Archivo mensual: mayo 2013

A algunos los hizo hombre; a otros, caballo; hizo león y urraca, gusano y mono, pantera y cóndor, crustáceo y pez.

De todas las formas y colores los hizo él; de todas las consistencias y complexiones; de todos los tamaños.

E introdujo en ellos infinita variedad de variaciones.

A mí me hizo tortuga. Alguien tenía que serlo.

Y, porque él así lo quiso, me hizo tortuga sin caparazón.

¿Habéis visto alguna así en vuestra vida? Pues yo tampoco; porque, cuando me miro en el espejo, aparento ser igual que las demás. Pero no lo soy.

Soy una tortuguita sin caparazón.

Y no hay en mi defecto de fabricación, porque formidables, maravillosas son sus obras.

Y me dijo el que vino a consolarnos que me amara a mí misma, y que amara a los otros; e igualmente me dijo: Si algo funciona bien, no lo cambies.

Me dijo: Acéptate tal y como eres, y acepta tu naturaleza y los dolores que de ella te vendrán; acepta el dolor del mundo tal como os lo he dado; pero recuerda: Si algo funciona bien, no lo cambies.

No maldigas tu naturaleza de tortuga sin caparazón; quien te hizo sabía lo que hacía; te hizo así por una buena razón. Sentirás más la lluvia, pero también sentirás más el sol. El frío del invierno, pero también la dulzura del calor y de la hierba mullida que acariciará tu vientre. Fuiste hecha así por una razón; confía en ella, aunque no la conozcas.

Porque te serán dados abrigos y guaridas para protegerte de los elementos y mantenerte a salvo.

Ningún ser impío podrá infligirte daño alguno. No envidies a tus compañeras dotadas de caparazón. Tú no lo tienes, y te creerás más expuesta y vulnerable, pero tus sentidos y tu pensamiento te engañarán.

Simplemente, confía en tu destino.

Evoca el jardín donde naciste, siempre que lo necesites.

Llévate consigo un recuerdo o dos que te reconforten en tu camino hacia donde rompen las olas y la brisa vivifica.

Él no comete errores, ni juega a la ruleta con el mundo, ni contigo.

Recuerda todas estas cosas mientras caminas, ligera sin tu caparazón, y recuerda también: si algo funciona, no lo cambies.

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Está próxima el alba,

el día de mi llegada,

el final de mi camino de vuelta.

Una mañana llegaré,

con el reflejo de los fuegos sagrados en los ojos, el recuerdo de la música

que ni los ángeles osan cantar.

Después del bautismo de las cenizas, todo había cambiado.

Ese día volveré para abrazaros.

Os llamaré por vuestro nombre,

confesaré todo lo que os he amado,

a pesar de las tortuosidades de mi corazón,

a pesar de los abruptos meandros, de mis ciegos torrentes,

de mis veredas oblicuas que giraban hacia la penumbra.

Volveré para abrazaros,

está próximo el día:

he aquí mi promesa.

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El timbre

¡Qué feo es mi pupitre!

¡Qué absurda clase!

Unas niñas me acosan

Estoy harta del puto cole.

Casi no tengo amigos aquí,

y me aburro escuchando a las maestras.

Nunca serví para jugar al brilé,

y me aterran los compañeros que me rodean.

Sólo tengo un amigo, quizá; alguien que se sienta en la otra esquina.

De vez en cuando agita los dedos en señal de saludo,

otras veces, no se atreve; ni me mira.

¡No hay nada espectacular en mi vida!

Cargada de deberes volveré a casa,

intentaré olvidarme de todo esto

hasta mañana.

Pero hoy hay alguien que se ha ido;

yo lo vi escabullirse hacia el pasillo

antes de que sonara el timbre del final.

No dijo nada a nadie, ni la maestra se dio cuenta.

Agazapado, tiró de la

manija

y salió, como quien no quiere la cosa.

Nadie se dio cuenta, porque a nadie le importaba

aquella persona.

(Tampoco yo lo conocía bien; me preocupaba más de mí misma.)

