otro.

Los números son seguramente una cosa muy buena que sirve para muchos propósitos constructivos, pero es una aberración y un pecado unirlos a la identidad del ser humano.

Podemos protegernos de esa agresión al ser humano si nos negamos a aceptar ese mensaje y a identificarnos con él. Pero el ataque es tan constante que, en muchos casos, terminamos haciendo ese mensaje nuestro. Eso es lo peor que nos puede pasar.

Puede llegar, y de hecho, para muchas personas, llega un momento en el que consideramos que valemos lo que nos dicen unos números. Pueden ser números cualesquiera, dictados por alguien externo o por nosotros mismos. En realidad, en el fondo poco importa cuál sea ese número, qué indique y de dónde venga. Da igual si es real o imaginado, da igual la relevancia que tenga en la sociedad.

Para muchísimas mujeres y también hombres, el número elegido corresponde al de su masa corporal en un momento determinado o, más bien, en todo momento, cada día y, a veces, más de una vez al día. Durante años, ellos se someten a la cifra que marca su báscula de baño. Normalmente, se suben a la báscula al empezar el día, de manera que esa cifra decide la suerte de su día, su estado de ánimo, el grado de amor y respeto que se tendrán a sí mismos ese día concreto, su sensación de triunfo o de fracaso, según sea el resultado y según salga favorecido o no en comparación con el estándar -otro número- que cada uno tenga en mente.

No pasa demasiado tiempo hasta que ellos se convierten en ese número. No se dan cuenta, pero es así. Una cifra andante, un fracaso andante, porque ellos seguramente ya se sienten un fracaso vital y es por eso por lo que necesitan medirse cada día.

Claro que los números son una construcción y, fuera del campo estricto para el que han sido creados, no tienen ningún sentido real. No significan nada para la vida, para el mundo. No significan nada si no hay un cerebro humano observándolos. Del mismo modo que la hora del reloj no indica nada directa y realmente conectado con la vida verdadera, de esa misma manera las cifras no tienen una conexión directa ni auténtica con la vida ni con los seres vivos. Somos nosotros quienes designamos a los demás con esos números, quienes necesitamos etiquetarlos y categorizarlos, y, en última instancia, en un último y suicida alarde de precisión y de afán de encaramarnos sobre los hombros de Dios, etiquetarnos y categorizarnos a nosotros mismos.

Las mujeres que eligen la cifra que marca la báscula cada mañana no son muy diferentes del resto, sólo han elegido una forma más rápida, dolorosa y angustiosa de intentar hacerse desaparecer, de intentar nivelarse, de intentar pasar inadvertidas y no sobresaltar al mundo con lo que ellas creen que es su fealdad, su imperfección ofensiva, su destacada falibilidad. Esa cifra las va aplastando lentamente, cada vez más grande que ellas, infinitamente más poderosa que la voluntad de ellas o que su amor propio. Aplasta sus cuerpos, pero sólo una vez ha aplastado sus mentes y sus espíritus; una vez hecho esto, comerse su cuerpo es un juego de niños. Esa cifra pesa sobre ellas con todo el poder del que la han dotado millones de mentes, millones de estrategias, millones de afanes codiciosos que giran alrededor de números, más números, siempre números.

Silenciosamente, actuando como un veneno administrado gota a gota a la víctima, la debilita hasta el punto de hacerla abdicar del espacio que por derecho de nacimiento le corresponde. Y le inocula la enfermedad del hambre, la enfermedad del vacío que quiere ser llenado y con nada se puede llenar.

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¿Hay alguna forma de hacer que la experiencia de paso por la vida terrenal sea más dura de lo que ya es por naturaleza? Sí: pasar por ella a pelo. No hay duda: la experiencia de transitar por el valle de lágrimas sin chubasquero, ni paraguas, ni katiuskas para la lluvia redunda en aún más lágrimas para los osados.

No hay muchos así. Podemos llamarlos desesperados, en el sentido que le dan a esa palabra en las películas del salvaje Oeste: el desperado es no tanto el que no tiene esperanza, sino el que va por ahí sin esperanzas de salir indemne. Por eso mismo, es más libre que todos los esperados, pero no por ello es envidiado por éstos. Y son una especie en vías de extinción, aunque esa vía sea más larga de lo que cabría imaginar dadas las muchas asechanzas del camino; los desesperados que van a pelo, sin botas adecuadas, sin sombrero para la insolación, como quien dice, y casi sin montura adecuada se resisten a desaparecer. Haberlos, haylos, y por muchos años. Dicen que algunos no llevan cantimplora ni revólver. Cómo vencen a sus enemigos nadie lo sabe; quizá sean brujos, espíritus privilegiados, la niña de los ojos de Dios.

