Al final de todo hay la mariposa y la flor,

el cofre de monedas y diamantes, la corona de rubíes y esmeraldas,

el trono forrado de delicioso terciopelo, los ropajes de ricos tejidos,

los amaneceres de oro bruñido.

O quizá no; quizá no hay tesoros, ni palacios, ni fastuosidades, sino tan sólo la mariposa y la flor; el corazón alado del hombre, sus sueños de mil colores, los pétalos de su amor y su afecto, rodeados de espinas.

Al final de todo está lo que buscas.

Protege el corazón, humano; amuralla el corazón, soldado; defiéndelo del mundo y sus depredadores.

Entrégalo sin miedo, pero sólo a quien por él luche y supere tus pruebas.

El foso del desconocimiento, con las bestias acuáticas de la ironía y el desapego.

Las espinas de los desencuentros, la sutil burla ocasional, sin dar facilidades.

Las estacas, las alambradas y los espantapájaros para ahuyentar a quienes no quieren aventurarse más allá de lo cómodo.

El bautismo del hielo, la mordedura de los relámpagos,  el sagrado bautismo del fuego.

Finalmente, la llave en la cerradura correcta.

Y el corazón, sólo para quien lo merezca.

Amuralla el corazón, soldado; defiende el corazón, legionario.

Surca los mares y desafía el iceberg sólo por él, marinero.

No hay otra verdad, no hay ninguna otra tierra prometida.

Esto es lo único que hay, la única llama eterna, el único espejo donde puedes ver  el reflejo desvaído de quien te creó.

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