Archivo mensual: abril 2013

La quinta estación

Ha llegado el momento de saldar cuentas con Hacienda. Y, aunque al principio me disgusté, ahora puedo decir -y lo digo, porque es la verdad- que estoy muy contenta de tener que pagar impuestos.

Esto significa que estoy viva. A pesar de todo, sigo viva y con buena salud física, y la suficiente salud monetaria y económica para poder contribuir a que las arcas públicas gocen también de buena salud. Mucha gente jamás alcanza la edad suficiente para poder adquirir esa responsabilidad, así que sólo esto ya es motivo de satisfacción.

Tengo suficiente dinero para pagar esos impuestos y aun seguir viviendo sin graves quebrantos. No soy rica, no tengo mi dinero en una SICAV, ni tampoco sueño siquiera con poder dejar de trabajar para vivir (ni sé si, llegado el caso, querría, pero ésa es otra cuestión); no soy pobre, de modo que puedo ser convocada cada año para ajustar cuentas con los poderes públicos y poner todo sobre la mesa, dar al César lo que es del César y esas cosas.

No sé si lo recaudado por medio de impuestos se invierte sensatamente y en nombre del mayor bien público humanamente alcanzable o adquirible con dinero. Me gustaría pensar que si tenemos una sanidad pública que, habiendo aguantado carros, carretas y tanques, aún sigue en pie y funcionando bien, y un sistema educativo que, aunque haga agua por todas partes porque los contenidos y los currículos no son los que deberían ser y porque se empeñaron en toquetear algo que funcionaba divinamente, sigue dotando de culturilla a gente que quiere dotarse de ella, si esas cosas y otras muchas que todos sabemos -pensiones, transporte público, infraestructuras viarias, administraciones públicas, etc. etc.- marchan medianamente bien y mantienen el tipo con dignidad, a pesar de que muchas veces nos parecen un desastre (pero, seguramente, no tanto por sí mismas sino por personas concretas que trabajan en ellas y quizá fue mala idea colocarlas ahí, aunque quién sabe si podía haberse evitado, etc.), entonces sí sirve para algo.

Pero, en serio; sí, me encanta que me hayan llamado, me encanta poder participar en este ritual de la vida cotidiana, me encanta que me haya vuelto a pasar esto, porque nada hay menos inevitable que los impuestos; es la quinta estación del año y como tal hay que celebrar su llegada. Al menos, yo, sí quiero celebrarla. Así de afortunada soy.

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Reparados con oro

 

 

kinshugi de tschörda

Kintsugi: (Japonés: ensambladura en oro): Es el arte japonés de reparar obras de cerámica rotas con una resina enlacada y espolvoreada en oro.

No sólo no se intenta disimular la rotura, sino que la reparación es, literalmente, una iluminación… una expresión física del espíritu de mushin. Mushin se suele traducir, literalmente, como “no mente”, pero implica connotaciones de existir plenamente en el momento, de no apegarse, de ecuanimidad en medio de condiciones mudables. Las vicisitudes de la existencia en el tiempo, a las cuales todo ser humano es susceptible, no se pueden reflejar con mayor claridad que en las grietas, los golpes y la fragmentación en pedazos, a todo lo cual la cerámica es susceptible. Este patetismo, o estética de la existencia, se conoce en Japón como “mono no aware”, una sensibilidad compasiva, o quizá identificación con [cosas] externas a uno mismo.

De Flickwerk: The Aesthetics of Mended Japanese Ceramics (Estética de cerámica japonesa reparada), de Christy Bartlett

El dolor nos hace hermosos, nos engalana con los ropajes de una belleza anciana y misteriosa.

Sólo para los elegidos es ese ropaje, sólo para los bienamados.

No hay sabiduría, ni paz verdadera, sin haber librado la guerra del dolor.

No hay conocimiento verdadero sin haber pasado por el dolor.

El nudo entre lo que creemos ser y lo que realmente somos es de hilos de oro tejidos delicadamente con la fibra del dolor.

Por eso Dios somete a dura prueba a aquellos que más ama, a sus bienamados.

Para complacerse en nosotros, cuando encontramos la luz a través de todo, a través del páramo del dolor.

Y el dolor no viene sólo de la pérdida.

Hay un dolor fiero, áspero, maligno como una comadreja; un dolor cínico, el dolor del trueno, el de la madera resquebrajada e incendiada por el rayo.

Un dolor que nos hace arder.

(A veces con agua, a veces con fuego nos bautiza.)

Pero también ese dolor nos lleva a la cúspide.

Porque él nos prometió que sería difícil, pero también que valdría la pena.

¡Qué gozosa se adivina la recompensa! ¡Qué dulce es el descanso en los pastos verdes junto al agua remansada!

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Hay mucho que hacer; hacedlo ahora

El “colectivo” siempre se queda con la parte de las cosas que se ajusta a su forma de ver el mundo.

Por ejemplo, cuando afirman que “la verdad os hará libres”, sin saber o sin querer decir que lo que nos hará libres será conocer la verdad.

O cuando repiten que su lema en la vida es “carpe diem”, vive el momento, convirtiéndolo en eslogan válido para vender nihilismo y hedonismo, sin saber quizá que esa frase, de cuya popularidad parcial tiene la culpa una película de Hollywood de grandes pretensiones, es parte de un poema de Horacio, mucho más largo y, por tanto, más difícil de aprender y recitar:

No busques el final que a ti o a mí nos tienen reservado los dioses (que por otra parte es sacrilegio saberlo), oh Leuconoé, y no te dediques a investigar los cálculos de los astrólogos babilonios. ¡Vale más sufrir lo que sea! Puede ser que Júpiter te conceda varios inviernos, o puede ser que éste, que ahora golpea al mar Tirreno contra las rocas de los acantilados, sea el último; pero tú has de ser sabia, y, mientras, filtra el vino y olvídate del breve tiempo que queda amparándote en la larga esperanza. Mientras estamos hablando, he aquí que el tiempo, envidioso, se nos escapa: aprovecha el día de hoy, y no pongas de ninguna manera tu fe ni tu esperanza en el día de mañana.

Creo que está claro el matiz (importante) que le añade el resto del poema. En realidad, yo lo veo como una llamada a hacer de la vida, a cada momento, algo digno, edificante, con propósito. Horacio no nos exhorta, pues, a aferrarnos al momento y vivir como si no hubiera mañana; probablemente, para la mayoría, lo habrá, pero eso no significa que debamos postergar más de lo deseable la carrera hacia nuestros objetivos; o, simplemente, las misiones, humildes pero sumamente importantes y a menudo banalizadas, de la vida cotidiana.

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