Yo no te busqué, pero tú me encontraste;

yo no te conocía, pero tú sabías que te necesitaba,

y sabías el nombre que me diste, y me llamaste por él.

Aun hoy, sigo sin conocerte bien, pero nunca estaré lo cerca de ti que necesito, ni podré explicar lo que me falta cuando no acierto a verte, aunque siempre estés aquí, a mi lado.

Si me preguntan por qué te amo, ¿qué les puedo responder? ¿Acaso el amor se explica? ¿Acaso es el amor un proceso o un aprendizaje? ¿Acaso es una lección o una arenga?

Cuando yo aún no te conocía, tú me elegiste, sin que yo sepa hoy por qué; y, así, me salvaste.

Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; he sido siempre oveja apartada, y tú me recogiste; cuando siento frío y desamparo, tú me vistes; cuando estoy enferma de pena y de dolor, y especialmente entonces, tú me visitas y me reconfortas; cuando estoy prisionera, vienes a mí.

Y me ayudas a levantarme, y colocas a mi lado a quien hasta el gran día me guarda, me cuida y me protege. Cuando dudo de ti, los miro a ellos, que son tu reflejo, y ya no siento pena ni dolor, ni cansancio alguno.

Cuando me veo en apuros, sin reparo digo tu nombre, o pienso en ti, y ahí está el silencioso superhéroe; se obra el milagro.

No me avergüenzo, antes bien me enorgullezco. ¿Pues quién siente vergüenza de ser amado?

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