El timbre

¡Qué feo es mi pupitre!

¡Qué absurda clase!

Unas niñas me acosan

Estoy harta del puto cole.

Casi no tengo amigos aquí,

y me aburro escuchando a las maestras.

Nunca serví para jugar al brilé,

y me aterran los compañeros que me rodean.

Sólo tengo un amigo, quizá; alguien que se sienta en la otra esquina.

De vez en cuando agita los dedos en señal de saludo,

otras veces, no se atreve; ni me mira.

¡No hay nada espectacular en mi vida!

Cargada de deberes volveré a casa,

intentaré olvidarme de todo esto

hasta mañana.

Pero hoy hay alguien que se ha ido;

yo lo vi escabullirse hacia el pasillo

antes de que sonara el timbre del final.

No dijo nada a nadie, ni la maestra se dio cuenta.

Agazapado, tiró de la

manija

y salió, como quien no quiere la cosa.

Nadie se dio cuenta, porque a nadie le importaba

aquella persona.

(Tampoco yo lo conocía bien; me preocupaba más de mí misma.)

Hasta que por fin, brilló el asiento vacío,

y se hizo el silencio.

Se paró la perorata por un momento.

“¿Dónde está vuestro compañero?”, preguntó la maestra. Todos miraron,

como si vieran su sitio por vez primera.

“¡Vaya! Se ha ido. ¿Cómo ha podido ser? ¿Por qué se ha escapado?”, preguntan los demás.

Oigo su nombre un millón de veces; se diría que nadie se daba cuenta

ni de que existía

(Igual que me pasa a mí).

Se diría que lo echan de menos. ¿Será así?

De repente, piensas con envidia

en aquel que se ha ido.

¡Qué suerte no tener que estar aquí!

Cuando se olviden de la novedad, volverán otra vez a mirarme a mí

si es que les apetece molestar.

También yo quiero largarme sin que nadie me vea;

se olvidarían pronto de mí y yo podría vagar

por praderas soleadas, por las calles, por donde quisiera;

ser libre, sin enemigos, sin largas horas de tedio, sin angustias sin fin.

Pero no me iré; sin quererlo especialmente, miro hacia delante;

es lo que ven mis ojos, pues yo no busco nada donde nada puedo encontrar.

Esto es lo más largo y arduo que he tenido que hacer jamás,

estar aquí sentada, temiendo que esto nunca fuera a terminar, temiendo

que al final no hubiera nada.

Pero espero, espero con paciencia. Leo y me dejo absorber

por el tiempo que pasa, por las cosas que se me ofrecen

y que me ha sido dado entender (quiera yo o no quiera).

Finalmente, suena el timbre; es ahora cuando puedo salir.

Y hoy es un buen día; mis enemigas salen de estampía,

aburridas de mí por esta vez.

Eres tú quien viene a mi encuentro; alguien a quien nadie más parece ver,

tan pequeño y silencioso como yo.

No somos los mejores ni tenemos la vida más maravillosa,

pero así ya nos va bien.

No haremos novillos, queremos graduarnos, queremos saber, queremos crecer.

Ya tendremos tiempo de nadar al sol y comer helado

cuando todo termine y sea el tiempo.

No por llegar antes amanecerá más temprano.

Aguantaremos lo que nos echen, y todo lo demás,

carros y carretas, con el alivio del recreo ocasional

y una buena merienda, y los fines de semana.

Y lo aguantaremos todo hasta el final,

hasta que llegue por fin nuestro día

y todo tenga sentido

o dé igual que no lo tenga.

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