Viernes Santo

“Creyó, esperando contra toda esperanza.”

(Rom 4, 8).

“Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes”.

(Santo Cura de Ars, Sermón sobre el Corpus Christi).

 

Internet, la mayor enciclopedia de la historia con la accesibilidad más perfecta y democrática de la historia, es un invento maravilloso, pero uno con tendencias hiperanalíticas lo puede usar para complicarse la vida cosa mala.

¡Y es que está lleno de gente que habla(mos) sin parar! Todos estamos ahí, en nuestra pequeña parcela, encaramados a nuestro cajón o nuestro púlpito casero, publicando, compartiendo, opinando, leyendo y juzgando. ¡Si es que es fascinante! ¿A que lo es?

Entonces, una mente superanalítica se encuentra ahí con multitud de… ¿qué? ¿Oportunidades? ¿Lastres?

Pues, sin entrar en honduras, un poco de cada.

Es fatigosísimo, es agotador y excruciante para esa mente (que es, pues, la mía) intentar encontrar la verdad en esa jungla. ¿Quién dice la verdad? ¡Quiero saberlo! ¡Necesito saber la verdad! Sólo en la verdad puedo ser libre. Mi mente ansía la verdad. Quiero saber cuál es, a cualquier precio.

Hay quien dice que la fe (=religión) y la ciencia (=saber) están en conflicto, que son mutuamente excluyentes. Pero esto es así sólo ahora. Sin embargo, es ahora cuando vivo, éstos son mis tiempos, y a estos debates asistimos. Para el mundo de hoy, no puedes tener fe en la trascendencia y, al mismo tiempo, ser una persona racional, más o menos inteligente, que quiere estar bien informada y rechaza ser manipulada por otros o por sí misma. Entonces, el mundo actual nos impele a elegir. ¿En qué bando estás?

Cuando me asomo a la ventana y veo esos encendidos debates que constantemente se desarrollan, en los cuales unos y otros afirman tener ellos la razón, estar ellos en la verdad, quiero saber mejor qué dicen unos y qué los otros, porque quiero saber cuál es la verdad. Pero al mismo tiempo, tengo fe, y a veces siento temor de equivocarme en ella. He elegido pero, a pesar de eso, quiero saber.

A veces, pienso que mi fe se parece a un pequeño huevo (de Pascua, digamos) hecho de cristal de Murano. Lo pongo en una cajita llena de algodones, en un sagrario custodiado y guardado por siete cerrojos. Es una joya preciosa, y es sumamente delicada; no se puede maltratar.

Sin embargo, este huevo de cristal, esta joya, existe aquí y hoy. Yo soy parte de este mundo y quiero vivir en él enfrentándome a todos sus desafíos. Y si quiero saber, no puedo esconderme. Quiero que mi creencia sea el resultado de la vida, no del oscurantismo o la ceguera voluntaria. No del miedo.

A veces, mi fe es como el corazoncito diminuto y frágil de un petirrojo recién nacido. El corazón tiene un latido igual de diminuto, pero tan firme y constante como el latido del corazón de una bestia formidable. Y cuando lo siento, me pregunto: Con todo lo que sabes, con lo que ha sido tu vida, habiendo llegado hasta aquí, ¿puedes ahora no creer? Inténtalo.

Lo intento, porque la creencia en nada no es algo que desconozca ni que no haya experimentado. Pues yo también he sido descreída y también escéptica en algún momento.

Y entonces sucede que no puedo; ahora no puedo. Ahora sé más, he experimentado más, pero no puedo dejar de creer.

Es como cuando miras una imagen estereoscópica, donde de repente ves algo que antes no veías, o de una manera nueva, y luego ya no puedes dejar de ver ese algo nuevo, ni la imagen entera de una forma completamente nueva para ti. En realidad nada ha cambiado, ante tus ojos están las mismas cosas, pero tú has cambiado y ya no puedes ser más que el que eres ahora.

Digo mal: no veo cosas nuevas ni de distinta forma; sino que lo nuevo ahora forma parte de mí, me modela, es quien yo soy. No puedo ser de otra manera. Quizá mañana lo sea o quizá no, no lo sé ni lo puedo saber; sólo sé que ahora soy quien soy ahora.

Y entonces, razono y concluyo que si ahora hay algo nuevo, si hay una fe, es porque Alguien la ha puesto ahí. No sé por qué, pero Sus caminos son inescrutables y yo no aspiro ni puedo aspirar a entender Sus razones. Sólo sé que Dios, por alguna razón que, ya he dicho, no podré entender jamás y que me resulta insólita, ha querido darme esta joya que destella dentro de mí y que ilumina toda mi vida. Sí, es cierto, hay veces (muchas veces) en que no me comporto en consonancia con este regalo, ni que me hago digna de él, pero ése es defecto mío, no de Él. Pues Dios no comete errores, ni tampoco necesita irse a reflexionar sobre lo siguiente que va a hacer. Sin duda Él halla en mí el eco de la medida exacta que ha querido darme, y halla la respuesta que sabe que voy a darle.

Ninguno de Sus seguidores, ni siquiera aquellos capaces de verle y oírle con extraordinaria claridad, dejó de asombrarse jamás con Él. Por Sus caminos, por Sus renglones, por Sus motivos. Entonces, ¿por qué yo debería poder siquiera empezar a entender? No es eso lo que se quiere de mí, ni de ninguno de nosotros. Sospecho, intuyo, que Dios sólo quiere que mire el mundo y Lo vea en él, y que me regocije y halle gozo en mi fe. Nada más; sólo eso. Es muy simple, en realidad: ¡Dios quiere mi vida en alegría y felicidad! ¿Hay cosa más sencilla? Y ¿hay misión más difícil de cumplir para el hombre?

No tengo que preocuparme por nada. Él hace Su trabajo y yo persevero en hacer el mío. No hay nada más.

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo Otros

4 Respuestas a “Viernes Santo

  1. El maravilloso regalo de la fe 🙂

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s