Hasta que por fin, brilló el asiento vacío,

y se hizo el silencio.

Se paró la perorata por un momento.

“¿Dónde está vuestro compañero?”, preguntó la maestra. Todos miraron,

como si vieran su sitio por vez primera.

“¡Vaya! Se ha ido. ¿Cómo ha podido ser? ¿Por qué se ha escapado?”, preguntan los demás.

Oigo su nombre un millón de veces; se diría que nadie se daba cuenta

ni de que existía

(Igual que me pasa a mí).

Se diría que lo echan de menos. ¿Será así?

De repente, piensas con envidia

en aquel que se ha ido.

¡Qué suerte no tener que estar aquí!

Cuando se olviden de la novedad, volverán otra vez a mirarme a mí

si es que les apetece molestar.

También yo quiero largarme sin que nadie me vea;

se olvidarían pronto de mí y yo podría vagar

por praderas soleadas, por las calles, por donde quisiera;

ser libre, sin enemigos, sin largas horas de tedio, sin angustias sin fin.

Pero no me iré; sin quererlo especialmente, miro hacia delante;

es lo que ven mis ojos, pues yo no busco nada donde nada puedo encontrar.

Esto es lo más largo y arduo que he tenido que hacer jamás,

estar aquí sentada, temiendo que esto nunca fuera a terminar, temiendo

que al final no hubiera nada.

Pero espero, espero con paciencia. Leo y me dejo absorber

por el tiempo que pasa, por las cosas que se me ofrecen

y que me ha sido dado entender (quiera yo o no quiera).

Finalmente, suena el timbre; es ahora cuando puedo salir.

Y hoy es un buen día; mis enemigas salen de estampía,

aburridas de mí por esta vez.

Eres tú quien viene a mi encuentro; alguien a quien nadie más parece ver,

tan pequeño y silencioso como yo.

No somos los mejores ni tenemos la vida más maravillosa,

pero así ya nos va bien.

No haremos novillos, queremos graduarnos, queremos saber, queremos crecer.

Ya tendremos tiempo de nadar al sol y comer helado

cuando todo termine y sea el tiempo.

No por llegar antes amanecerá más temprano.

Aguantaremos lo que nos echen, y todo lo demás,

carros y carretas, con el alivio del recreo ocasional

y una buena merienda, y los fines de semana.

Y lo aguantaremos todo hasta el final,

hasta que llegue por fin nuestro día

y todo tenga sentido

o dé igual que no lo tenga.

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Quién

Veo las andanzas de un superagente. Es casi un superhombre; casi invencible.

(Drogata, por más señas, y quiere seguir siéndolo).

Salva al mundo. Pregunta: ¿quién lo salvará a él?

Leo que dentro de cientos de años se podrá -quizás- crear un ser humano a modo.

Y, antes que eso, sanar a enfermos y casi vencer nuestra caducidad natural.

Reclamar el cuerpo de dioses que a nuestro espíritu de chispa divina parece que corresponde.

Leo también que un hombre solo, tal vez no muy brillante ni especialmente destacado en nada

(salvo, seguramente, en su maldad; pero nadie se fijó en eso a tiempo)

se adjudicó a sí mismo tres mujeres y las nombró sus esclavas para todo lo que él apeteciera, robándoles la salud, el cuerpo, la luz del sol, el alma, la juventud.

Un hombre solo fue capaz de eso (que se sepa) y hay más bestias como él sueltas por el mundo.

Con apariencia de humanos, escapando de todo escrutinio, de cualquier interrogatorio. Escapando de la sospecha de las autoridades.

Escapando, ¿por qué?

Por desidia, por indiferencia, por egoísmo

(de otros).

Ni cuasi-cyborgs ni grandes inventos pudieron detectarlo. Algunos dieron voces de alarma; pero se perdieron en la oscuridad del bosque, en la noche.

Nadie quería saber, nadie quería mirar.

Los hombres galardonados y vitoreados no pudieron hacer nada.

El gran hombre no pudo hacer nada.