Los más desperados de entre los desperados son los que rechazan cualquier trampa o tocomocho que se les ofrece. No entran ni a un mísero saloon para regarse el gaznate con bebidas espiritosas y pillarse una buena cogorza para olvidar las penas. Y, claro, si abjuran de esos venenos en forma líquida y con todolegal para su comercialización a este y al otro lado del río Grande, nos podemos imaginar que cosas más fuertes y con mayor potencial para suministrar olvido gota a gota o granito de polvo a granito de polvo son pecado mortal para ellos. Peor aún: son la muerte total y absoluta. Son peor que vender tu alma al diablo, porque ellos saben que el alma existe, pero el diablo, no; vender tu alma te lleva a perderla directamente. No hay forma de ganar. La única forma de ganar es apretar los dientes y seguir cabalgando, o seguir a pie. Seguir, en todo caso. Los desperados de verdad nunca se juegan al póker nada que necesiten de verdad. Nunca se juegan su salvación, ni su lucidez.

Pero ellos saben lo duro que es. Nadie más lo sabe. En sus paradas y fondas, leen obituarios de gentes conocidas, estrellas que la gente culta y entendida admira. Y ven que esos son los peores, los que más fácilmente sucumben a las mil pócimas del olvido y de la evasión. Creyendo allanarse el camino, en realidad estaban cavando en él una zanja de la que luego no podrían salir.

Claro, pero hay muchos que dicen que precisamente eso es lo que hay que hacer, eso es lo que hacen los inteligentes. Es de inteligentes “aprovechar al máximo los momentos en que puedes pasarlo bien“. O, directamente, “lo que tienes que hacer es pasarlo lo mejor posible, y para eso, todo vale“. Si “total, al final te vas a morir igual“.

Y sí, pero no. No te mueres igual, porque no vives igual. Vives con más dificultad, pero siendo más auténtico. Ésa es la verdadera diferencia. No hace falta saber explicarlo, ni siquiera ser muy consciente de ello. A medida que uno va caminando, lo siente. A través de sus lágrimas, mientras otros bailan y se divierten, uno puede saberlo, simplemente sentir que uno está siendo lo único que puede ser, dejando que el arroyo corra libremente por su cauce natural, sin canales, sin presas, sin norias, sin desagües, sin pantanos. Nada. Sólo el agua que corre libremente.

Pero es duro, claro que es duro. Pasar sin nada, sin festines de comida, sin libaciones espiritosas (o no espiritosas, sin libaciones a secas), sin orgías de autocomplacencia, sin divertimentos estúpidos, sin afiliaciones a causas fogosas pero perdidas sin redención posible, sin subidones de adrenalina ni de nada parecido, sin vivir la vida a mil por hora, sin una petaca ni un puto hongo alucinógeno. Sin nada. Es duro, porque realmente en la vida no hay nada más, aparentemente. Sólo hay eso, y si no te agarras, parece que estás condenado a la aridez del desierto, a la única compañía del sol abrasador, del viento del Sur, del agostamiento de la mente.

Es duro seguir adelante cuando todos parecen tener razón, es duro seguir cuando lo único que uno tiene es su pequeña brújula. Y recordar, como aprendió al principio, mucho, muchísimo tiempo antes de esta travesía, que la brújula siempre marca la dirección correcta, siempre apunta allá donde debe uno ir, sin importarle si hace frío ni calor, sin importarle si anoche se empapó una almohada o no.

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Gregory Peck

Hay días -ratos, por ser más estrictos- que no tienen redención posible. Son días en los que no podemos decir que las cosas nos vayan mal, pero tampoco bien. Son esos días en los que notamos que el diablo mata moscas con el rabo; o bien días en los que, como decía la tira de Mafalda, lo malo de uno son los demás.

(Con mayor frecuencia, los días chungos suelen ser esos últimos; días en los que uno no puede crecerse ante la adversidad y los elementos, porque no hay tales, pero sí hay malicia o mala leche humana y, si uno se crece ante esos humanos, puede que salga peor parado que antes.)

A veces, uno se consuela pensando que ganará, pero casi nunca gana contra los malos de turno. Y eso es así porque el mundo es un lugar injusto. Jesucristo nos lo enseñó claramente: a Jesucristo lo condenaron a muerte siendo él inocente. Él nos mostro en su propia destrozada carne lo injusto que es el mundo.

Y son normalmente las injusticias cotidianas, las pequeñas afrentas y los agravios casi íntimos que nos propinamos unos a otros los que minan más que ninguna otra cosa nuestra reserva de fortaleza. Porque nuestro enemigo es nuestro prójimo, nuestro vecino, compañero, primo o amigo; sí, esos amigos que, como decía Wilde, siempre te dan la puñalada trapera de frente.

Hay días en los que no es fácil consolarse a uno mismo, ni escribir o pensar algo tópico y fácil, ponerse un apósito verbal o un cura, cura, sana que surta efecto cuasi milagroso. No hay mercrominas del pensamiento ni de las emociones, en algunos días en que se nos olvida mirar hacia arriba, o simplemente hacia delante, aunque sólo sea para decirnos a nosotros mismos que todavía somos capaces de hacerlo, que seguimos aquí, de pie.

Entonces, al finuno vuelve a su casa y da el día por terminado, y se limita a esperar al siguiente. Esperar, en su doble acepción de aguardar y tener esperanza. Uno siempre espera lo mejor, he ahí la cuestión; cuando uno deja de esperar lo mejor, es porque se ha puesto enfermo del alma y ha abandonado su estado natural, su conexión con su naturaleza verdadera.

