Esta tarde, Jueves Santo, por primera vez en muchísimo tiempo, he asistido a un oficio católico. Concretamente, he ido a la misa de las seis, en nuestra iglesia parroquial. Esto era algo totalmente inusual en mí, que nunca voy puesto que nunca me he sentido identificada, como feligresa, con la iglesia católica. He podido sentirme y me siento identificada de otra manera, menos profunda, si se quiere; por ejemplo, si estoy lejos de casa, una iglesia católica es una referencia para mí, me da sensación de cercanía, de familiaridad; y, a pesar de todas mis disensiones con la iglesia católica como institución, me molesta que gente más ajena a ella que yo, y con la sola intención de hablar por no callar y de ser irrespetuosos de forma gratuita, dirija su mala baba contra ella así, porque sí y porque está de moda ser anticatólico. Eso me indigna, la verdad. Por lo demás, hasta ahí llega hoy día mi nexo con la iglesia.

No obstante todo lo cual, hoy, por ser uno de los días más importantes para los cristianos, he decidido asistir, y así lo he hecho.

Lo he hecho por curiosidad y por una necesidad hermana de la fe: la de expresarla en compañía de otros creyentes; la de compartirla, acrecentarla, fortalecerla y disfrutarla. No sé si les pasa a otros -sospecho que sí-, pero para mí, vivir en la fe es pura alegría; la mayor parte del tiempo, por desgracia, la vida cotidiana y sus menesteres me absorben mucha energía, y me muevo en un plano puramente mundano, como casi todo el mundo. Por eso, los momentos de contemplación son mil veces más motivo de celebración, para mí, precisamente porque suceden cuando menos los espero, cuando más exhausta y apagada estoy; porque, cada vez más, noto que soy yo quien los hace suceder; y, sí, son pura alegría, algo indescriptible, irracional, que me hace querer contarlo, celebrarlo en voz alta, bailando, riendo, echando a correr sin rumbo fijo; momentos, fugitivos y efímeros, sí, pero cada vez más frecuentes y un poquito más largos cada vez, en los que el mundo y sus penurias o sus miles de razones para mi mal humor o para mi contrariedad o pena, todo eso, todo se desvanece y se siente muy, muy lejos, desintegrándose, rutilante pero inocuo, como polvo de estrellas a años luz de mí; momentos en los que me sobran las palabras, me sobra escribir, me sobran las lecturas, las pesquisas, hasta mis meditaciones deliberadas; momentos que son pura espontaneidad, un ser, un suceder aquí y ahora… Me indican que, en mi constante búsqueda, algunas veces desesperada, otras jubilosa, voy por el buen camino.

Por todo eso, naturalmente, siento la llamada de una comunidad, de pertenecer a una iglesia (¿no es ése, acaso, su sentido original? ¿No era para eso para lo que se reunían los primeros cristianos, o, yendo más atrás, los creyentes en cualquier dios, los miembros de cualquier religión anterior a Cristo?). Siento la necesidad de la identificación y del nexo, y de incluir en mi vida esa parte de la experiencia de ser creyente.

Así pues, fui a misa.

Fue tal como la recordaba de mi infancia: el sonido del órgano, el coro, tintinear de campanillas, lecturas de la Biblia, oraciones a dos bandas, levantarse y sentarse cuando es debido, la Eucaristía (esta vez, en las dos especies, ¡mi primera vez!), pasar el cepillo, darse la paz, etc. Y bien, ¿encontré lo que fui a buscar?

Pues, sí encontré cierta familiaridad porque, como he dicho, todo sigue igual, la liturgia es exactamente la misma de hace décadas y casi hasta los rostros de los congregados parecen los mismos, aunque sé que no todos lo son. Sí me vi imbuida por la solemnidad, sentí el poder de arrastre de los rituales, la escenificación, las palabras repetidas en respuesta a las recitaciones o exhortos del sacerdote. Es algo que pesa dentro, no sé si por la fuerza coreográfica y atmosférica o, también, por la de la tradición aprendida en la edad más influenciable del ser humano.  Las imágenes proyectadas en la pantalla, elegidas propiamente para Jueves Santo, eran emocionantes, y también me pareció acertado el esfuerzo por hacer del sermón algo contemporáneo, con referencias a la crisis económica, los parados, etc.

Ahora bien; todo eso no me ha bastado, no me ha colmado. La iglesia católica, tal como es hoy en día, o tal como es hoy en día aquí (importante matiz), no responde a mis necesidades. No sacia mi hambre ni mi sed. Mi anhelo es otro, es más profundo, es más exigente. Ya no se conforma con una liturgia y unos rituales religiosos en los que no veo lugar para la sencilla manifestación de la fe personal. Quizá soy yo la que no está mirando con la agudeza necesaria y quizá soy yo la que no está esforzándose suficiente, pero ahora confío más que antes en mi voz interior y ella me dice que debo seguir buscando; que mi lugar de fe está en algún lugar, que mi hogar de fe existe de verdad y que algún día, quizá sin haber cambiado nada en mi estilo de vida, en mis costumbres, haciendo lo mismo y de la misma manera que hago ahora, sin embargo no necesitaré nada más para sentir que, estando aún siempre en el mismo lugar, he llegado a él.

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