Me gustaría que alguien nos garantizara, a éstos de aquí que sí somos mortales e imperfectos,

que algo servirá para detener el mal (pues no habrá forma de eliminarlo).

Quisiera que las grandes expediciones y sus magníficos hallazgos sirvieran para esto.

Curen la estupidez humana, por favor; límpiennos de la estulticia, del desoimiento, del encogimiento de hombros.

Curen ese mal, nuestro único mal.

Salven a nuestra prole de ellos.

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Al final de todo hay la mariposa y la flor,

el cofre de monedas y diamantes, la corona de rubíes y esmeraldas,

el trono forrado de delicioso terciopelo, los ropajes de ricos tejidos,

los amaneceres de oro bruñido.

O quizá no; quizá no hay tesoros, ni palacios, ni fastuosidades, sino tan sólo la mariposa y la flor; el corazón alado del hombre, sus sueños de mil colores, los pétalos de su amor y su afecto, rodeados de espinas.

Al final de todo está lo que buscas.

Protege el corazón, humano; amuralla el corazón, soldado; defiéndelo del mundo y sus depredadores.

Entrégalo sin miedo, pero sólo a quien por él luche y supere tus pruebas.

El foso del desconocimiento, con las bestias acuáticas de la ironía y el desapego.

Las espinas de los desencuentros, la sutil burla ocasional, sin dar facilidades.

Las estacas, las alambradas y los espantapájaros para ahuyentar a quienes no quieren aventurarse más allá de lo cómodo.

El bautismo del hielo, la mordedura de los relámpagos,  el sagrado bautismo del fuego.

Finalmente, la llave en la cerradura correcta.

Y el corazón, sólo para quien lo merezca.

Amuralla el corazón, soldado; defiende el corazón, legionario.

Surca los mares y desafía el iceberg sólo por él, marinero.

No hay otra verdad, no hay ninguna otra tierra prometida.

Esto es lo único que hay, la única llama eterna, el único espejo donde puedes ver  el reflejo desvaído de quien te creó.

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Paráclito

Mi mano levantada hacia el cielo, mi índice que pronuncia tu nombre;

dicen que el apetito no prueba la existencia de la comida, pero quien dijo eso no nos conocía ni a mí ni mucho menos a ti.

Pues ellos son nuestro denominador común, el lazo que nos une.

De mí a ti; nuestro secreto.

Y nadie más sabe.

Me pusiste aquí para que viviera mucho tiempo, y para que nada me espantara tanto como para helarme de frío; y para que así fuera, dejaste sin cortar mi cordón umbilical.

El que me une a ti, que es la alegría.

No las cosas del mundo. Sólo la alegría. Ése es tu otro nombre, y ése es tu regalo.

Ahora soy capaz de agradecer las veces en que fracaso en mis planes y propósitos mundanos, porque gracias a ellos he aprendido la diferencia entre la paz del mundo y la alegría.

Cuando todo alrededor truena y diluvia por cuarenta días y noches, aún un ruiseñor canta;

cuando es noche cerrada y la luz que se atisba es sólo la de un día gris, aún un ruiseñor canta;

cuando a veces, con mi cuerpo y mi terror de niña me siento perdida en el bosque tenebroso, el ruiseñor canta, y su canto me guía fuera de las tinieblas hasta el dulce calvero, junto al arroyo, y al hogar y refugio seguro de la cabaña;

y ese canto a pesar de todo, el canto contra todo pronóstico, la alegría asombrosa, sin lógica, sin razón, sin origen ni sin meta, ese canto eres tú;

y porque te oigo, aunque doctores haya que aseguran saberte y comprenderte, a mí me basta con sentirte, me basta con que vengas a buscarme cada vez que lo necesito; no porque me enseñes el camino a casa, sino porque tú eres el camino y eres la casa.

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Sólo he llamado para…

 

A veces llamo sólo para oír tu voz, por eso te pido que me hables, diciendo cualquier cosa.

Cualquier palabra tuya estará bien; tan sólo oír tu voz es bastante.

Y, si no puedes hablar, me conformo con que respires.