Pero estaba hablando de agravios, de gente tratada injustamente. Y esto me recuerda a Atticus Finch o, mutatis mutandis, a Gregory Peck. Tengo predilección por este actor de la época dorada del cine. Se interpretó a sí mismo cuando hizo de Atticus Finch, el abogado defensor de causas que parecían perdidas, precisamente por ser perdidas. La mayor parte del tiempo, seguramente Atticus Finch se iría a la cama pensando que lo más probable era que perdiera el caso, que no lograra cambiar ni un ápice del curso de la historia. Que la historia la escribirían otros, los otros, los de siempre.

Quizá aquel hombre no se tenía más que a sí mismo, no tenía más que su convicción, no tenía otra cosa que su conexión con el sentido innato de bien y mal que tenemos todos, aunque algunos más a flor de piel que otros. En muchos, ese sentido se atrofia y se pudre; en muchos, sigue vivo, pero sus cerebros eligen desoír esa conexión. Atticus Finch / Gregory Peck seguramente se sintió derrotado muchas veces, pero él convirtió esa derrota en victoria íntima de una manera sólo reservada a los bienaventurados de verdad.

Hay veces en que podemos darnos cuenta de que, en última instancia, lo que el mundo haga de nosotros no depende de nosotros, ni en el menor de los grados, en ninguna medida. Somos profundamente vulnerables, estamos absolutamente a expensas de las circunstancias. Es verdad que cada uno es dueño de su destino, pero no en el sentido falsamente triunfalista y pseudoterapéutico que se le da corrientemente. Cada uno es, o puede ser dueño de su destino sólo de la manera en que nos enseñó Atticus Finch: sabiendo que, a pesar de que nos muelan a palos, podemos mantenernos fieles a nuestra íntima decisión de cambiar las cosas, aunque esa decisión nos lleve a toparnos mil veces con muros construidos por otros e incluso aunque no nos lleve a ningún buen puerto ni a ninguna victoria visible para el mundo. Tan sólo esa decisión de no dejarnos cambiar, de que ellos no nos tengan, ya es bastante.

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Nunca puedes saber cómo vas a verte en una situación cualquiera. Con esto no me refiero a las situaciones cotidianas, sino a una colección de situaciones, una secuencia, en lenguaje cinematográfico: una serie de escenas con una unidad de sentido, una coherencia interna. Secuencias de situaciones -también llamadas “circunstancias”- que surgen prácticamente de la nada, y uno nunca sabe cómo ni por qué.

Algunas veces -pero sólo algunas- uno mira, escruta, disecciona los pasos, los momentos, las escenas, y encuentra no ya una concatenación de causa-efecto, eso casi nunca aparece, pero sí ciertas pistas, elementos de un futuro (ahora ya pasado, bajo nuestra mirada) que ya se insinuaban en un pasado (aún más pasado, desde nuestra posición ahora omnisciente; y ya se sabe que cuando mira atrás, uno siempre tiene una vista perfecta, nunca hay dioptrías, ni daltonismos, ni cataratas… uno siempre lo ve todo perfectamente, como si lo viera desde el punto de vista de Dios [casi] y es capaz de tirarse de los pelos por cosas que hizo mal o dejó de hacer, también mal.

Pero sólo algunas. Normalmente, de golpe y porrazo, nos vemos disparados como hombres bala, directos hacia nuestro destino.

Y es que, lo queramos o no, éste, aquí donde estamos, es justamente eso: nuestro destino. Esto es cierto para ti, para mí, para cualquier persona que haya existido o exista jamás. El destino nunca es mediocre, ni magnífico, ni injusto, ni equitativo. Es exactamente lo que nos merecemos, aquello que estuvo aguardándonos desde que nacimos. Yo lo creo así y pienso que es algo que no pertenece casi ni a la categoría de creencias, porque, a poco que examinemos biografías cercanas o lejanas, comprobaremos que está ahí.

Desde que nacemos empezamos a ser propulsados hacia delante, hacia nuestro destino.

Pero, de antemano, uno nunca sabe. De repente, se encuentra ahí, en el vórtice de las cosas, con muchas otras cosas sucediéndole, girando alrededor, y es lo que hay. Justamente eso: es lo que hay. Tómalo, porque no puedes dejarlo; esa opción simplemente no existe. Y es la única ocasión en la vida en que no hay dos opciones, no hay opción. Tómalo.

Y, cuando lo tomes, sea lo que sea lo que hayas tomado, más vale que lo quieras, aunque sólo sea un poco. Más vale que, si no lo quieres, saques fuerzas de flaqueza para buscar algo en ello que puedas amar, y, a poder ser, amar con todas tus fuerzas. Si no, estás derrotado ya antes de empezar. No hay nada peor que sobrevivir, ni siquiera morir; sobrevivir durante toda una vida es lo peor que puede pasarnos.

Si uno sabe eso, comprende que amar nuestro momento presente y nuestra concatenación de situaciones, nuestro destino, aquí donde estamos y como estamos, es lo único que puede salvarnos.

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