Aquella mañana, el poeta ya no era el mismo; se levantó transido de silencio.

En silencio hizo lo que tenía que ser hecho, en silencio transcurrió aquel día.

El día siguiente fue así también, y el otro, igual.

Era fácil dejar pasar el tiempo así, por primera vez como si no pasara.

Hasta que se dio cuenta de que ya no era poeta; ya nada salía de él como antes. Como antes…

Como antes del silencio.

Decían que su poesía había sido de una y de otra manera, y a él le había gustado oírlo. (Si bien sabía que de ella no se vivía.) Echaba de menos aquellas palabras.

Pero sólo al principio.

Hasta que comenzó a habitar el silencio.

Había empezado por vestirse de él, y ahora, ya era como su piel.

Todo era plácido, había paz a su alrededor, en su morada.

(si bien ya no salían aquellas palabras).

Nadie había sabido del tormento del antiguo poeta, quien ahora estaba muerto.

Nadie había estado con él durante sus noches de desasosiego.

Sin saberlo, había musitado una oración tras otra; y entonces, Dios le quitó el miedo. Le quitó la angustia

y sólo quedó el vacío exquisito. Un vacío como una casa nueva, como una fruta madura recién tomada del árbol.

Se remansó el río de las palabras; se hizo denso y sólido el silencio,

y él al final pudo ver que estaba hecho de diamantes.

A cambio de ello tuvo que entregar sus palabras, tuvo que entregar quién había sido, su nombre, sus creencias sobre sí mismo. Tuvo que darlo todo

pero aun así, le pareció pequeño precio para tamaña bendición.

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