Para eso te llamo; lo siento si te molesto.

Entiendo que no tengas nada que decirme, la mayoría de las veces. Está bien así. Comprendo que soy demasiado pequeña para largas conversaciones conmigo. Así ya me va bien; no pasa nada.

Siempre estás ocupado, hay mil asuntos requiriendo tu atención en todo momento.

Gentes muy importantes que solicitan tu presencia, tu consejo, tu ayuda. Los hay que son felices escuchando tus órdenes. Lo entiendo.

Yo llamo sólo para oír tu voz, y sé que lo sabes.

Quizá a veces soy una pesada y dejo que suene y suene, un tono tras otro de llamada, cuando simplemente no es el momento.

(Pero ¿qué sé yo cuándo no es el momento? Ah… claro, que eso lo sabes también).

Otras veces me sale el contestador; ahí dejo mi mensaje, sabiendo que, aunque tengas otros doscientos mil o doscientos millones, incluso más de cinco mil millones, el mío también lo escucharás.

Prometes llamarme y contestar mi mensaje y, aunque todavía no he recibido respuesta a algunos de mis muy importantísimos recados, sé que llegará también el momento y me contestarás.

O a lo mejor soy yo la que ha perdido tu mensaje de vuelta. ¿Qué sé yo?

Ya sabes que me siento tan pequeña y tan poco hábil en esto de las novísimas comunicaciones…

 

Pero esperar… no me importa, sé que me contestarás.Lo que no llevo tan bien es esos días en los que llamo y llamo y…

por sobrecarga en la línea, su llamada no se pudo efectuar

o peor:

El número marcado no existe.

Me llevo un susto morrocotudo las veces que eso pasa, pero entonces reviso el número que he marcado y, claro, veo que me he equivocado.Entonces marco el número correcto, muy despacio, asegurándome de que esta vez es la buena.

Oigo el tono de llamada, tan familiar, tan querido. Ese tono me indica que estás ahí, al otro lado de la línea. Es el tono el que me dice que mi llamada tiene sentido, que no es ni un gesto ni un tiempo perdidos.

 

El día que menos lo espero, tu voz me contesta: “¡Hola! ¿Qué tal estás? Cuánto me alegro de oír tu voz. ¿Por qué has tardado tanto en volver a llamar?”

Y me doy cuenta de que soy yo la que ha estado comunicando, comunicando, comunicando…con la línea apagada o fuera de cobertura.

¡Ya me vale!

 

 

 

 

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Aquella mañana, el poeta ya no era el mismo; se levantó transido de silencio.

En silencio hizo lo que tenía que ser hecho, en silencio transcurrió aquel día.

El día siguiente fue así también, y el otro, igual.

Era fácil dejar pasar el tiempo así, por primera vez como si no pasara.

Hasta que se dio cuenta de que ya no era poeta; ya nada salía de él como antes. Como antes…

Como antes del silencio.

Decían que su poesía había sido de una y de otra manera, y a él le había gustado oírlo. (Si bien sabía que de ella no se vivía.) Echaba de menos aquellas palabras.

Pero sólo al principio.

Hasta que comenzó a habitar el silencio.

Había empezado por vestirse de él, y ahora, ya era como su piel.

Todo era plácido, había paz a su alrededor, en su morada.

(si bien ya no salían aquellas palabras).

Nadie había sabido del tormento del antiguo poeta, quien ahora estaba muerto.

Nadie había estado con él durante sus noches de desasosiego.

Sin saberlo, había musitado una oración tras otra; y entonces, Dios le quitó el miedo. Le quitó la angustia

y sólo quedó el vacío exquisito. Un vacío como una casa nueva, como una fruta madura recién tomada del árbol.

Se remansó el río de las palabras; se hizo denso y sólido el silencio,

y él al final pudo ver que estaba hecho de diamantes.

A cambio de ello tuvo que entregar sus palabras, tuvo que entregar quién había sido, su nombre, sus creencias sobre sí mismo. Tuvo que darlo todo

pero aun así, le pareció pequeño precio para tamaña bendición.

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